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Orduña y las Guerras Napoleónicas (1808-1814)

Orduña y las Guerras Napoleónicas (1808-1814)

La invasión francesa se reanudó a partir del 1807. El 17 de octubre de este año el ejército francés, al mando del general Junot, entró en España en varias columnas. Se dirigí­a a Valladolid por Tolosa, Vitoria y Burgos. Las clases altas recibí­an bien a las tropas, pero el bajo pueblo les mostraba ya su sombrí­o odio al extranjero.

Moncey ocupaba en diciembre de este año la ciudad de Orduña por su situación estratégica. La Diputación General del Señorí­o remitió órdenes a la ciudad de que se recibiera a las tropas con agasajo y se les ayudase en todo lo necesario, en atención a las seguridades de amistad que habí­a dado Napoleón que se presentaba como aliado. Siguiendo estas instrucciones, el 20 de enero de 1808, se acantonaron cerca de 2.000 hombres, al mando del coronel Pecheri, en el convento de San Francisco, así­ como en el Colegio de los Jesuitas. El convento extramuros de Santa Clara lo convirtieron en hospital. No abandonaron Orduña hasta el 8 de febrero en que salieron para Castilla. El joven Iñigo Ortés de Velasco Esquí­vel, al frente de la corporación municipal, negoció con las tropas napoleónicas la entrega de la ciudad y su posterior salida con el fin de evitar el saqueo. Por estas fechas aún no se habí­a iniciado la guerra por ser consideradas las fuerzas francesas como aliadas.

También en Orduña tuvieron eco los sucesos del 2 de mayo. Por orden de la Diputación General de armar a la juventud, se alistaron en la ciudad hasta 100 jóvenes con el tí­tulo de «Compañí­a de Orduña», que fue equipada de armas, municiones y de cuanto fue necesario, instruyéndoseles en la práctica de las armas. Se formó además otra compañí­a de hombres casados de edad entre 20 y 50 años.

Al mismo tiempo que las tropas de Merlí­n llegaban a Bilbao, se trasladó a Orduña otra división de 3.000 hombres a las órdenes del General de Brigada Brun. Entraron las tropas en la ciudad sin encontrar resistencia alguna. íšnicamente hubo que suministrárseles lo necesario. Después de quince dí­as de permanencia, salieron de la ciudad sin que tomaran ninguna represalia.

Dí­as después, a mediados del mismo mes de octubre, entraron en Orduña nuevas fuerzas, esta vez aliadas, bien que por poco tiempo, pues en noviembre volvió a entrar en la ciudad el ejército francés con importantes efectivos de refuerzos, que se mantuvo en la ciudad a lo largo de todo este mes. La Diputación General del señorí­o habí­a recibido órdenes de la Corte de que se recibiese cortésmente a las tropas, ayudándolas en lo que necesitasen en particular para alimentarlas. Con las instrucciones recibidas, la ciudad les acondicionó sus cuarteles, y convirtió el convento extramuros de Santa Clara en hospital como ya lo hiciera anteriormente. Más cómodamente, los oficiales fueron alojados en casas particulares. El Regimiento permanecerá en Orduña hasta el 8 de febrero, en que partió para Castilla.

De las citadas fuerzas aliadas, un importante destacamento español se habí­a asentado en Tertanga y para fines de mes de octubre se habí­an acantonado también en Arrastaria elevados contingentes de tropas nacionales. No duró mucho su estancia. Tras el contraataque francés en Vizcaya, con el rompimiento de las lí­neas españolas en Zornoza el 30 de octubre de 1808, miles de soldados franceses acampaban del 2 al 7 de noviembre en Tertanga en el lugar llamado «El Encinal». Los dí­as 5, 6 y 7 ocupaban otras columnas el «monte de Santa ígueda» sobre Délica.  Ante esta entrada de los franceses, la aldea de Aloria quedó abandonada y la iglesia de San Juan de Abajo, cerca de Arbieto, ocupada por una larga temporada. El 20 y 30 de diciembre, los oficiales del batallón instalado en Tertanga obligaron a los vecinos de Délica y Tertanga a practicar «la abertura y rompimiento de la nieve de la Peña y Sierra hasta llegar a Berberana, para que pasasen dos batallones y equipajes de la tropa francesa».

Estos asentamientos de tropas implicaban, por parte de los vecinos, el suministro de raciones de pan, carne y legumbres, como alubias, paja y cebada para las bestias, y leña, suministro también de vestuario y ropas de abrigo, primero para el destacamento español, tal como fue aprobado por el concejo del valle en sesión de 30 de dicho mes de octubre, y luego para las tropas francesas. Solamente para los franceses de Santa ígueda, Délica tuvo que aprontar 5.000 raciones de pan. carne y vino, 400 arrobas de paja, 1.300 de leña y legumbres en menor cantidad. Por su parte, Tertanga suministró a los franceses de «El encinal» 8.300 raciones de pan y otras tantas de carne y vino, más 830 cargas de leña y 8 fanegas de alubias.

En la contraofensiva francesa los pueblos de la zona se vieron invadidos por miles de soldados, primero españoles y más tarde franceses, los cuales perseguí­an a Blake que ya habí­a abandonado el 31 de octubre Zornoza, estratégico punto de su lí­nea vizcaí­na. El despliegue francés alcanzó el Valle de Ayala los dí­as 1, 2, 3 y 4 de noviembre, ocupando las localidades de Larrimbe, Orduña, Aloria, Délica, y Tertanga, desde los que cortaban los pasos a Altube, Urcabustaiz, Cuartango y Losa. A partir de entonces, los franceses instalarí­an retenes y «mansiones» en los puntos estratégicos de todas las aldeas del Valle de Ayala. La «mansión», el paso y tránsito de las tropas no perderí­an continuidad a lo largo de los cinco años de guerra.

Por su parte, el mariscal Ví­ctor no habí­a procedido mejor. Enviado por Orduña a Amurrio, con el fin de flanquear al mariscal Lefebvre, habí­a expedido hacia Oquendo al general Labruyére con una brigada, y lo habí­a retenido en esta posición, sin idea de trasladarse él mismo a este sitio para dirigirle. El general Labruyére, en medio de estas montañas escarpadas, donde apenas podí­a orientarse, donde las nieblas se uní­an a la oscuridad del paisaje, privado de toda dirección, sin saber si podí­a tener enemigos en su presencia, no quiso comprometerse y habí­a dejado pasar delante de él a las fuerzas que flanqueaban a Blake durante el combate de Zomoza, sin atreverse a hacer nada para detener su retirada. Unas de las fuerzas españolas que pasaron delante de él, desorientadas, fueron dos divisiones, las de Acevedo y Martinengo, que se alejaban por Oquendo, Miravalles y Llodio, y que tuvieron un encuentro en Menagaray con una división francesa que vení­a de Orduña.

Los dí­as siguientes habí­a permanecido Labruyére en la misma posición, viendo a Balmaseda de lejos, observando también a la división Sebastiani que de Bilbao ejecutaba reconocimientos en la ruta de Orduña. De esta manera, las fuerzas francesas, en lugar de juntarse para aplastar a Blake, única operación razonable, se mantení­an dispersas entre Bilbao, Balmaseda y Oquendo, y expuestas en su aislamiento a graves fracasos.

Con los mismos apremios, el Emperador reprendí­a al mariscal Ví­ctor por haberle obligado con su falta de apoyo al general Villatte a retirarse hacia Bilbao. a dos leguas antes de esta villa y en las alturas de Castrejana, el dí­a 6 a última hora de la tarde, habiéndose salvado sólo por su intrepidez, atacado de frente y por detrás,. después de haber hecho una gran carnicerí­a al enemigo. Y añadí­a el comunicado del cuartel general de Vitoria: «Es voluntad del Emperador que partáis sin demora alguna para trasladaros a Orduña, poniéndoos en comunicación con el mariscal Lefebvre, que debe estar en Bilbao».

Con las amonestaciones del Emperador, el mariscal Lefebvre se apresuró a marchar sobre Balmaseda por Orduña y Amurrio. Empleó la jornada del dí­a 6 en reunir los destacamentos enviados a los alrededores de Bilbao para apoderarse de los ingleses del litoral, y el dí­a 7 a la mañana se dirigió a Balmaseda por Sodupe y Gí¼eñes. con las divisiones Villatte, Sebastiani y Leval, las dos primeras francesas, y la tercera alemana, que presentaban entre las tres una masa de 18.000 hombres, casi sin artillerí­a ni caballerí­a porque no podí­an éstas maniobrar por estos valles estrechos, sin apenas transportes para las municiones de la infanterí­a.

Blake se replegó de nuevo hasta Nava de Mena en la sierra. Lefebvre entraba en Balmaseda el dí­a 8, sin haber encontrado seria resistencia en Gí¼eñes. Al dí­a siguiente seguí­a avanzando hasta cerca de Bárcena. Por su parte, el mariscal Ví­ctor, con la reprimenda por haberse alejado de Vizcaya, se habí­a puesto en camino con el fin de no perder de vista a Blake, volviendo por Orduña, Amurrio y Oquendo. El dí­a 9 se juntaba frente a la villa de Balmaseda con el cuerpo del mariscal Lefebvre, compensado con la nueva dirección que se le habí­a dado por la ventaja de recuperar la división Villatte y poder volver a encontrarse y batir a un enemigo ya desmoralizado.

También por las montañas y en los riscos de La Peña de Orduña se hizo sentir la presencia de grupos guerrilleros tan pronto como la ciudad de Orduña y los pueblos ayaleses registraron el paso masivo de las tropas francesas en los meses de octubre y noviembre de 1808, grupos que persistirí­an durante los cinco años de la contienda. La ciudad los apoyaba fervientemente, lo que le valió el que el Gobierno la tildara de “empecinada y refugiadora de insurgentes y brigantes (bandidos)” al mismo tiempo que amenazaba con exterminarla. Lo mismo sucedí­a n la Sierra Salvada, con la presencia de guerrilleros que se mantení­an con la ayuda de los pueblos ayaleses.

En estas circunstancias fue detenido un patriota que desde Berberana traí­a un oficio de su comandante, por el que agradecí­a a la ciudad que le hubiese enviado una porción de zapatos y varas de lienzo. La Junta Criminal encarceló por este motivo al alcalde y miembros del Ayuntamiento de Orduña.

Madrid fracasó en su intento de poner una guarnición de cerca de dos mil hombres en la ciudad orduñesa, pues apenas si logró permanecer en ella el mes de enero 1809.

La condena a muerte de tres vecinos de Orduña a primeros de marzo, que fueron ejecutados en la plaza pública, motivó la huida de varios jóvenes que unieron a las partidas que operaban por los alrededores. La proclama del comandante de una partida de éstas, que llamaba a los que le quisieran seguir, supuso la multa de veinte mil reales a la ciudad de Orduña. Por si fuera poco, los franceses publicaron un bando que hací­a saber que, por cada soldado francés de las fuerzas francesas que fuera muerto, pagarí­an con su vida tres vecinos de los más principales.

Los franceses reforzaron su guarnición de Orduña de cerca de dos mil hombres, para lo que acondicionaron el edificio de la Aduana. De ella salí­an destacamentos en persecución de los guerrilleros, aunque sin resultados perceptibles. Por el contrario, los vecinos colaboraban cada vez más con las partidas.

También Orduña vivió escaramuzas y atrevidas acciones de lucha como las de los comandantes Longa y Renovales, en tanto los invasores aseguraban su acuartelamiento en el edificio de la Aduana y se esforzaban por hacer de la ciudad su fortí­n. El comandante Francisco de Longa, que en realidad se llamaba Francisco de Anchí­a, tomando el sobrenombre de Longa que era el de su caserí­o natal en Mallabia, Vizcaya, tuvo conocimiento de que iba a pasar por las cercaní­as de Orduña un convoy importante (compuesto por 540 franceses), que llegaba desde Francia camino de Asturias, con repuestos y pertrechos de guerra y vestuario para el general Bonnet allí­ destinado. Longa se echó sobre ellos el 23 de septiembre de 1809 en el alto de la peña, aproximadamente en el sitio de la «Venta del Hambre», consiguiendo apoderarse de todo el cargamento. Se calculó el botí­n en 42 yuntas de bueyes con sus carros, 37 monturas que abandonaron los franceses, 4.000 uniformes, y 10.000 pares de zapatos, más tres millones de reales. El convoy sufrió 480 bajas y nueve prisioneros. La operación la ejecutó Longa con 180 hombres, de los que 80 eran jinetes, que son los que se lanzaron al ataque a golpe de sable y pistolas. Los franceses no pudieron tener información de su paradero por muchas amenazas que hicieron a los orduñeses, que en cambio cooperaban indirectamente todo lo que podí­an con las tropas guerrilleras de los alrededores. Posteriormente, el 22 de diciembre del mismo año, Longa atacó de nuevo a los franceses con 800 hombres de a pie y 70 de caballerí­a, obligándoles a retirarse a la ciudad, tras sufrir la pérdida de 57 hombres que fueron muertos.

Y en la tarde ví­spera del 1° de junio de 1811, otra partida de franceses de la tropa acantonada en Orduña sorprendió en el caserí­o Lana de Amurrio a su inquilino Domingo de Zulueta y a Tomás de Sagarribay, vecino de Larrimbe. «Al primero lo mataron de un balazo y al segundo lo llevaron al campo de San Antón y arrimándole a la puerta de la ermita, le arcabucearon a media hora que llegó, sin darle lugar para nada. Habiéndole colgado de un fuerte nogal que allí­ habí­a frente de dicha ermita, estuvo colgado toda la Pascua hasta el miércoles en que a fuerza de recomendaciones se consiguió del comandante francés que le bajaran y enterraran, pero con condición de que no se tocaran las campanas ni asistiera cura alguno al entierro».

El mismo mes, el dí­a 7, el comandante guerrillero Longa atacaba a una columna francesa cerca del pueblo de Villalba de Losa. Al dí­a siguiente, lanzaba nueva ofensiva contra otra columna en lo alto de la Peña de Orduña, ocasionándole 30 bajas y haciéndola replegarse a la ciudad de Orduña.

Debido a los suministros que debí­a entregar a las tropas enemigas, entre 1810 y 1813 en Orduña se enajenaron de los bienes del común propios de la ciudad, 84 heredades de una extensión total de 1.417 aranzadas, que en la venta dieron un valor de 293.845 reales.
Al final de la guerra, el concejo de Orduña quedó con una deuda de doce millones de reales según informe del alcalde de la Ciudad y diputado del Señorí­o,     don Cayetano Palacio.

José Rafael de Madaria Arberas describe la situación en Orduña bajo los franceses a lo largo del año 1812. Nada mejor que transcribir su relato, lo que agradecerá el lector,  que se público en su trabajo «La Ciudad de Orduña», 1981, página 33.
«A principios de este año el Gobierno de José I publicó un edicto explicando que las partidas guerrilleras ya no existí­an, pero en Orduña un hecho vino a demostrar lo contrario. Una partida que mandaba el Comandante conocido con el nombre de “El Pastor”, después de haber conducido unos prisioneros franceses quiso ser sorprendida por los franceses en Orduña para atacarlos en condiciones de superioridad, a pesar de lo cual pudo escapar. El Gobierno se enfureció contra la ciudad, y llevó preso al Alcalde a Bilbao y, por sorteo, a dos personas del Cabildo Ecónomo.
En estas circunstancias llegó el general Mendizábal, siendo entonces cuando con la gente de las partidas y la que se alistó en los pueblos se formaron batallones organizados, siendo Orduña una de las ciudades que presentó a casi todos sus jóvenes. A pesar de estar en ella las tropas francesas, consiguió que en sus cercaní­as se formaran e instruyeran los tres Batallones de Vizcaya y el segundo de ílava con sus respectivas Juntas y Diputaciones, que serí­an las encargadas de cuidar de todo lo necesario para su subsistencia, vestuario y armamento.
En las inmediaciones de Orduña, y casi a sus puertas se trabó este mismo año un importante combate entre la tropa mandada por el comandante Renovales y la que estaba a las órdenes del general Soubier establecida en la Ciudad, de la que se habí­a apoderado con una División muy superior en número. No obstante, fueron derrotados por el comandante Renovales, lo cual produjo la retirada y el que se hicieran fuertes en las misma Ciudad.
Una vez que los franceses evacuaron Orduña, Renovales se dirigió a Bilbao y con un grupo reducido de hombres atacó de noche por sorpresa el fuerte más importante que acababan de construir en esta villa. Una vez realizado el ataque se retiró con su gente a Orduña que, desde la evacuación francesa, se habí­a convertido en su refugio.
Esta Junta (General de la Provincia de ílava) habí­a sido precedida de otras dos generales de la Provincia de ílava en el mismo año 1812. La primera, el 27 de mayo celebrada en el Pórtico de San Cristóbal de Tertanga y la otra el 26 de septiembre en Orduña. Las reuniones estuvieron protegidas por el 2º Batallón de ílava. La celebración de las Juntas alavesas en estas tierras prueba que estaban ya consideradas como lugar seguro, libre de la invasión francesas, que no era el caso de Vitoria, la capital.

Por estas fechas se habí­a asentado en Orduña una columna móvil. El dí­a 2 de agosto, el General de la misma dirigí­a un oficio a la Tierra de Ayala para pedirles 2.000 raciones diarias de pan, carne y vino, y setenta de paja y cebada.

El general Mendizábal fue protagonista en este año de 1813 de importantes acciones de guerra. El 19 de abril se encontraba cerca de Orduña. Frente a él, una división francesa de más de 3.000 hombres. Con el propósito de sorprender a Mendizábal y su tropa, los franceses bajaron de la Peña y se lanzaron precipitadamente sobre la ciudad causando gran confusión ante lo inesperado de su llegada. Afortunadamente no hubo represalias con los habitantes. Los franceses se contentaron con que Mendizábal huyera de la ciudad.

Los aliados les seguí­an los pasos con una masa de 41.000 ingleses, 25.000 portugueses y 18.000 españoles. Las fuerzas de Wellington pasaron el Ebro el dí­a 15 y avanzaron por su izquierda hasta Villarcayo, maniobrando para desbordar la derecha francesa. A José y a su general Jourdan les preocupaba la ruta directa a Bayona por Vitoria, mayormente porque el enemigo, pasando por Villarcayo, podrí­a franquear las montañas hasta llegar a Orduña y desde aquí­ a Bilbao para dirigirse a Tolosa y cortar la carretera de Bayona. Efectivamente, el convoy que comprendí­a las gentes de la evacuación francesa de enfermos, heridos y expatriados españoles, se encontraba en Vitoria, y bajar a Logroño, como proponí­a Clausel, era entregarse al enemigo. Así­, se le indicó a este general que, sin ir a Logroño, se dirigiera a Vitoria. José y el mariscal Jourdan, al objeto de no ser desbordados por Orduña y Bilbao, dieron orden al general Reille de dirigirse con lo que quedaba del ejército de Portugal por Puentelarrá a Osma, y por Osma a Orduña y Bilbao, mientras avanzarí­an inmediatamente hacia Vitoria los ejércitos del Centro y Andalucí­a.

El dí­a 18, el general Reille se puso en movimiento hacia Osma, con las divisiones Sarrut, Lamartiniére y Maucune. Pero apenas esta última se hallaba en marcha fue asaltada por una nube de enemigos, de los que no se escapó sino a fuerza de energí­a y presencia de espí­ritu. Efectivamente, los dí­as 18 y 19 fueron arrojadas sus fuerzas de Osma, Pobes y Subijana de Morillas, último punto éste en que lord Wellington fijó su cuartel general el dí­a 20. Viendo la ruta de Orduña interceptada, Reille renunció fácilmente a una operación que no le gustaba y decidió moverse lateralmente para ganar la gran ruta de Miranda a Vitoria.
Efectivamente, el 17 del mismo mes de junio las tropas del general Francisco Longa se habí­an presentado en Orduña. Pudo causar aquí­ 97 muertos a la retaguardia de los franceses. El general marchó a la madrugada camino de Vitoria, pero a las pocas horas bajaban de la Peña unos escuadrones ingleses de caballerí­a procedentes de Portugal, a lo que siguió la entrada en Orduña de una división de cuatro mil hombres. Casi al mismo tiempo llegaba desde Balmaseda el ejército mandado por el general Pedro Girón, compuesto de diez mil hombres de infanterí­a y dos mil de caballerí­a. Su división se concentró en Amurrio y Orduña, y el dí­a 21, de madrugada, las unidades de tropa establecidas en Orduña partieron para Unzá y Belunza, mientras que las de Amurrio lo hací­an por Lezama y Altube; ambos grupos establecieron contacto con las del inglés Graham en Murguí­a, junto con las de Longa.
Por su parte, José marchaba el dí­a 19 en dirección a Vitoria. Reille tuvo que contener enérgicamente a fuerzas de lord Wellington que se le querí­an anticipar en los pasos del monte Cerrato el mismo 19.

El mismo dí­a 20 se le comunicaba por carta desde Subijana al general Girón, que se encontraba en Orduña, que pusiera en movimiento sus fuerzas al amanecer del dí­a siguiente para dirigirse por Unzá y Belunza sobre Vitoriano y Murguí­a. Con respecto a las estacionadas en Amurrio y alrededores, marcharí­an por Lezama y las Ventas de Altube.

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