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Viajeros por Orduña

Viajeros por Orduña

Este artí­culo se propone ofrecer una semblanza de las impresiones y datos que sobre Orduña realizaron algunos viajeros famosos, así­ como recoger la presencia de algunos extranjeros, sin celebridad alguna, pero que tuvieron la fortuna de gozar la hospitalidad de los orduñeses de antaño.

Richard Ford

Encabezamos nuestro trabajo con la figura de Richard Ford, por tratarse del autor de uno de los libros de viajes más sabroso e interesante sobre la pení­nsula Ibérica. Se trata de su famoso “Manual para viajeros por España y lectores en casa” escrito hecho en la lí­nea historicista y sentimental de otros viajeros románticos.

Ford, un londinense culto (se educó en el Trinity College de Oxford) nacido en 1796, viajó por todo el continente europeo llegando a España en 1831, en donde se estableció durante un perí­odo de cuatro años con motivo de la enfermedad de su mujer. Estableció su residencia alternativamente entre Sevilla y la Alhambra interrumpida por largos viajes a través de toda la pení­nsula. Precisamente con ocasión de uno de esos viajes alcanzó el Paí­s Vasco y llegó a pasar por Orduña.

Es preciso advertir que pese a realizar el autor frecuentes referencias a hechos ocurridos al final de la guerra carlista y con posterioridad a la misma, su presencia en tierras vascas no pudo ser posterior a 1835, año en que regresó a Inglaterra, y no se tiene constancia de algún otro viaje hecho con posterioridad por la pení­nsula.
La obra está dividida en un gran número de pequeños capí­tulos o rutas que alternan con descripciones generales de todo un territorio. De Orduña habla en las rutas CXX y CXXI.
La primera mención a Orduña está en razón de adelantar lo que va a ser el recorrido de la ruta siguiente, la CXXI, contrapuesta a la anterior que pasa por Altube y de la que ha dicho en el capí­tulo CXIX que no era apta para las ruedas y que hoy, por caprichos del destino, está atravesada por una importante autopista. Aquí­ se limita a decir que existe otra carretera hasta Bilbao que partiendo de Miranda cruza el valle de Orduña “que parece suizo”. El calificativo de suizo atribuido al valle de Orduña, está justificado por ser éste una amena vega, muy fértil y que entonces como hoy estaba recorrido por praderas destinadas al ganado, rodeado por un anfiteatro de montañas lo suficientemente agreste como para recordar una imagen del macizo helvético.
Pero cuando Ford habla extensamente de Orduña es en el capí­tulo siguiente que está dedicado casi en su totalidad a la ciudad vizcaí­na.

Después de mencionar a Berberana, su castillo y su posada, el autor se fija en el camino que le introduce en la comarca, una obra de ingenierí­a construida unos 60 años antes de la llegada del ilustre viajero. Fue el resultado de la fiebre constructora y comercial desatada en el siglo XVIII que supuso una auténtica edad dorada para Orduña, durante la cual, además del camino a la Meseta, se levantaron el amplio edificio de la aduana, la fuente de la plaza, el actual santuario de La Antigua y varios palacetes, así­ como se reconstruyó la reforma del edificio del Ayuntamiento.
Hoy, como ayer, lo empinado y abrupto de los distintos tramos del camino que supera la fragosa peña, hacen que se aprecie desde los mismos una magní­fica vista del valle y de la caí­da en picado de las peñas, “el panorama tiene nobleza” palabras del autor con las que queda expresado toda la grandeza del paisaje.

Cifra la importancia estratégica de Orduña en su proximidad a Amurrio, lugar de cruce de cuatro caminos: el que conduce a Bilbao siguiendo el curso del Nervión, otro que llega a Valmaseda a través de la villa de Arceniega, un tercero que traslada al viajero a Vitoria tras el paso por Altube y el último, quizás el más importante, que comunica a ílava con la meseta después de atravesar Orduña. De las obras de fortificación realizadas por Espartero en Amurrio, de las que nos informa el autor, hablaré más tarde en relación con otro viajero británico: John Moore.

Tras Amurrio, el autor centra su atención definitivamente en Orduña y lo primero que nos sorprende es que califique a ésta como “una de las últimas ciudades de Castilla la Vieja”, desconociendo por completo que desde el siglo XV ha estado unida de forma permanente a Vizcaya, salvo breves excepciones en la primera mitad del siglo XIX. En esto Ford revela falta de rigor, pero se le puede excusar, ya que su obra no pretende ser un manual de historia y que es fácil que en un trabajo tan extenso se le pasen ciertas equivocaciones; por otra parte, el propio aspecto de la ciudad inducí­a a equivocaciones pues guarda más semejanza con las ciudades castellanas que con las aldeas de Vizcaya.

En lo que sí­ acierta Ford es en situar a Orduña “sobre una bella llanura que corre hasta Bilbao”, pues desde la primera hasta la actual capital vizcaí­na no hay altura importante y el relieve terrestre desciende suavemente hasta el mar.

La población la cifra en 3.400 personas. Carmelo Echegaray más de medio siglo después, en su geografí­a general del Paí­s Vasco-Navarro, atribuirí­a a esta ciudad una población de 3.139 almas para el año 1860. Hay una cierta contradicción de datos pues la primera guerra carlista y sus lacras posteriores no explican por sí­ solo esta reducción demográfica, prolongada hasta 20 años después de acabado el conflicto a lo largo de un perí­odo de recuperación económica como fue la época isabelina. Quizá la explicación a esta importante pérdida demográfica se deba a la mortí­fera expansión de la enfermedad del cólera que azotó a gran parte de Europa a mediados del siglo XIX. En efecto, el cólera mordió durante el año 1855 causó 119 muertos en nuestra ciudad.
La composición social de la población estaba constituida por el sector primario: agricultura y ganaderí­a, aunque Ford sólo menciona el primer tipo de actividad. Las rencillas entre ambos grupos sociales fueron frecuentes por razón de la utilización del suelo.
Pasa a hacer una breve descripción de la ciudad y la impresión es positiva: “buena plaza y hermosa fuente”. Además de apreciar bien claramente la estructura urbaní­stica de la misma cuando dice que las principales calles comunican con las plazas. Entonces todaví­a conservaba sus antiguas murallas y torres y, por supuesto, mantení­a las tí­picas arcadas o astiales en torno a la plaza.

El clima lo consideran húmedo, mucho más que el propio de la meseta de la que descendí­a: frí­o y seco. Lo que no es óbice para que los productos alimenticios de Orduña sean muy apreciados por él: “Frutas excelentes y truchas estupendas”. Hoy sólo las primeras podrí­an estar presentes en las mesas de los comensales orduñeses pues las truchas han desaparecido posiblemente a causa del aumento de la salinidad de sus aguas.

Constata el hecho histórico sostenido por toda la historiografí­a tradicional que la antigua Orduña estaba construida más cerca de su famosa montaña. No dice expresamente en qué lugar exacto pero se deduce implí­citamente que se refiere al santuario de La Antigua pues a él se han referido como antiguo emplazamiento autores como Iturriza y el padre Uriarte además de ser un lugar más próximo a la peña en correspondencia con lo dicho por Ford. Este consultarí­a la obra del primero para exponer esta referencia histórica pues no tendrí­a tiempo de hacer una investigación en los archivos por su cuenta. Al hablar de la peña se remonta a una época aún más antigua y considera a ésta, nada menos que la barrera o frontera montañosa de los refugiados iberos, en la lí­nea de la teorí­a vasco-iberista de Humboldt.
Su instinto romántico de contemplar la naturaleza en su esplendor le hace construir la fantasí­a de una peña cubierta de nieve durante la mayor parte del año.
Su visión de la ciudad es siempre muy positiva, pues la llega a comparar en prosperidad con las regiones inglesas y esto no como resultado de un exagerado optimismo, pues en contraste no ahorra crí­tica alguna a los distritos castellanos, a los que califica de solitarios, desolados y empobrecidos.

Termina su comentario haciendo referencia a la expedición del general carlista Gómez emprendida desde Orduña en junio de 1836.

Primera guerra carlista

Augusto Von Goeben y Félix Lychnowsky. Son los siguientes personajes objeto de nuestro estudio. Ambos prusianos, el primero de origen y nacimiento, el segundo sólo a efectos polí­ticos ya que Lychnowsky es apellido polaco y la Silesia, región de la que procedí­a, estaba bajo dominio prusiano. La razón de mencionarlos conjuntamente es que sólo sabemos de la presencia del primero en Orduña a través del testimonio del segundo, amén de haber sido ambos combatientes en el campo carlista durante la guerra de 1833-1839.

Lychnowsky se refiere al oficial Von Goeben al hilo de sus comentarios sobre el establecimiento del pretendiente Carlos en Amurrio. Dice de él que era oficial del 24 Regimiento de Infanterí­a prusiana que acababa de ser rescatado como prisionero y estaba en Orduña con su batallón. De esto se podí­a deducir que el comentario dedicado a Orduña en sus memorias iba a ser muy extenso, pero no es así­. Las citas son escasas y breves. La primera cita es a propósito de una batalla que tuvo lugar el 6 de marzo de 1836 sin añadir ningún dato especial.

Tras participar en la desafortunada expedición real, Von Goeben atraviesa la peña de Orduña al mando de un convoy de 200 heridos el dí­a 7 de octubre de 1837, pero curiosamente en ningún momento de sus memorias declara haber permanecido en la ciudad, lo que obsta para que nos proporcione el dato bien asombroso de que Orduña es capital de la provincia de Vizcaya, excluyendo a Bilbao expresamente de tal condición sin más motivo aparente que ser la que ostenta la primera el tí­tulo de ciudad, mientras la segunda sólo es villa. La afirmación además la sostiene en dos ocasiones, la primera en relación con la descripción de la toma de la ciudad el 22-5-1839 por Espartero, la segunda en forma de nota a pie de página también con ocasión del mismo hecho. Precisamente durante su primera afirmación considera a los picos de la peña como parte de la cordillera Pirenaica conforme a una denominación tradicional testimoniada en numerosos documentos. Igualmente, califica al puerto de Orduña com famoso, lo que prueba la importancia que este paso tení­a en aquella época.
Es también interesante resaltar cómo las obras de fortificación de la ciudad de las que también nos habla Ford, debieron de ser importantes no sólo por los datos económicos que poseemos del costo de las mismas, sino también por el hecho de que Von Goeben nos hable de Orduña como de la plaza de armas de Espartero. Otra prueba de la importancia militar de la comarca es que, según el autor, lo escarpado del paso de la peña permití­a su defensa a cargo de 100 hombres tan sólo, lo que justamente no hicieron los carlistas que desguarnecieron el mismo y permitieron así­ la conquista de Orduña sin esfuerzo alguno por Espartero.

John Moore

Es como los dos anteriores, testigo de esta primera guerra carlista, pero lo hace desde el bando liberal aunque no participó en los combates, pues no consta que fuera miembro de la legión británica. Es muy frecuente que utilice la primera persona plural para referirse a los combatientes liberales: “Nos llevó”, “permanecimos”, “salimos”, etc.
Del extracto de su obra publicado en “Viajeros ingleses del siglo XIX” hemos encontrado cuatro menciones a Orduña. En la primera habla de los trabajos de fortificación realizados por Espartero una vez ocupada la misma. Inmediatamente después de dar su impresión sobre la villa de Amurrio, señala que en ésta el número de fugitivos fue menor que en la ciudad vizcaí­na, un dato harto elocuente que refleja las convicciones carlistas de los orduñeses. Ya más adelante en su crónica, retoma el tema de las fortificaciones y señala que no sólo la ciudad quedó completamente amurallada sino que, además, se reforzaron varios fuertes entre ellos uno situado en la peña de Orduña. Para estos fines fueron aprovechados los restos de la ermita de San Lázaro. Finalmente, al trazar la ruta del Duque de la Victoria (Espartero) dice que para volver a Vitoria no lo hizo por Orduña y Miranda sino a través de Lezama un paso frondoso y rocoso expuesto a los ataques guerrilleros.

Siglo XVIII. Joseph Baretti

Se trata de un italiano trasplantado a Inglaterra que escribe su obra en el idioma de este paí­s. El tí­tulo del libro del que extraemos una breve alusión a Orduña es “A Journey from London to Genoa through England, Portugal, Spain an France” que se basa en una obra del mismo autor escrita en italiano “Lettere familiari” del año 1762.
Si Ford es un tanto idealizador, Baretti destaca por su espí­ritu utilitario y por lo tanto inconformista ante las dificultades y desventajas de un viaje a lomos de mula sobre “pendientes uniformemente oblicuas”, como literalmente dice refiriéndose al trayecto desde Osma a Berberana. Su viaje se puede dividir en tres fases, la que va de Ameyugo y Espejo hasta Osma en la que el paisaje es agradable; la segunda, es la que va entre Osma y Berberana y la tercera, que transcurre entre esta última localidad hasta la Venta de la Peña, es la que más le debió atormentar pues considera que los peligros y dificultades que caracterizaban el trayecto anterior desaparecí­an al compararlos con los de esta última. Cuando alcanza la cumbre de la peña se encuentra con un albergue denominado Venta de la Peña que se yergue aislado en la misma de la que no aporta datos sobre su emplazamiento exacto, por lo que ésta se convierte en una incógnita ya que no puede confundirse con la Venta de Arbin situada al comienzo del puerto. A la peña la considera el punto que separa Castilla la Vieja de Vizcaya por los que para éste no ofrece ninguna duda, al contrario que Ford, la vizcaí­na de Orduña.

Otros viajeros

Por razones comerciales, de trabajo, de peregrinación y hasta por motivos polí­ticos, la ciudad con una situación estratégica envidiable ha sido lugar de paso de gran número de viajeros, la inmensa mayorí­a de ellos desconocidos para nosotros. Pero de algunos de ellos que llegaron a mantener una cierta estancia en la ciudad, tenemos noticias a través de la documentación municipal.

Son todos ellos personas que visitaron Orduña a finales del siglo XVIII. El registro de sus nombres se debe a lo ordenado en la cédula de 20-7-1791 que mandaba que los justicias hagan matrí­cula de los residentes extranjeros. Los podemos encuadrar en los siguientes grupos:

Los hubo, que vinieron a Orduña a aprender el idioma castellano; es el caso de los británicos Guillermo Lekic, londinense y Santiago Whitingham, de la ciudad de Bristol; y de los franceses Eusebio Michel, Theodoro Mazurie y Marcelino Francini, de Orleans, Brest y Burdeos respectivamente.

Es interesante observar cómo los lugares de procedencia de estas personas, se corresponden con aquellas ciudades con las que el Señorí­o de Vizcaya y especialmente Bilbao, mantiene más estrechas relaciones comerciales. Londres y Bristol son los dos puertos británicos que más hierro y lana importaron procedente de Bilbao durante el siglo XVIII y Burdeos era el principal puerto importador de hierro vizcaí­no.
Tenemos también la constancia de la existencia de dos caldereros franceses, y de una costurera vasca de San Pedro de Ibarren (obispado de Bayona).

Finalizaremos nuestra exposición con la presencia de diversos clérigos franceses desde 1792. La asamblea constituyente francesa dicta diversos decretos anticlericales que obligan a la emigración a un número crecido de religiosos, de los cuales alrededor de 1.000 se refugian en Señorí­o de Vizcaya. Luis Sierra (S.I.) nos dice que en Orduña se refugian diez, de los cuales ocho son sacerdotes, de la diócesis de Saintes, cuyos nombres conocemos.

Por nuestra parte sabemos de la existencia de cinco presbí­teros naturales del Bearn que residen en nuestra ciudad desde octubre de 1792, tres sacerdotes de la provincia de Limousin, un franciscano de Saintes y otro franciscano del Bearn.

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