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La ermita de San Antón

La ermita de San Antón

balcon-del-nervionTanto en el habla coloquial como en la toponi­mia escrita de la ciudad de Orduña se conserva aún el término de San Antón referido a un pe­queño cerro, situado a la derecha de la carretera que de la ciudad se dirige a los Lendoños, poco antes de coronar la subida que lleva a las Campas de San Clemente; también existe el Barrio de San Antón, situado en la vertiente oriental del monte del mismo nombre. Como por lo general ocurrí­a con las ermitas dedicadas al santo protector de los animales, la ermita de San Antón estaba situa­da cerca de una importante ruta, muy frecuentada por los arrieros que comerciaban entre la Meseta castellana y los puertos del mar Cantábrico. Recordemos que en Amurrio aún se conserva la ermita de San Antón de Armuru, al pie de lo que un dí­a fue la importante ruta que, desde tierras navarras, pasando Vitoria, iba al en­cuentro del Cantábrico atravesando la Tierra de Ayala.

Está aceptado que los hagiotopónimos -términos de lugar con nombre de santo- son luga­res en los que, en tiempos pasados, se asentó un tem­plo, una ermita, con la advocación del santo cuyo nombre ha llega­do hasta nosotros: San Bartolomé en lo alto del hoy conocido como puerto de Ordu­ña, San Pedro de Beratza en lo alto de la sierra y jun­to al camino que iba a Uzkiano, etc.

Es, pues, más que probable que en el monte que hoy se conoce por San Antón -en los documentos escritos también se le da el nombre de Araiza- se levantara una ermita dedicada al santo protector de los animales. En el libro que, dentro de la co­lección de la Diputación Foral de Bizkaia, escribió Ana Mª Canales Cano sobre Orduña el año 1977, se puede leer lo siguiente: “En el barrio de San An­tón se encontraba la ermita de San Antonio Abad, en un lugar próximo a la de San Román de Zedelika, por lo que fue a ésta donde se trasladó la imagen del san­to, talla romanista quizá de los años finales del siglo XVI o primeros del siguiente. Pedro Alonso de Arcillero y su hijo -de Sueca, Cantabria- se encargaban de la construcción del edificio en 1570; aún estaba en pie en 1 8 18, aunque en grave estado de deterioro” (o.c., pág. 325).

La suerte de que gran parte del archivo municipal de Orduña se conserve aún en buen estado, nos permite sospechar, tras hojear diversos documentos, que, ya antes del año 1570 existió una ermita, sobre la que se asentó el templo del s. XVI.Y nos atrevemos a afirmar lo anterior, porque conocemos una cita del año 1490, casi cien años antes a la señalada en el libro citado, en la que se habla de la cuesta de San An­tón, algo que vie­ne a corroborar que, para esta fecha de finales del siglo XV, se le rendí­a cul­to a San Antón en dicho paraje.

Sabido es que, en épocas pasadas, se tocaban las campanas de los templos, tanto de dí­a como de noche, para noticiar a todos los vecinos que aquel dí­a era festivo, de especial recuerdo para todos los cristianos. Y sabemos que el año 1614 las campa­nas de la ermita de San Antón se tocaron durante las noches de Santa ígueda, San Juan y San Pe­dro, dato que nos da a conocer que durante estos años era costumbre tocar las campanas, incluso durante la noche, en festividades importantes. Lo que desconocemos es por qué, además de tañer durante horas las campanas de las dos parroquias de la ciudad de Orduña, se tocaban también las campanas de la ermita de San Antón y no la de las otras ermitas.

El año 1737 un fuego causó bastantes destrozos en la ermita de San Antón, gastándose 28 reales y 17 maravedí­s en el refresco que se ofreció a los voluntarios que acudieron a sofocar las llamas. El arreglo de los desperfectos causados por el fuego corrió a cargo de Joseph de Madaria e Ignacio de Eguiluz. El año 1773 la beata que cuida de la ermita del Buen Suceso protesta ante el Ayuntamiento porque la persona que lleva la postulación de la ermita y Cofradí­a de San Antonio Abad sale a pe­dir diariamente a los caminos, colocándose junto a la ermita del Buen Suceso, con gran perjuicio para los ingresos de la citada beata. El año 1794 los cofrades de San Antón protestaron por el modo en el que se habí­a bajado la imagen de San Antón a la parroquia de Santa Marí­a. Sin embargo, será años más tarde cuando la ermita de San Antón llegarí­a a prestar un gran servicio a los vecinos de la ciudad de Orduña. Me estoy refiriendo a la gran peste del año 1800 que, habiendo entrado por el sur de la Pení­nsula y, tras haber causando una gran mortandad en Cádiz, comenzó a extenderse hacia el norte.

El 13 de Noviembre de 1800 tuvo lugar en el Ayuntamiento de Orduña una importante reunión de las autoridades locales, en la que se estudió la propuesta que la Junta Local de Sanidad habí­a decidido hacer llegar al Ayuntamiento:”Que en la ermita de San Antón, jurisdicción de esta ciudad, se reedificase un hospital a prevención para alguno o al­gunos enfermos que pudieran llegar contagiados de los paí­ses infestados”. La Junta de Sanidad, con buen criterio, proponí­a que el hospital para contagiados estuviera en un lugar apropiado por su situación, tanto por estar alejado de la ciudad, como por estar en lugar elevado, bien expuesto a los vientos.

El Ayuntamiento no perdió un solo dí­a y se puso en contacto con el médico local y un maestro al­bañil de la localidad, Hilario de Echevarrí­a, quien no tardó en presentar la propuesta de rehabilita­ción de la ermita antigua de San Antón para hospi­tal, con estas condiciones:

– Es condición que se ha de reedificar de nue­vo todo el tejado que cubre la ermita…, cargados con buena losa todas las cumbres y bolados de él y más que necesite.

– Es condición que se han de ejecutar siete cuan- tones de madera de haya regateados para bove­dilla, el uno en la citada ermita de once pies y los seis en lo que ha de servir de cocina y sala de trece pies de largo y en la mencionada ermita se ha de hacer un tabique divisorio por medio de ella en todo su largo y de alto siete pies y medio y dicho tabique ha de ser doble aplicado y jarreado por arriba y caras, sestando en él una puerta con su marco frente a la principal de dicha ermita.

Con condición que en la referida ermita se han de abrir dos ventanas de dos y medio de pies de alto y uno y medio de ancho, la una en la pared que mira al medio dí­a y la otra en la que mira a el oriente.

Es condición que la cocina se ha de hacer en el mismo paraje antiguo, con su llar difierno y cepa encima de el tejado, a media asta, cogidas sus jun­tas con cal y el suelo de ésta enladrillado…

– Es condición que se han de hacer tres puertas de madera de roble, lisas a medida junto las dos (…) ermita y corral, con su quicio y contraquicio, clavadas con clavo de cabeza redonda y la otra de la cocina con su marco y pernios y dichas tres puertas han de tener cerrajas. Se ha de entarimar todo el cuarto o sala con tabla o madera de pino, a tope bien clavada, dejan­do su puertecita para una escalera que igualmente se ha de hacer para bajar al corral, esta de material de haya, con pasos, sin antepechos.

Es condición que todas las maderas se han de hacer de madera de roble lisas, a media junta, con sus marcos y pernios, bien sentados y las puertas de dentro han de ser de madera de pino, dándose por los señores de Ayuntamiento el ladrillo ne­cesario que son 6.800 tejas y 3.800 ladrillos y los cuartones de Ayala, teguillo y alaves que necesite para dicha obra libertad para cortarlos, señalados por persona que dichos señores dispongan par el efecto en los montes de dicha ciudad.

– Me obligo a ejecutar la obra en 2.852 reales.

A 13 de Noviembre de 1800 Hilario de Echevarrí­a

A los tres dí­as, el 16 de Noviembre, los señores de Ayuntamiento procedieron, como era costum­bre, a realizar el remate para la reposición de la ermita de San Antón. Se presentó al remate Ilde­fonso Echevarrí­a que ofertó “ejecutar la citada obra en 2.200 reales de vellón y darla entregada a vista de peritos para el dí­a 9 de Diciembre próximo”. El Ayuntamiento aceptó esta propuesta presentada por Ildefonso Echevarrí­a.

Tres dí­as más tarde, el 19 de Noviembre, la Junta de Sanidad, teniendo noticias que en Andalucí­a se estaba agravando la epidemia, “determinó erigir hos­pital, casa de convalecencia y otra casa de cuarente­na”, que estén situadas en lugares bien ventilados y apartadas de la ciudad una distancia prudencial. También propone que se velen con todo cuidado las tres puertas de la ciudad situadas al oriente, medio dí­a y poniente, para controlar las entradas de forasteros, sabiendo que Orduña está en la frontera con Castilla y es uno de los pasos más frecuentados por arrieros y comerciantes que, desde el centro y el sur de España, se dirigen a los puertos del norte. Deciden que la custodia de las puertas sea repartida entre todos los hombres ve­cinos de la ciudad, comprendidos entre la edad de dieciséis y los sesenta años. También se ve como necesario que las ropas de quienes lleguen a la ciudad sean purificadas con el ácido murriático y vinagre y que las alhajas de oro y plata que trans­porten los arrieros y caminantes se pasen por el fuego.

Como último punto, la Junta de Sanidad reco­mienda que:”se hará a tiempo la prevención con­veniente de nieve y quina de la mejor calidad, ácido murriático, vinagre como así­ bien parihuelas para conducir al lazareto a los enfermos que no pudiesen hacerlo por su parte”.

Mientras tanto, la obra de rehabilitación de la er­mita para hospital iba delante, de modo que el 12 de Diciembre, Ignacio Dí­az de Eguiluz, natural de Saratxo y profesor de carpinterí­a, fue nombrado por el Ayuntamiento para que reconociese la re­forma que habí­a realizado en la ermita antigua de San Antonio Abad Ildefonso de Echevarria. Igna­cio Dí­az de Eguiluz, tras examinar la obra, expone como experto que:

No se han hecho alaves nuevos, pues encima de la puerta del establo hay 34 pies de lí­nea con los alaves antiguos.

Al llar o infierno han de añadirle cuatro argollas más, como las que tiene.

Que la ermita de San Antonio Abad funcionó como hospital infecciosos o lazareto nos lo con­firma una solicitud del Ayuntamiento de Orduña al Señorí­o de Bizkaia y fechada el I9 de Julio de 1800, solicitando una ayuda de 5.653 reales y 28 maravedí­s, por la reposición del Lazareto “que se destinó en esta ciudad para la situación de las personas que hubieren venido de la ciudad de Cádiz en tiempo de la epidemia que se padecí­a en ella ” (L/031).

Pocas más noticias sabemos del funcionamiento de la ermita de san Antonio Abad como lazareto. Por el libro de Actas del Ayuntamiento de Orduña sabemos que el 28 de Diciembre de 1801 se saca a renta la ermita de San Antonio Abad durante nueve años, no pagando renta alguna durante los seis primeros años y los otros tres 18 ducados anuales, corriendo a cuenta de la ciudad la madera necesaria para obras. El remate recayó en don Ra­fael Aldama, a quien, al año siguiente, encontramos construyendo un nuevo corral en la caserna de San Antonio Abad.

Pocos años más tarde, con la llegada de las fran­ceses, la ermita de San Antonio Abad pasó a ser cuartel, como se desprende de un pago de ciento seis reales a Ildefonso de Echevarrí­a, carpintero, “por lo que trabajó en la ermita de San Antón donde habí­a estado de guardia la tropa”. Que eran tropas francesas las que estaban acuarteladas en la ermita de San Antón Abad nos viene aclarado por varias citas que hemos encontrado en documentos de principios del siglo XIX que se conservan en el archivo municipal: durante los años 1807 y 1808 hablan de suministro de chacolí­n (en ocasiones lle­vado de Amurrio) para la tropa francesa y por el pago de 24 reales a Antonio de Urrutia por sus labores de intérprete.

Que la ermita sirvió de acuartelamiento de tro­pas viene de nuevo confirmado por un abono de cincuenta y dos reales realizado el año 1814 a Ra­fael de Sopelana como pago por las carretas que habí­a empleado en la conducción de madera de la ermita profanada de San Antón para hacer “una tejavana para ranchos de la tropa”, evitando así­ que continuaran cocinando en el pórtico de la iglesia de San Juan. Es decir, para el año 1814 la ermita ha­cí­a varios años que no serví­a como tal, usándose como cuartel por las tropas francesas.

Una de las últimas noticias relacionadas con la ermita de San Antón abad la conocemos por una solicitud que el año 1820 hacen los responsables de la Cofradí­a de San Antonio Abad al Ayunta­miento para que permitiera que se trasladara el retablo y la imagen de San Antonio Abad a la ca­pilla denominada Heno, en la parroquia de Santa Marí­a de Orduña. Gurutze Arregi, en el trabajo que realizó sobre las ermitas de Bizkaia, escribe que una imagen de San Antón que se conserva en la iglesia de San Román de Zeldelica, pudo perte­necer a la ermita de San Antón. A partir de esta fecha, ninguna noticia conocemos sobre la exis­tencia de San Antonio Abad como ermita. Hoy, en la memoria de los orduñeses, solamente se guarda el topónimo de San Antón.

El dí­a 1 de octubre del año 2009, junto con Sa­bino Pinedo, vecino de Orduña, nos acercamos al caserí­o de Felisa Madaria, situado a los pies del monte San Antón y, en respuesta a nuestra pre­gunta de dónde pudo estar la ermita de San Antón, nos dijo: “Yo no he visto piedras ni rastro alguno. Tení­a oí­do a mi padre (Emeterio Madaria) que la ermita estaba en lo alto, en la avanzadilla ésta, que se llama. Pues me parece que está fuera del pinar, en el mismo alto, junto a la retura de Tomás Arbazagoitia. Ahí­, don­de están esos pinos altos, arriba un poquitico hacia la vaguada. Junto a la retura del Tejero. Yo siempre he oí­do a mi padre que estaba allí­. Eso está en jurisdic­ción de la retura de Tomás. Hay una cárcava que la hizo el tejero”, nos dijo Felisa, señalando una y otra vez con la mano ladera arriba”.

A finales de Octubre, junto con Sabino Pinedo y Juan José Orueta, éste, vecino de Zedelika, re­corrimos el terreno que nos habí­a indicado Felisa, pero no encontramos rastro alguno de la antigua ermita. Lo que es monte común se ha plantado de pinos y el suelo está lleno de maleza y las campas, donde ahora pastan vacas, estuvieron sembradas de maí­z y de trigo. De la ermita de San Antón Abad, ni rastro. Lubakietara martxa.

Salvador Velilla Córdoba

“Aztarna”

1 comentario

  1. Leticia Torres Orduña

    saludos

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