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La iglesia en la Orduña medieval

La iglesia en la Orduña medieval

2011-06-25_16_Ordunna_inscripcion_en_la_iglesia_de_la_AsuncionLa cuestión relacionada con los aspectos religiosos será la que nos ocupe en el pre­sente capí­tulo; antes de comenzar, sin embargo, es necesario advenir que nuestros comentarios se centrarán en el plano institucional, dada la limitación en cuanto a documentación y tiempo, por lo que el factor espiritual de los orduñeses no será tratado sino de manera muy somera.

Un pequeño esbozo de la geografí­a eclesiástica del territorio orduñés puede resultar orientador al situarnos en el terreno de las instituciones religiosas. Siguiendo a Orella distinguimos dos etapas diferentes: mientras que en la época visigoda nuestra zona aparece ba­jo la influencia de la provincia eclesiástica tarraconense, en la época de repoblación y asen­tamiento asistimos a la aparición de las diócesis de Valpuesta y Armentia-ílava, las cuales se disputarán el territorio que nos ocupa; Valpuesta, aunque se extenderá principalmente por tierras castellanas –alcanzará Valdegoví­a y la tierra de Losa–, incidirá en la zona ala­vesa y en el señorí­o de Orduña de manera notable. Por otra parte, la de Armentia-ílava influirá principalmente en tierras alavesas y vizcaí­nas, hasta que desaparece el obispado de ílava e impera en todo este territorio el de Calahorra. El hecho de que el territorio orduñés entrara bajo su órbita parece demostrado por la donaci6n, por parte de Alfonso VIII a la Catedral de Calahorra, del monasterio de S. Clemente de Harvireta en Orduña (147), el año 1198. (Orduña ya no se desligará del obispado calagurritano sino en 1862, con la erección  de la diócesis de Vitoria).

A la supresión del obispado alavés siguió un distanciamiento entre las regiones anteriormente gobernadas por el obispo de Armentia y su nuevo pastor, el de Calahorra. La re­sistencia a la autoridad episcopal aparece en ílava, pero es más evidente en Bizkaia. Las vi­sitas pastorales de los obispos de Calahorra a las iglesias vizcaí­nas fueron muy raras, y durante siglos quedaron totalmente suprimidas, dada la oposición que encontraban en la región.

Para los vizcaí­nos la autoridad eclesiástica superior es el arcipreste, ya que no reco­nocen la autoridad episcopal sobre ellos. Cuando en 1257 ocupaba la sede calagurritana el obispo Jerónimo Aznar, la entonces villa de Orduña era ya cabeza de un arciprestazgo que, dentro del arcedianato de ílava, comprendí­a las 17 parroquias entonces existentes en Arrastaria, Urcabustaiz y en las aldeas en torno a la villa. Para mencionar a estas últimas se utiliza la fórmula de “Belandia y sus aldeas” de donde se deduce que era ésta la más importante de todas ellas, y por lo tanto lo serí­a también su parroquia.

Uno de los signos más evidentes de la resistencia vizcaí­na frente al poder episcopal será el impago de diezmos. Para el caso orduñés, el pleito suscitado entre las iglesias del valle y la Colegiata de S. Andrés de Armentia nos aporta datos interesantes. El mo­tivo del pleito será la negativa de las iglesias de Délica, Artomaña, Aloria, Tertanga y Arbieto a pagar a la Colegiata la cuarta parte de los diezmos que tradicionalmente habí­an per­tenecido a este centro y sus canónigos. Cuando en 1319-20, tal vez unos años antes, las iglesias del valle se niegan a pagar las cuartas a Armentia, hací­a ya muchos años que las iglesias de Orduña habí­an dejado de aportar las mismas a la colegiata, igual que a la cu­ria de Calahorra. Parece que inicialmente contribuí­a Orduña al obispado de Armentia con parte de los diezmos, pues al menos el último obispo los recibí­a; también es probable que posteriormente los continuase aportando a la colegiata. Pero varios factores se conjugaron para que, al igual que en el resto de Bizkaia, se acentuará la independencia con respecto a Calahorra y Armentia: las cuestiones económico-fiscales y los problemas de jurisdicción, a los que habí­a que añadir razones polí­ticas basadas en el temor de la intromisión del poder episcopal en el tema de los bandos provocará una clara intransigencia en Bizkaia. Otro factor de carácter primordial serán los intereses de los patronos laicos; es cierto que en Orduña no aparecen, pero aquí­ será la propia ciudad, entonces villa, patrona de sus iglesias, quien se embolse las contribuciones, lo cual condicionará las reticencias al pago que tradi­cionalmente realizaba a Calahorra y Armentia. El padre Iturrate recoge una cita de Mansi­Ila que dice:

“Por lo que a Orduña se refiere, tenemos que la influencia del obispo fue nula desde que el citado arciprestazgo se incorporó al Señorí­o de Vizca­ya el año 1284″.

Mientras que Orduña habí­a dejado de contribuir, las iglesias del valle, que eran del mismo arciprestazgo, siguen aportando las cuartas a Armentia hasta que, en el primer cuar­to del s. XIV, tenderán a imitar a las iglesias de la entonces villa. La solución a la que se llegará en el pleito celebrado en Pamplona entre 1321 y 1322 resultó favorable a las igle­sias. De este modo se equiparaban a Orduña, pero el hecho de que años antes pagaran, mientras la villa habí­a dejado de hacerlo, denota un distanciamiento entre estas aldeas –hoy Junta de Arrastaria, provincia de ílava– y el núcleo orduñés.

Hemos apuntado ya la cuestión del patronato, que conserva en la Bizkaia bajomedie­val una gran fuerza, a diferencia de lo que ocurrí­a en ílava, donde prácticamente todas las parroquias se hallaban sujetas a la jurisdicción eclesiástica ordinaria. En las iglesias de régimen patronal, las décimas pertenecen a los patronos, los cuales tomaban a su cargo el coste material de la fábrica del templo, la cobertura de todas las necesidades cultuales y el sus­tento de los clérigos, adscribiendo para cada una de estas partidas cantidades de lo recau­dado en concepto de diezmos. En Orduña el patronato será ejercido por la propia ciudad.

Dado el amplio poder que el patronato otorga a sus titulares –en nuestro caso a la propia ciudad personificada en su concejo–, se produjeron abundantes pleitos. En capí­tulos posteriores veremos cómo los clérigos orduñeses protagonizarán repetidas quejas ante la ciudad por motivo de los beneficios del patronazgo. El memorial presentado por la ciudad en 1764 en punto al patronato de sus parroquias nos aporta una serie de datos sobre esta cuestión. En él se recuerda cómo Alfonso X, al dar el fuero a Orduña en 1256, otor­gaba a las iglesias sus costumbres, pero se

“reservaba el derecho de patronazgo como solí­a ser en tiempo de mi bi­sabuelo el rey don Alfonso (1158-1214)”

quien presuntamente darí­a algunos fueros a los orduñeses. En el pleito por el patro­nato de las iglesias que tuvo lugar en 1801 entre la ciudad y la corona, la primera ex­plica cómo en su historia no se verifica ninguna razón que fundamente el derecho de pa­tronato de los reyes; ese terreno no fue ganado a los moros, quienes nunca lo ocuparon, ni los reyes fundaron nuevas iglesias ni las dotaron; y el derecho de patronato que se reserva D. Alfonso en 1256 puede entenderse como el derecho de protección que la soberaní­a real no puede abdicar y que ejerce sobre todas las personas y cosas de su estado. También los Reyes Católicos confirmaron esos usos y costumbres, y siguiendo con la argumentaci6n a favor del Patronato de la ciudad, en el documento se dice que es posible que la ciudad ten­ga el patronato por reales privilegios, que debieron desaparecer en el incendio de 1535; la posesión de tal patronato, que por el pleito de 1588 consta a favor de la ciudad, acredita la existencia anterior del privilegio.

Lo cierto es que dicho patronato se ejerció por parte del gobierno de la ciudad, el cual se hací­a cargo tanto de los derechos –cobrado a los feligreses– como de las obligaciones –necesidades relativas al culto y a los edificios parroquiales–. La institución básica de la organización eclesiástica era, al igual que en toda la Bizkaia bajomedieval, la parroquia. Los parroquianos, agrupados en torno a cada una de ellas, satisfací­an ante el poder civil las exigencias inicialmente de carácter eclesiástico, y a cambio, el concejo organizaba las pres­taciones de tipo pastoral, educativo, etc. Al frente de cada parroquia, los clérigos benefi­ciados, designados por un poder laico que interfiere en la organización interna de estas ins­tituciones, serí­an los encargados de cumplir con las obligaciones que les son propias, a cambio de la porción destinada por la ciudad para su sustento.

Esta situación conlleva una identificación de intereses entre el grupo polí­tico domi­nante y el sector religioso de la ciudad, lo cual desembocará en una simbiosis que caracterizará los siglos posteriores, no en vano encontraremos miembros de las mismas familias tanto en cargos polí­ticos como en el ámbito clerical.

En lo referente a las parroquias que existí­an en el término orduñés debemos señalar que el núcleo inicial contaba con la parroquia de Santa Marí­a llamada la Vieja –donde actualmente se erige este santuario–, que dejó de ejercer como parroquia al trasladarse la población al lugar en que hoy se encuentra, siendo sustituida en sus funciones por la que comenzó a erigirse entonces en el casco urbano con la misma advocación –y a la que posteriormente se le unirá la de San Juan– y que hoy sigue siendo la iglesia matriz de la ciudad. No debemosolvidar, además, la existencia de las parroquias que atenderán a “Belandia y las aldeas”, así­ como las de las aldeas del valle –hoy Arrastaria– las de Urcabustaiz, todas ellas dependientes del arciprestazgo de Orduña.

Merece también especial atención la existencia de cofradí­as en Orduña; en los tiem­pos medievales florecieron en toda Europa, y su naturaleza variaba según el fin con el que se constituí­an. Desde las agrupaciones con un carácter más militar que religioso, abundaban en el Norte de Europa, o los llamados gremios, hasta una tercera clase, de carácter popular, muy extendida en nuestro territorio en los siglos bajomedievales, que reuní­an a los naturales de un Iugar determinado, siendo éste el único requisito necesario para entrar a for­mar parte de ella. Es el caso de la Cofradí­a de Santa Marí­a de Orduña la Vieja, según algunosindicios la más célebre y numerosa de las que existieron en Orduña a lo largo de su historia. Las ordenanzas de esta cofradí­a datan del 20 de mayo de 1364, aunque la agrupación debe ser anterior, puesto que en las ordenanzas se menciona a “cofrades fina­dos”. Dentro de la tradición a la que nos referí­amos, trata de instituir la unión polí­tica y religiosa de un grupo teniendo como lazo el ser naturales de un mismo lugar; tení­an acceso hombres y mujeres, clérigos y seculares “de cualquier dignidad y estado”, y la filosofí­a que les orientaba era el amor y la ayuda mutua entre los cofrades. Los 29 artí­culos que compo­nen estas ordenanzas detallan la estructura interna de esta agrupaci6n, así­ como los actos que celebraban, etc., que servirá de modelo a la larga serie de cofradí­as que surgirán pos­teriormente.

Pero aún existe otra clase de cofradí­as, que también tuvo su representación en la ciudad; se trata de agrupaciones de caballeros hijosdalgos, limpios de sangre, de gran rigor en la admisión de sus miembros. La Cofradí­a de S. Iñigo jugará un importante papel en la vi­da económica de la ciudad, ya que a la categorí­a de sus cofrades, de gran poder económi­co a nivel particular, se ha de sumar el carácter de gran propietaria de la cofradí­a en sí­ misma. No en vano al tratar de comprender la sociedad orduñesa señalábamos como a los principales propietarios de tierras, junto a los miembros de las grandes familias, a las cofradí­as.

Cualquiera que sea su carácter, ninguna descuida el sentido de la exaltación del gru­po; por ello la celebración litúrgica y gastronómica de la festividad del santo patrón es el momento de sentir esa comunidad de fuerza y solidaridad que los vizcaí­nos en general van necesitando cada vez más a medida que flaquea la familia extensa, el linaje y el bando. Po­demos así­ establecer una correspondencia cronológica entre el declive de éstos y el auge de las cofradí­as.

Dedicaremos por Ultimo un apartado al surgimiento de una serie de centros espirituales que, en siglos posteriores, adquirirán un gran protagonismo en todos los ámbitos de la vida orduñesa. Se trata de los conventos, que al igual que en el conjunto del territorio viz­caí­no comienzan a aparecer en los siglos bajomedievales en las villas.

Frente a la antigua fórmula casi unitaria del monaquismo, por otra parte de escasa aceptación en Bizkaia, la sociedad medieval tenderá a manifestar un sentimiento de perfeccionamiento espiritual que se materializará en instituciones como los beaterios y los conventos. El proceso de fortalecimiento demográfico y económico de las villas del seño­rí­o presenta una paralela expansión de las nuevas í“rdenes regulares por estos núcleos de población. No parece casual que las í“rdenes más importantes se instalaran en las cinco vi­llas de mayor relevancia del señorí­o, como tampoco lo es que en la menor de ellas –la de Orduña– la instalación conventual tuviera lugar con mayor retraso.

Tengamos en cuenta, sin embargo, que en 1296 se constata la primera noticia de una comunidad religiosa de mujeres en Bizkaia, y aparece en Orduña; una comunidad de clari­sas, o al menos un beaterio vinculado a la Regla franciscana, pedí­a a la Santa Sede que les diese la iglesia de Santa Marí­a, abandonada más de medio siglo atrás, y en donde podí­a edi­ficarse un monasterio en el cual se recogiesen las beatas. Bonifacio VIII comisionó al pro­vincial para que estudiase la petición; si la fundación se realizó o no no lo sabemos, aunque no serí­a de extrañar dado el grado de actividad del núcleo. En tal caso se tratarí­a del primer caso vizcaí­no.

Pero al margen de este hipotético caso lo cierto es que, mientras otras villas ya han visto surgir conventos en años anteriores, en Orduña se conocerán los últimos conventos del s. XV. En 1464, religiosos observantes de S. Francisco se instalaron en la ermita de San­ta Marina, situada fuera de las murallas de la ciudad, cedida por el concejo orduñés. Esta tardí­a instalación evitó que en la ciudad tuviera lugar un conflicto de carácter interno muy frecuente en el seno de la Orden en otras villas: allí­ donde llevaban décadas instalados su éxito desembocó en donaciones masivas y el consiguiente enriquecimiento, que alejó a los frailes de su original visión. A los nuevos aires de renovación rigorista que surgieron como respuesta corresponde la instalación de nuevos conventos de la Orden, entre ellos el de San­ta Marina de Orduña. En la centuria siguiente, la filosofí­a de estos frailes, orientada a la co­nexión con los habitantes de la ciudad, les llevó a trasladarse al interior del recinto murado; poco después religiosas franciscanas de Santa Clara ocuparán la desalojada ermita de Santa Marina. Esta comunidad surgirla al ser elevado a la condición de convento el beate­rio que poseí­an en una de las casas de la ciudad, relacionada quizá con aquélla a la que hace referencia la bula de Bonifacio VIII casi 300 años antes.

Aún es pronto para adentrarnos en el proceso de fortalecimiento experimentado por estos nuevos centros en la ciudad. La clave del éxito de los frailes será su mayor formación intelectual respecto al clero secular, con una orientación en sus actividades que les hací­a más atractivos ante los vecinos; su labor misionera y de directores de conciencia hizo desvirtuar a su favor el deseo de los fieles de hacer partí­cipes a los religiosos del enriquecimiento de sus economí­as en este fin de siglo XV. Los orduñeses, que antes de la aparición de los regulares disponí­an sus enterramientos en las iglesias parroquiales, comenzarán ahora u acudir con sus respectivas ofrendas a los conventos. Pero las consecuencias de esta desviación se reflejarán de manera clara en las centurias posteriores. Mientras tanto es necesario señalar que el sistema de transmisión de bienes, más liberal en las villas que en la Tierra Llana como corresponde a una sociedad que reclama la libre disposición de las propiedades individuales, propició una filosofí­a de donaciones que contribuyó en gran ma­ntra al enriquecimiento de estas comunidades. Al mismo ritmo, las rentas de los benefi­ciados seculares disminuí­an, lo cual dio origen a conflictos entre ambas instituciones.

Pero, como decí­amos, todo este proceso desembocará en consecuencias que se obser­varan mejor en los siglos venideros. Mientras tanto, con las Ordenes regulares aún por llegar a la ciudad de Orduña ya establecí­a sus primeros contactos con los conventos de su entorno; contactos de í­ndole principalmente económica, y realizados por mediación del señor de Ayala, fundador del convento de dominicas de S. Juan de Quejana.

El rey Enrique III concedí­a al convento des. Juan ciertas cantidades de maravedí­es de juros situados sobre las alcabalas de la ciudad de Orduña, decisión que nos parece ligada al hecho de que su fundador fuese el señor de Ayala. D. Pedro Lopez de Ayala cedió -y el rey Enrique IV lo confirmarí­a en 1455– a dicho convento 3.000 mrs. de ren­ta anual y perpetua situados sobre la renta del portazgo de la ciudad. Además, conocemos desde 1484 el pago que los señores del concejo de Orduña realizaban anualmente –en la festividad de S. Miguel– a las monjas de Quejana, y que ascendí­a a 29 fanegas y 2 celemi­nes de trigo, por la renta de diferentes bienes propios de dicho convento que se hallaban si­tuados en los términos y jurisdicción de esta ciudad: 2 ruedas, 5 piezas de pan y 2 huertas. Estos pagos, que tienen su origen en la etapa de intromisi6n de los señores de Aya­la en la vida de los orduñeses, serán una herencia difí­cil de esquivar. Los libros de cuentas de la ciudad seguirán registrando, siglos más tarde, estas cesiones anuales al convento de S. Juan de Quejana.

Ana Marí­a Canales

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