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Maestros y escuelas en la historia de Orduña. Siglos XVI-XIX (I)

Maestros y escuelas en la historia de Orduña. Siglos XVI-XIX (I)

Aquí, y gracias a las fuentes documentales que poseemos, en especial las que contiene el archivo histórico municipal, vamos a trazar brevemente las etapas y características de lo que fue la educación elemental en la ciudad, entre los siglos XVI y XIX y de la que se encargaron, principalmente, los modestos maestros de escuela y, de manera más especializada, los preceptores de gramática. En este trabajo nos limitaremos a esbozar esa historia.

El siglo XVI. Los primeros tiempos

En la sociedad orduñesa tradicional, la transmisión de conocimientos se producía de manera oral. A partir del siglo XVI, se producen cambios de enver­gadura. Era preciso alfabetizar a la población. Leer y escribir constituían unas habilidades básicas para pretender ciertos cargos públicos, y esa carencia generaba no pocos daños. La legislación foral y el impulso reformista del Concilio de Trento, supuso un empuje indudable para el avance en la instruc­ción básica de la juventud.

¿Cómo era la enseñanza en Orduña la primera mitad del siglo XVI? Las primeras noticias de una cierta entidad, las tenemos en unos capítulos  que aprueba la ciudad, fijando las obligaciones del maestro Pedro de Ugarte. Se aprueban por el ayuntamiento en 1548, y aquí veremos cómo las ideas religiosas de la época, impregnan su contenido. La primera obligación del maestro Ugarte era predicar la doctrina cristiana. Sobre esa premisa, se compromete a enseñar a leer, escribir y contar. La lectura obligada es siempre de textos sagrados. La mayoría de sus obligaciones se dirigen a cumplir con la predicación, una hora al día, durante todos los días del año. Sus pupilos deben acudir, además, a todas las procesiones y, al mismo tiempo, se obliga al toque de campanas para que acudan a oír las explicaciones del maestro.

Como contraprestación a su labor recibe una retri­bución de 6 ducados. Cantidad que se puede reducir en un real, cada vez que falte a clase de manera no justificada. Ese real se destinaba a los pobres de la ciudad La cantidad no dejaba de ser modesta, aun­que suponía una mejora, y es que el pago a Pedro Ugarte se reducía a la mitad en 1543 y 1544 según datos recogidos de los libros de actas. Con todo, hay que decir que los 6 ducados se completaban con la aportación que debían de realizar los discípulos o, por mejor decir, sus progenitores.

En 1550 se acuerda dar a Diego de Aguinaga 5 ducados para ayudarle al pago de alquiler de una casa, «visto que es de utilidad y provecho de la ciudad en que haya maestro que enseñen a leer y escribir». Aguinaga se había ido a residir a Vitoria tras la quema de la ciudad y había vuelto 15 años más tarde. Este dato nos permite pensar que ya existía maestro de escuela antes del incendio de Orduña, acaecido el 7 de octubre de 1535.

Esa mejora en las condiciones económicas, siguió en años sucesivos. El 12 de mayo de 1573 la ciudad acuerda fijar las cláu­sulas para nombrar a un preceptor de gramática. Ya nos encontramos con una figura con una mayor instrucción y, en su consecuencia, con una mayor capacidad de transmisión de conocimientos. No cabe duda que la enseñanza, como afirma el his­toriador José Antonio Azpiazu, «era ya para el siglo XVI un valor en alza», en el País Vasco. Lo dicen las autoridades orduñesas con un cierto énfasis. Porque «dicha ciudad e sus vecinos y republica recibiría gran beneficio», con la existencia de un preceptor de gramática.

Para ello se concierta con el letrado Pedro López de Sojo un convenio por un espacio de tres años Cada año se le pagarían 12.000 maravedíes, entre­gados por tercios. A lo que hay que añadir la dación de una casa donde pueda residir y 6 carros de leña al año. Se combina el pago en dinero y el pago en especie, fórmula bastante habitual en aquel tiempo.

Sabre el contenido de sus clases, poco se dice en el acuerdo. Tan solo se habla de que debe enseñar la gramática y ciencia. Conceptos muy genéricos, pero que se separan del anterior maestro de escuela, cuya labor estaba especialmente relacionada con la predicación de la doctrina cristiana.

Maestros y preceptores principales en el siglo XVI: Pedro de Ugarte 1543-1555; Domingo Aguinaga 1556-1560; Martin Ruiz de Osma 1576-1578; Francisco de la Huerta 1578-1589; Hernando de Luyando 1590-1594.

 

El Siglo XVII. Continuidad y llegada de los jesuitas

La documentación municipal de la primera mitad de este siglo, nos vuelven a poner con la presencia de dos figuras encargadas de la educación en la ciudad. El maestro de escuela con competencias más básicas y sueldo más reducido, y el preceptor de gramática. Observamos una cierta continuidad en su ejercicio. Así, por ejemplo, el maestro Lucas de Vitorica, al que vemos por primera vez ejerciendo como maestro en 1.598, lo es hasta 1.617. Por su parte, Juan de Salazar es preceptor de gramática en 1.602 y también en 1.621.

Con todo, Orduña tuvo que defender la presen­cia del preceptor de gramática. Para lo cual debió conseguir una provisión real de Felipe IV el 20 de diciembre de 1.623. En su virtud, se exime a la Ciudad de la prohibición general de poseer estudios de gramática donde no asistiesen los corregidores y, en su consecuencia, se le otorgaba la libertad de tener un preceptor de gramática, al que se pagaría con los bienes propios de la ciudad

Pasan los años y el orduñés Juan de Urdanegui, con su esposa Constanza de Luxan, fundan el cole­gio de los Jesuitas. El dos de mayo de 1680 se pone la primera piedra. Con esa fundación, se producen cambios de importancia. Orduña y la Compañía habían capitulado muy diversas cuestiones para permitir su llegada a la ciudad.

Una, y no la menos importante, se refería a la obligación de la Compañía de Jesús de aportar un maestro de gramática y otro para enseñar a leer y escribir. Corría el año 1687 y aún no habían llegado los maestros prometidos. El ayuntamiento les requiere para que cumplan con su obligación. Contesta el rector Andrés Reguera, extrañado, porque, en su interpretación, esa obligación no era exigible hasta en tanto no estuviese terminada la fábrica de la iglesia y el colegio, añadiendo que «no parece ha sido tan grande descuido pues en estos pocos años y con tantos contratiempos, no es poco haber tomado sitio y fabricado una iglesia tan grande y tan costoso». Finalmente tranquiliza al ayuntamiento, asegurándole que se cumplirán exac­tamente las obligaciones derivadas de la escritura de fundación.

La obligación, efectivamente, se cumplió durante casi un siglo. E incluso se llegó a prohibir la exis­tencia de otras escuelas que no fuesen la de los jesuitas. Así, el ayuntamiento, en acuerdo de 20 de diciembre de 1713, en razón de las cualidades educativas y religiosas de los padres que impartían clases, prohíbe que existan otras escuelas y exige que exista separación entre niños y niñas.

El Siglo XVIII. Aires ilustrados

Durante la mayor parte de este siglo, la escuela de primeras letras estuvo regida por los jesuitas. Pero el reinado de Carlos III no auguraba vientos favora­bles para la Compañía. Acusados por Campomanes de instigar el motín de Esquilache, el 20 de febrero de 1767 dicta el rey Borbón el Edicto de Expulsión. Nada trasciende hasta el 2 de abril, día en que es clausurado el colegio y, en 24 horas, deben abando­nar su lugar de residencia. Conducidos al puerto de Bilbao son embarcados hacia El Ferrol y, desde allí, se les traslada a los Estados Pontificios.

Expulsados los jesuitas, cambia sustancialmente el sistema de enseñanza en la ciudad. Y es que mientras estuvo la Compañía, no hubo más escuela de primeras letras que las que aquella tenía. De ma­nera provisional, Orduña nombra inmediatamente un maestro interino con un sueldo de 120 reales al mes. A continuación, solicita al Consejo la autoriza­ción para que se financie a cargo de los bienes de propis municipales.

El 28 de septiembre de 1768, el fiscal regalista Campomanes se dirige al Regimiento de la Ciudad y expone que en el Consejo extraordinario celebrado el día anterior, se había determinado establecer en Orduña una catedra de gramática y retórica y una escuela de primeras letras. Para la primera se de­bería nombrar un preceptor y un repetidor, con una dotación anual de 300 y 150 ducados respectiva­mente. Para la segunda, un maestro con un salario de 200 ducados. Esos sueldos se deberían financiar con cargo al caudal de la Compañía de Jesús.

Su selección se realizaría por medio de oposición, con un tribunal compuesto por maestros y precep­tores autorizados, y bajo la supervisión del alcalde y otros individuos del ayuntamiento, además de un miembro del cabildo eclesiástica. También se incorporan en las bases de la oposición, una serie de temas como son sintaxis, etimología, ortografía, retorica…, sobre los que son examinados y, en general, se les pide competencia en «todo aquello que se contemple necesario, para la Enseñanza e instrucción de la Juventud». Con estas exigencias, las autoridades son conscientes de que puede haber escasos opositores y, de esta manera, se permiten nombramientos interinos.

Con posterioridad, en 1770, seguimos viendo la sombra del fiscal del Consejo Campomanes. Desde Madrid escribe al ayuntamiento para que paguen a los maestros los salarios devengados y, al mismo tiempo, ordena les den habitación en el colegio que fue de los jesuitas.

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