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Estampas de la Guerra de la Independencia

Estampas de la Guerra de la Independencia

plaza-103Que trata sobre la muerte de dos espí­as en Orduña, al tiempo de entrar en la Ciudad un grupo de guerrilleros al mando de Francisco de Longa que perseguí­an a una partida de tropa francesa; de cómo fueron encontrados los cuer­pos de los ejecutados, y de las declaraciones que hicieron varios vecinos sobre lo sucedido.

 

ANTECEDENTES

El conde de Laforest, embajador francés en Es­paña, escribió en I 8 I 0: «las guerrillas surgen como enjambres por todas partes y dan muestras de ma­yor intrepidez conforme pasa el tiempo; […] re­sulta claro que el enemigo, escogiendo el tipo de guerra que las circunstancias le señalan, se ha dise­minado en todas direcciones»

En la llamada Guerra de la Independencia Españo­la, desde el instante en que dieron comienzo los en­frentamientos entre el invasor y las fuerzas fieles al rey dimisionario recluido cómodamente en Francia, movimientos de insurgencia proliferaron por toda la geografí­a del reino, que con subterfugios habí­a sido ocupado por las fuerzas napoleónicas hacién­dose fuertes en los puntos estratégicos.

A través de los tiempos, la guerrilla que fue clave en el resultado final de esta guerra, ha sido pintada con múltiples matices que la han dado un carácter patriótico y romántico, tratándose en muchos ca­sos como parte consustancial del folclorismo es­pañol. Pero es indudable que, en el primer tercio de la contienda, muchos de los bandos de guerrilla que actuaban por todos los rincones de España, sin quitar el entusiasmo nacionalista con que pudieron haber nacido, no eran otra cosa más que el refugio y medio de subsistencia de desertores de los vapu­leados ejércitos reales, bandidos, prófugos y aven­tureros, que formaban partidas caóticas sin ningún tipo de disciplina ni coordinación, «atraí­dos por las posibilidades del botí­n que la Junta Central habí­a declarado honroso, y por el atractivo de hacer la guerra sin someterse a la disciplina, que es tan con­sustancial con los ejércitos».

El término de «guerrilla» fue acuñado precisa­mente en esta contienda, dándoselo a una forma de lucha que ha sido muy practicada a lo largo de toda la historia. Pero en los principios de esta gue­rra, a los grupos de civiles armados se denomina­ban «partidas o cuadrillas», y quiso reglamentarse su funcionamiento para que fueran más efectivos y pudieran procurarse un medio de subsistencia. El artí­culo 34 del Reglamento del 28 de diciembre de 1808 recogí­a: «La España abunda en sujetos de un valor extraordinario, que aprovechando de las gran­des ventajas que les proporciona el conocimiento del paí­s, y el odio implacable de toda la Nación con­tra el tirano que intenta subyugarla por los medios más inicuos, son capaces de introducir el terror y la consternación en sus Ejércitos. Para facilitarles el modo de conseguir honrosamente con el botí­n del enemigo e inmortalizar sus nombre con hechos heroicos dignos de eterna fama, se ha dignado S. M. crear una milicia de nueva especie con la denomi­nación de Partidas y Cuadrillas».

Así­ nacieron múltiples «partidas» en las que des­tacaron cabecillas como Francisco Abad y Moreno «Chaleco», Juan Palarea «El Médico», Julián Sánchez «El Charro», Juan Martí­n «El Empecinado», Jeróni­mo Merino «El Cura Merino»; Francisco Javier Mina «Mina el Mozo», que tomó los apellidos de su tí­o Espoz y Mina y que, dado el poder que alcanzó, lle­garon a apodarle «el pequeño rey de Navarra»…

Otros dirigentes de guerrilla más cercanos a no­sotros, fueron Francisco Thomás de Anchia y Ur­quiza «Longa», nacido en el caserí­o Longa del bá– rrio de Bolí­var y bautizado el I O de abril de 1783 en la parroquia de Santo Tomás Apóstol de Marquina (Vizcaya), Gaspar de Jáuregui «El Pastor», naci­do en el caserí­o Arriaran Goilcoa de Villarreal de Urrechua (Guipúzcoa); Sebastián Fernández «Dos pelos», coronel de los Voluntarios Alaveses; Dioni­sio Ignacio de Larrea «Mataculebras», natural del concejo de Zalla (Vizcaya), que actuaba por zonas limí­trofes con la Tierra de Ayala, y contaba en sus filas con Antonio de Gorri y José de Otaola Retes, ambos de Zuaza; Domingo de Allende, de Gorde­juela; Ramón de Olabarrieta y Félix de Montalbán, de Oquendo ; el vizcaí­no Eustaquio Salcedo «Pin­to»…, y otros muchos más, puesto que en cada comarca surgí­a un carismático cabecilla que mo­vilizaba contra el invasor a un grupo de quince a treinta lugareños.

También desde los primeros instantes de la con­tienda, actuó por el Valle de Ayala y sus cercaní­as Domingo Thomás de Yzarra y Urrutia «El Cura Izarra», que habí­a sido bautizado en la parroquia de San Julián de lzoria (ílava), y falleció el 20 de septiembre de 1809 sin llegar a cumplir los 31 años de edad .

Muerto este guerrillero ayalés, fue relevado pri­mero por «Francisco Ortiz, vecino de Mena, que cuando llegó la partida de Cubillas se fue con ellos llevándose varios de la compañí­a. […] Entonces tomó el mando Francisco de Ugalde, vecino de Lu­yando y natural de Aracaldo; que éste permaneció con el mando como cosa de un mes, y se fue sin decir a nadie nada desde el pueblo de Orozco». Al final se hizo cargo de la cuadrilla Josef Asencio de Ochoa y Garaio, natural de Luyando, hasta que, junto a su lugarteniente Francisco de Larracoechea «Pacho el Tuerto de Areta», fue capturado por los miqueletes, y finalmente juzgado y sentenciado a la pena capital.

Se ejecutó a ambos guerrilleros en la Plaza Públi­ca de Bilbao en compañí­a de otros tres reos, certi­ficando «nos los dichos Escribamos, que a cosa de las doce horas de la mañana deste dí­a, habiendo estado formada la tropa de la guarnición en la Pla­za pública de nuestra villa, y constituyéndose en la Cárcel Provisional de este Señorí­o con los Minis­tros Alguaciles requeridos, hicimos entrega formal de las personas de Josef de Ochoa y Francisco de Larracoechea, en la portalada de ella, al ejecutor verdugo Josef Condadom, quien se hizo cargo de ellos, y, en efecto, por su orden y escoltados con parte de dicha tropa, fueron conducidos al patí­bulo, en el cual y en nuestra presencia, efectuó el expre­sado verdugo la muerte de dichos dos presos a ga­rrote, según y en la forma que se manda por la sen­tencia dada por el Tribunal Criminal deste Señorí­o, dejándolos cadáveres. De todo lo cual certificamos y damos fe en Bilbao a diez y nueve de enero de mil ochocientos diez. = José Ramón de Zamalloa. = Fernando de Chavarri».

No tuvo diferente suerte Dionisio Ignacio de Larrea «Mataculebras» el guerrillero de Zalla, que también fue capturado con varios de sus compa­ñeros. En el diario oficial “El observador polí­tico y militar de España”, fue anunciado el fallo de la causa seguida por el Tribunal Criminal Extraordinario del Señorí­o, con el que se castigó al cabecilla y sus dos lugartenientes, Domingo de Allende y Antonio de Gorri, a la pena de garrotevil «que se executará en la plaza pública de la ciudad de Orduña y que surta de esta manera el efecto más saludable re­frendado á los malhechores, con la circunstancia de que, verificada la ejecución, sea separada la cabeza de DionisioYgnacio de Larrea por mano del berdu­go y colocada por éste en el punto del Camino Real de la jurisdicción de este Señorí­o más inmediato al pueblo de Zuaza, en donde cometió sus mayores crí­menes, bien entendido que nadie la quite so pena de la vida, sin expresa orden nuestra».

Para dar cumplimiento a la sentencia y auxiliar a las autoridades que la iban a ejecutar, a las catorce horas del dí­a 3 de marzo de 1810 salieron de la Villa de Bilbao, para llegar a la Ciudad de Orduña el dí­a siguiente, los «Ministros Alguaciles de Vara» Felipe de Madariaga y Antonio de Echevarrí­a, escoltados de una partida de Miqueletes de Policí­a.

De inmediato se dio cuenta del contenido del auto definitivo y su próxima ejecución, a los reos presos en la cárcel habilitada en la Aduana, inicián­dose gestiones para el levantamiento del patí­bulo en la plaza pública, con su escalera, los tres postes con los garrotillos y bancos, y también un table­ro, avisando a Mathias Roldán, Martí­n Francisco de Olavarria y Julián de Torre, mayordomos de la Co­fradí­a de la Vera Cruz de la Ciudad, para que estu­viesen presentes en el lugar a las once y media de la mañana del dí­a de la ejecución, advirtiendo también al pregonero de Orduña, Francisco Garcí­a de Po­lanco, que debí­a dar las noticias desde esa misma madrugada.

A las seis de la mañana del dí­a cinco se revisó la instalación en presencia de Josef de Condado, el verdugo de Vitoria que también ejecutó a Ochoa y al «Tuerto de Areta», quien quedó satisfecho del examen realizado a las instalaciones.

Como estaba previsto, a las once y media de ese mismo dí­a, «habiéndose formado la tropa francesa y la partida de Miqueletes de la Villa de Bilbao en la Plaza Pública de esta Ciudad, y constituyéndose en la Aduana que sirve de cárcel», custodiados con parte de esa tropa, fueron conducidos los reos has­ta el patí­bulo donde los recibió el verdugo, situó a cada uno en su lugar y procedió a su rápida ejecu­ción. Después, el pregonero asalariado de Orduña leyó la orden del Corregidor de Vizcaya con la que se prohibí­a la retirada de los cadáveres hasta que lo autorizase el Juez competente.

No obstante este bando, los mayordomos cofra­des de laVera Cruz presentaron respetuoso escrito de súplica para que sean «bajados del sitio en don­de se hallan, ponerlos en las andas ó féretros, con­ducirlos a la Iglesia Matriz de Santa Marí­a en esta Ciudad, y puedan contar con los Divinos Oficios».

El Juez comisionado dio la autorización para las tres de la tarde, y así­ se pasó la orden al verdu­go que debí­a cumplir con el último extremo de la sentencia. «Puesto en el tablero el cadáver del ex­presado Dionisio Ignacio de Larrea, le cortó y se­paró de su cuerpo la cabeza con un cuchillo, la cual puesta en un cajón se custodió en la Aduana y sitio donde sirvió de capilla de dicho Larrea». Los cuer­pos se llevaron a la iglesia, se les cantó los oficios, y fueron sepultados en la capilla de Nuestra Señora de los Dolores».

Finalmente, el 6 de marzo a las ocho de la maña­na, la cabeza de «Mataculebras», custodiada por la tropa francesa que serví­a de escolta, fue colocada en el Camino Real, en el sitio llamado Puente de Sa­racho, en jurisdicción de Orduña, y en medio de las casas de Francisco Riberas y Pedro de Ugarte.

Los desastres que causaban en las columnas fran­cesas estas partidas de guerrilleros, provocaron multitud de reacciones extremadamente represivas, como ésta. Y al margen de las sentencias y ejecucio­nes que, para escarmiento público, eran aplicados a quienes fueran hechos prisioneros formando parte de ellas, también se castigaba a la población civil que les diera cobijo, alimentos o información.

Por Decreto del 8 de febrero de 1810 firmado por su Majestad el Emperador y Rey, el General Thouvenot, fue nombrado Gobernador de Viz­caya. Este gobierno abarcaba a las provincias de ílava, Guipúzcoa y Vizcaya, y le correspondí­a la ad­ministración de Policí­a, de la Justicia y de la Hacien­da.

Thouvenot, tratando de erradicar la proliferación de los grupos de guerrilla, y «considerando que la tranquilidad pública es uno de los primeros benefi­cios que el Gobierno debe procurar a sus pueblos, y considerando que existen todaví­a varias quadri­Ilas de bandidos que circulan en algunas partes del Gobierno de Vizcaya, y queriendo conseguir su to­tal destrucción», el 10 de marzo de 1810 elevó a decreto una práctica que ya se vení­a cumpliendo desde el principio de la contienda; «todo bandido que sea cogido con las armas en la mano será afu­silado en el mismo sitio, y colgado en el árbol más próximo. El que sea preso sin defensa, será presen­tado á la Junta Criminal más inmediata, á menos que pruebe que estaba en camino para presentarse á la sumisión».

Otro Decreto que hizo Ley de la represión habi­tual, éste firmado en el cuartel general de Vitoria el 1 de septiembre de 1810 por el General de Divi­sión Drouet, Conde de Erlon, Grande Oficial de la Legión de Honor, ordenaba que «se castigase a los pueblos que den ví­veres a los brigantes, que se califican en el Paí­s con el nombre de Voluntarios. […] y si reinciden, con el doble de la especie entre­gada más otra en dinero equivalente a las raciones entregadas a los brigantes, y si por tercera vez, se­rán arrestados los Alcaldes, Regidores y Curas de dichos pueblos, además de saquear el pueblo».

Seguí­a el Decreto advirtiendo, que si los habitan­tes de algún pueblo avisaban a los guerrilleros de la situación de las tropas o se negasen a denunciar el lugar donde se hallaban los voluntarios, serí­an con­siderados como «parte de dichas guerrillas, arres­tados y entregados á una Comisión militar, y todo el pueblo tratado exemplarmente»; además, el lugar o jurisdicción donde se atacase a los franceses se­rí­a multado. Si ocurrí­a una segunda vez «todas las Autoridades, es decir, Alcaldes, Rexidores y Curas, serán arrestados, entregados á una Comisión mili­tar, y el pueblo saqueado».

Así­ sucedió unos cuantos meses antes de estos decretos, concretamente en octubre de 1808, cuan­do las tropas francesas quemaron casas y ejecuta­ron a varias personas en Luyando y Llodio, quizá como represalia porque la cuadrilla de Ochoa, que era de Luyando, y Larracoechea, natural de Llodio, en septiembre de ese mismo año y junto a la venta «Los Nogales» cerca de Areta en Zuloaga, atacaron a una partida de soldados franceses que volví­an de acompañar a José Domingo de Mazarredo, Minis­tro de Marina de José Bonaparte. En la emboscada murieron dos soldados franceses e hicieron prisio­neros a los demás apoderándose de sus armas, ca­ballos, e incluso las ropas que vestí­an.

Sobre estos hechos declaró «Joan José de Eguia, vecino de el Noble Valle de Oquendo en la Noble Tierra de Ayala, feligresí­a de San Román», que ese mismo dí­a iba a Llodio caminando por el barrio de Isusi, «y que hace memoria por haber estado mi­rando desde junto al Santuario de Santa Marí­a del Yermo, jurisdicción de este Valle, que á principios de octubre del año próximo pasado de mil ochocien­tos y ocho, incendiaron y abrasaron varias casas en este Valle la tropa francesa, á saber: tres en el barrio de Ibarra de Gardea de este Valle, otras tres en el de lbegazuaga de él, una titulada Launchu en el sitio de este nombre, otra llamada Echeru, y otras tres en el barrio de Zuluaga de la feligresí­a de este Valle, y al mismo tiempo es cierto también que saquea­ron y robaron á muchos vecinos y mataron á otros, de forma que se halla este Valle y sus habitantes en el estado más lastimoso que cabe».

El declarante se refiere a la desolación que los dí­as 7 y 8 de octubre de 1808, causaron las tropas francesas a su paso por estas localidades situadas en el Camino Real. Durante estos dí­as un fuerte contingente de diez mil soldados franceses, se des­plazó por el Valle del Nervión, pernoctando prime­ro en Orduña y en Llodio después, antes de dirigir­se a Vitoria.

En Luyando fueron ejecutados y enterrados en su parroquia de Santa Marí­a Magdalena los siguientes vecinos:

Manuel de Gárate y Bárbara, natural y residente en Luyando, de 58 años, muerto cerca de su casa. Estaba casado con Ramona de Urquijo y Escalza de la que tuvo tres hijos: Lázaro, Pedro y Manuela.

Vicente de Ybarra y Vitorica, natural de Llodio y residente en Luyando, de 30 años. Casado dos años antes con Josefa Justina de Yarritu y Aguirre, de Izo­ria, de la que tení­a un hijo llamado Manuel, de poco más de un año.

Francisco de Montalbán y Eguia, natural de Gor­dejuela y residente en Luyando, de 40 años. También fue muerto cerca de su casa. Estaba casado con Ma­rí­a Ramona de Solaun y Ulibarri, de Luyando, y dejó dos hijos, Domingo y Román Josef.

Domingo Manuel de Basualdu, natural de Llodio y residente en su barrio de Ibaiguazaga, de 66 años. Casado con Marí­a de Gastaca. Dejó tres hijos, Do­mingo, Marí­a Josefa y Marí­a Antonia.

Miguel de Múgica, natural de Tolosa (Guipúzcoa), de unos 30 años. Se ignoraban más datos de él.

Marí­a Antonia de Garayo y Gaviña, natural y re­sidente en Luyando, de 78 años, casada con Lázaro Laña y Urquijo con el que tuvo nueve hijos de los cuales cinco viví­an: Cándida, Josefa, Manuela, Marg­dalena y Ramona.

Francisco de Lezameta y Landaluze, natural y resi­dente en Barambio, de 64 años, viudo de Marí­a An­tonia de Aldama y Zulueta, de Amurrio, y de la que tuvo seis hijos, cuatro viví­an;Ysidora, Marí­a Antonia, Marí­a Ana y Josefa.

Los muertos de Llodio fueron : José de Camino y Montalbán, de 64 años. Marido de Marí­a de Respaldiza y Gastaca, de la que dejó cuatro hijos; José, Juan Blas, Dominica, y Damiana.

José Antonio de Solaun y Beraza, de 71 años, viu­do de Javiera de Arza y Olartegochia con la que tuvo doce hijos. Fue incendiada la casa donde viví­a, y allí­ también murió su hijo Lorenzo Ramón de So­laun y Arza, heredero de la hacienda, de 50 años, casado con Marí­a Antonia de Bengoa Lezameta con la que tuvo tres hijos; Antonio, Josefa, y Manuela.

Pedro de Larrinaga y Elorrio, de 61 años, marido de Marí­a Antonia de Vitorica y Olabarrieta. Su ca­dáver corrompido se halló cinco dí­as después.Tení­a hecha donación de la hacienda de Ibarra en Gardea a favor de su única hija Josefa Antonia, casada con Domingo de Goya.

Los espí­as:

No obstante estas represalias, las guerrillas sub­sistieron hasta el final de la Guerra de la Indepen­dencia, ocasionando el caos en las columnas de sol­dados franceses no bien reforzadas, así­ como en el tránsito de sus correos, tan necesarios como apoyo en la planificación de las tácticas bélicas. Además «las guerrillas contribuyeron a la guerra psicológica, ya que los franceses se vieron obligados a mantenerse en constante alerta, mientras que los ejércitos alia­dos podí­an tomarse un descanso en la seguridad de un campesino vigilante», y ellos mismos se deshací­an de los espí­as que podí­an informar al ene­migo francés, castigando a quienes mostraran sig­nos favorables con el invasor. En todos los lugares se mantení­an atentos los informadores, que eran vitales para la actuación de la guerrilla.

La efí­mera partida del «Cura Izarra» que comen­zó sus actividades guerrilleras desde el principio de la contienda, fue eliminada el 5 de diciembre de 1809 con la detención de su último cabecilla y cua­tro de sus componentes: José de Ochoa, de ejerci­cio labrador y a veces arriero, natural de Luyando; Francisco de Larracoechea, «El Tuerto de Areta», de treinta y seis años, vecino y natural de Llodio, Sargento de una de las compañí­as de la caballerí­a de la división de don Juan Dí­az Porlier «El Marquesillo»; Martí­n de Ibarrondo, de veintiséis años, labra­dor y vecino de Ceberio, José de Beobide, natural de Astiazu en la Provincia de Guipúzcoa, carbonero que a veces hací­a funciones de curandero, y que para sus declaraciones necesitaba de un intérprete pues hablaba en euskera y malamente en castellano; y José de Arana, de veintiún años, labrador, natural de Miravalles.

Los duros interrogatorios a que fueron someti­dos, presos en la Cárcel Provisional de la Villa de Bilbao, donde permanecieron cuarenta y seis dí­as antes de la sentencia de muerte de los cabecillas y de la larga condena de prisión a que fueron castiga­dos los otros tres, iban encaminados a probar sus acciones, y especialmente a descubrir las fuentes de información con las que conseguí­an ventajas para ejecutarlas.

Todos negaban conocer la identidad de los es­pí­as, aunque uno de los prisioneros, el joven José de Arana, ante la pregunta de «¿Sabe con quiénes tení­a comunicación Ochoa o grande amistad y en dónde ocultaba sus robos?»; respondió que no sabí­a con quién se comunicaba, «pero que una mujer de Llo­dio era la que le serví­a de espí­a, cuyo nombre igno­ra pero la conoce de vista y sus señas son: bastante alta, flaca, picada de viruela, que solí­a andar vestida con una saya de estameña negra y una chamarrita de lo mismo aunque más fina, como de cuarenta y siete años de edad, que unas veces andaba con za­patos y otras veces con alpargatas y algunas veces con mantón».

Esta descripción se repitió en los interrogato­rios, hasta que al final fue el propio Ochoa quien tuvo que denunciar a su informante respondiendo que «la mujer que se le indica se llama Joaquina de Urquijo, y por apodo «La Tirana», de quien se so­lí­a servir el confesante para saber si vení­an tropas Francesas, y que le avisase de cualquier cosa que ocurriera».

No fue hasta el 20 de septiembre de 1811, casi dos años después, en que se detuvo a esta espí­a.

El Mariscal de Logis, Juan Bautista Grosdemange, comandante de un destacamento del Primer Es­cuadrón de la Gendarmerí­a Imperial, informó ‘nue «hallándome en Llodio prevenido que Joaquina de Urquijo por mote «La Tirana», acusada de espiona­je y otros muchos hechos, se hallaba en su propia casa, la hemos rodeado para que no pueda escapar, y la hemos hecho presa para conducirla a la cár­cel del Señorí­o en Bilbao hasta que se ordene otra cosa». Sin más trámites, el 10 de octubre, cuando iba a ser trasladada a la cárcel de Vitoria, se ordenó suspender todos los procedimientos.

Similar suerte tuvo Marí­a Antonia de Garavilla y Urquijo, nacida en Oquendo el 14 de noviembre de 1785, quien, según sus propias declaraciones, «desde que comenzaron las partidas de patriotas ó guerrilleros, las favorecí­ con quanto pude no sólo admitiéndoles en mi casa, sino también proporcio­nándoles vestuarios, armas y municiones, hasta que el dí­a veinte y siete de agosto de mil ochocientos y once, hallándome en la Villa de Bilbao con el objeto de comprar ó proporcionarme de los efectos ex­presados, fui presa por la policí­a de los enemigos, y puesta en la cárcel pública de la misma Villa. Desde ella fui conducida á la de la ciudad de Vitoria, donde residí­a la policí­a superior del llamado 4° gobierno, y desde Vitoria á la de San Sebastián, padeciendo en todos estos viajes los trabajos y sentimientos de que solo puede tener idea quien los haya padecido. Por último los enemigos miraron con tal seriedad los servicios que yo habí­a hecho contra ellos, que me condujeron á Francia, y señaladamente al pue­blo de Epinar, del departamento de Vosquelos, confines de la Lorena».

Incluso el presbí­tero de la Parroquia de San Pe­dro de Lamuza de Llodio, el doctor don Juan José de Galí­ndez y Acha, fue hecho prisionero por las tropas invasoras y deportado a Francia, a la ciudad y comuna de Perigueux en la Región de Aquitania, departamento de Dordoña, donde estuvo recluido durante cinco años y ocho meses, prácticamente toda la contienda.

El acoso a los espí­as era implacable. En 1812, es­tando en Orduña don Juan Agustí­n de Múxica y Butrón, Corregidor de Vizcaya, remitió un comu­nicado urgente al Alcalde de Llodio, exigiendo la comparecencia e interrogatorio de la titular de la Venta de los Nogales del barrio de Areta, y de Juan de Asua, arriero vecino de Llodio, que habí­an sido acusados de espí­as en un proceso que se seguí­a en la ciudad contra dos mujeres, también acusadas de espionaje.

Cada pueblo contaba con un indeterminado nú­mero de espí­as e informadores, y son múltiples los testimonios que recogen la persecución y castigos que sufrieron durante toda la Guerra de la Inde­pendencia.

LOS HECHOS DEL RELATO

El 24 de octubre de 1810, cuatro dí­as antes de los sucesos que luego se verán, tuvo lugar en la Sierra de Orduña uno de los hechos de guerra destaca­dos durante la contienda, en el que fue protagonista la partida de Francisco Thomás de Anchia y Urquiza «Longa», por entonces bajo las órdenes del general Mariano Renovales, militar nacido en 1774 en Arcentales (Vizcaya), y que luchó en los sitios de Zaragoza como teniente coronel de caballerí­a.

«Longa» actuaba principalmente por ílava,Vizca­ya y Burgos, juntándose en ocasiones con Francisco Javier Mina «Mina el Mozo», con el que participó en los ataques de Estella (julio de 1811) y Sangí¼esa (enero de 1812).

Aquel octubre de 1810, «Longa» tení­a instruccio­nes del General Renovales de que controlara los pasos estratégicos de Balmaseda y Orduña hacia el mar, porque la Regencia le habí­a ordenado dirigir una expedición marí­tima contra los franceses en la costa del Cantábrico, que luego resultó un fracaso.

Para cumplir con el encargo, «Longa» dispuso espí­as en el Camino Real de Madrid en dirección a Francia, y estos le informaron que en Burgos se estaba preparando un importante convoy con mer­cancí­as que iba a ser conducido a Reinosa, Bilbao o Vitoria. Poco después recibió un comunicado de los informadores de Pancorbo, donde le advertí­an que la columna compuesta por 53 carros cargados con vestuario y otros artí­culos, y escoltada por 550 hombres, se dirigí­a a Bilbao por Orduña.

Desde Espejo, donde estaba acuartelado junto con Ramón José de Abecia, otro guerrillero conocido de Renovales con el que coincidió en el sitio de Zaragoza, se dirigió a Villalba de Losa para preparar la emboscada. Allí­ requisó varias yuntas de bueyes, carros y jornaleros, para sacar y transpor­tar piedras y troncos, y luego ordenó se colocaran en lugares apropiados desde donde se lanzarí­an al convoy.

El dí­a 23 estaba todo dispuesto; la caballerí­a e in­fanterí­a parapetada en los puntos más ventajosos, y oculta de forma que no pudo ser localizada por la avanzadilla enemiga de 80 hombres de descubierta, que fue enviada para reconocer el camino.

Cuando el convoy llegó a las cercaní­as de la venta que popularmente se llamaba «del Hambre», aun­que su verdadero nombre era «Venta del Horni­llo», los guerrilleros rompieron el fuego e hi­cieron caer «peñas muy crecidas desde aquellas alturas, que mataron bueyes de la carreterí­a, rompió carros, destrozó franceses y desordenó e intimidó a la escolta, de tal conformidad que abandonaron el convoy, y se pusieron en fuga».

Pronto se repusieron los franceses y organizaron sus filas, pero los hombres de «Longa» situados en posiciones favorables, desbarataron de nuevo las columnas enemigas poniéndolas en desbandada ha­cia Orduña donde intentaron defenderse. El í­mpetu de los perseguidores los sacó de la ciudad y conti­nuaron tras los huidos hasta Amurrio; allí­ los deja­ron a su suerte pues era preciso reagruparse, «así­ por razones de la noche y de la lluvia, como porque interesaba recoger el convoy interceptado. Sin em­bargo envió «Longa» desde Amurrio, detrás de los franceses, a varios espí­as en seguimiento de ellos, y volvieron con ocho fusiles que habí­an encontrado tirados en el camino que seguí­an».

Las pérdidas francesas fueron de 480 cazadores muertos, 5.000 uniformes completos, 10.000 pares de zapatos, munición de guerra, armas, atalajes y otros correajes, y unos tres millones de reales, bo­tí­n que se hizo llegar a la Junta de Defensa.

Cuatro dí­as después de estos hechos, el 28 de octubre de 1810 poco antes del anochecer, una co­lumna de tropa francesa atravesó Orduña sin dete­nerse, entrando por la puerta de Burgos y saliendo por el lado contrario. Cuando habí­an llegado «al camino del prado de esta ciudad que dirige para Bil­bao», irrumpió una numerosa partida de hombres armados al mando de su comandante «Longa», que por lo visto no se habí­a alejado mucho de sus po­siciones de Espejo. Mientras unos combatientes se quedaron en la ciudad cubriendo los puntos estra­tégicos, el grueso de las fuerzas continuó con toda precipitación y al galope en pos de los acosados.

Caí­da la noche regresaron los perseguidores, alo­jándose unos oficiales, entre ellos su jefe, en el me­són de Manuel de Ballejuelo, mientras otros fueron a la posada de Andrés de Lauzurica.

Para entonces, las fuerzas que se habí­an queda­do vigilantes en la ciudad, detuvieron por orden de «Longa» a Juan de Dios de Arteaga que ejercí­a el cargo de Ministro Alguacil, a «Manuel de Amézaga, Ministro del Resguardo de esta ciudad que por mote llaman “Cherengue”, y el otro que se dice ser de oficio sastre», cuyo nombre y apellidos ignoraba el Alcalde y Juez Ordinario don José de Pereda. Los tres eran acusados de espí­as y colaboracionistas con las tropas de ocupación.

El Alguacil fue liberado a requerimiento y por las justificaciones que dio el Regidor, pero no pudo conseguir que se hiciera lo mismo con los otros dos, y según contó Manuel de Oribe, criado del mesonero, el propio «Longa», después de haberles hecho los cargos, mandó que se atase a los reos «como se hizo, con los brazos atrás».

Mientras tanto, Marí­a Antonia de Vitorica, espo­sa de Faustino de Masustegui, «vecino de la ciudad que sirvió muchas veces de conductor de oficios a la ciudad de Vitoria y villa de Bilbao», fue requeri­da por uno de los soldados de «Longa» para que hiciese una salmuera que debí­a dar a su caballo in­dispuesto. Hizo el preparado, se lo entregó en un cazo al soldado, y éste lo llevó hasta la posada de Lauzurica donde estaba alojado.

Pasado un rato, Marí­a Antonia fue a la hospederí­a para reclamar el recipiente que se habí­a quedado el soldado, «y estando esperando por dicho caso, un Sargento de la misma compañí­a la preguntó qué hací­a allí­, que era una espí­a, la más mala que habí­a contra los españoles, y que dónde estaba su marido. Y habiéndole contestado que se hallaba ausente, la dijo dicho Sargento que í­nterin pareciese su ma­rido. Inmediatamente la ataron los brazos é hicie­ron estar en dicha posada, y al tiempo de marchar después de haber salido de la ciudad, la pusieron á caballo y la llevaron en un rato de camino».

Momentos antes habí­a marchado de Orduña una avanzada por la calle Bur­gos en dirección a Casti­lla, llevándose a Amézaga y al sastre, atados como estaban desde su enjui­ciamiento y acusación de espionaje.

Al dí­a siguiente 29 de octubre, entre las ocho y las nueve de la mañana, se reunieron el Alcalde José de Pereda; los cirujanos Eugenio de Torrecilla y Mi­guel del Castillo; el escribano Francisco Antonio de Murga, varios vecinos de Orduña como Bernabé de Arana, Francisco de Ugarte, León de Uralde, y otros de reconocida solvencia. Se trasladaron por el camino real en dirección a Castilla hasta la case­ta en que se cobraba el peaje, y a corta distancia «se encontró el cadáver de un hombre que, según manifestaron las dichas personas concurrentes, di­jeron ser la persona de un sujeto que se llamaba Guillén, de oficio sastre, que se hallaba en esta dicha ciudad ejerciendo dicho oficio a temporadas, y sin domicilio fijo, á quién conocí­an muy bien de vista, y tienen por cierto ser el mismo. Y pasando más ade­lante hacia las partes de Castilla, se encontró otro cadáver en el mismo camino Real, en la proximidad del sitio en que dicen el Crucifijo, que reconocido por dichas personas manifestaron ser el de Manuel de Amezaga, que por mote llamaban “Cherengue”, y era Ministro del Resguardo de esta ciudad».

Los cadáveres se encontraban «tendidos a la larga, boca arriba, en el mismo camino Real, y desnudos a excepción de algunos andrajos de ropa,y habiéndo­los reconocido dichos cirujanos, manifestaron que, según las heridas que tení­an estaban ciertamente muertos». En dos andas propiedad de la parroquia, fueron trasladados a la Casa de Misericordia, para ser examinados con detenimiento por los cirujanos y por los vecinos, para su identificación más segura.

Al margen del informe de los expertos donde se describe pormenorizadamente las heridas sufridas, tanto de arma blanca como de fuego, los vecinos identificaron a los dos ejecutados, con la mayor exactitud posible.

El Ministro del Resguardo se llamaba Manuel de Amézaga, calificado de hombre pobre. Creí­an que era natural de Vitoria y tení­a 29 años. Estaba casa­do con Maria Cruz Berricano Arana de 37 años, de Ceberio, embarazada en ese momento y que ya tení­a dos hijos más llamados Marí­a Jerónima de 7 años y José Prudencio de 4. Ambos eran vecinos de Orduña. Fue enterra­do, de misericordia, en la Parroquia de San Juan.

A Manuel Guillén Agui­rre, el sastre, también ca­lificaron de pobre y fue enterrado en la misma parroquia. Tení­an entendi­do que era de Vitoria y le calculaban unos 46 años poco más o menos. Estuvo casado en primeras nupcias con Justa de Palacios Villacián, de Larrimbe, de cuyo matrimonio tení­a cinco hijos, un chico y cuatro chicas, una de ellas, Marí­a Tadea, casada con Juan Bordagaray Sarachaga, también de Larrim­be. Por entonces, el fallecido viví­a con Nicolasa de Zárraga, natural de Larrimbe, de quien no tení­a hijos.

Ese mismo dí­a 29 de octubre de 1810, se presen­tó Marí­a Antonia de Vitorica y dio testimonio de las circunstancias de su apresamiento y cómo habí­a sido liberada.

Declaró que la subieron, atada, a un caballo. Que al tiempo de haber pasado por la caseta del peaje y siguiendo el camino arriba, «oyó decir á alguna per­sona, ¡por Marí­a Santí­sima, no nos maten ustedes!», e inmediatamente oyó un tiro de pistola. Luego los hombres de la compañí­a de «Longa» preguntaron a la detenida si habí­a visto lo sucedido, y como ella respondió que no, le dijeron «pues ahora mismo los acabamos de matar, el uno con un pistoletazo que tení­a tres balas y el otro á sablazos».

«Y habiendo llegado á la villa de Berberana sin saber qué hora era, la tuvieron atada según la ha­bí­an llevado, hasta las seis y media de la mañana en que la dieron soltura para venir á su casa, como en efecto llegó en esta dicha ciudad á cosa de las once y media del medio dí­a de hoy, sin que hubiese experimentado en el camino al ir, otra cosa alguna de dicha tropa».

Recogidas las declaraciones, el Alcalde pidió ase­soramiento al Licenciado Juan Bautista Leal de Iba­rra,y ordenó pasar oficio al Mayordomo del Cabildo Eclesiástico de la ciudad para que dieran sepultura a los cadáveres, se anote por el escribano el lugar en que fuesen enterrados, y que continúen las diligen­cia para aclarar más datos sobre el arresto.

El escribano se presentó a los oficios religiosos que se hicieron por los cadáveres en la Parroquia de San Juan, «una de las iglesias unidas de la ciudad», y finalizados, «se dio sepultura eclesiástica á dichos dos cadáveres en una que está sita al lado de la Epí­stola en dicha Iglesia, que es propia de don En­rique de la Fuente, vecino de esta insinuada ciudad, que está en frente de la Capilla de don José Fran­cisco de Barcena».

El 31 de octubre, Agustí­n de Barcena, «que regen­ta la Jurisdicción Real y ordinaria por ausencia de los primeros de esta ciudad de Orduña», ordenó que se remitiera la información al Juez de Policí­a del Señorí­o, y sus órdenes fueron cumplidas el dí­a 3 de noviembre, enviando las diligencias al Corregidor de Vizcaya, quien dio cuenta al Tribunal Criminal extraordinario, y éste acordó sobreseer el expe­diente.

Juan Carlos Navarro Ullés

“Aztarna”

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