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La higiene pública en Orduña en el siglo XIX y épocas anteriores

La higiene pública en Orduña en el siglo XIX y épocas anteriores

PlazaEn años anteriores al siglo XIX, las únicas medidas existentes de tipo sanitario eran las recogidas en el Bando de Buen Gobierno, promulgado anualmente con motivo del relevo de cargos municipales, y dichas normas no iban mucho más allá de preservar las aguas públicas de contaminación: se prohibí­a lavar pañuelos, ropa, carne, verduras, calderas y otros objetos en el pilón de la fuente pública, la fuente de los ocho caños.
Esto era, en sí­, primordial, ya que por entonces el abastecimiento de agua potable se realizaba a través de dicha fuente, cuyas aguas procedí­an del término de San Juan del Monte, más conocido por Casas Blancas. Su construcción, acaecida como ya anteriormente se ha referido en 1745, se realizó con materiales tales como piedra, arena, cal y mamposterí­a, suponiendo el importe total de las obras 63.625 reales de vellón.
Junta de Sanidad
Un paso adelante constituyó la creación de una Junta de Sanidad en el término de Orduña (28). Su constitución vino determinada por la situación geográfica de Orduña dentro del Señorí­o de Vizcaya, que, dado el régimen administrativo de que gozaba, le convertí­a en frontera del mismo, creándose a imitación de la Junta de Sanidad de Madrid, nacida por Real Orden de 30 de septiembre de 1800 para impedir el contagio de la epidemia padecida por Cádiz, Sevilla y otros pueblos andaluces. Su finalidad era impedir la entrada de personas contagiadas en Orduña y, por tanto, a Vizcaya.
Sus primeras decisiones están encaminadas a la adecuación de diversos edificios para lazaretos y cuarentenas y al establecimiento de un cordón sanitario.
El referido cordón se organizaba al estilo de las guardias militares y estaba obligado a participar en el mismo todo individuo comprendido entre los dieciséis y los sesenta años. Existí­an tres puestos, en lugares muy cercanos al núcleo, pero algo distante del mismo: al Mediodí­a, en la ermita del Buen Suceso; por Oriente, en la casa de Santiago Lataburu; en Poniente, junto a la caserí­a de Lámbarri. El servicio tení­a una duración de veinticuatro horas y estaba compuesto de dos cabos y cuatro soldados. Su función era cortar el paso a todo viandante, pedirle la documentación y efectuar un reconocimiento del estado sanitario del mismo.
Pasada la epidemia que motivó su creación, la Junta dejó de reunirse. Esto acaeció el 25 de junio de 1801. Con la aparición de nuevas epidemias, la Junta volvió a reunirse: así­, en 1810, 1819, 1821, 1832, 1833, 1834, 1859 y 1871.
A partir de 1832, las medidas no se reducen únicamente a la creación de cordones sanitarios y lazaretos, sino que abarca aspectos tales como la limpieza de las calles, de las casas y portales, al igual que el blanqueo de las mismas, prohibición de arrojar despojos orgánicos e inorgánicos a la ví­a pública y a los rí­os, estado sanitario de los alimentos, limpieza semanal de las cuadras y prohibición del hacinamiento en las casas.
Ya desde dicho año comienzan a dictarse una serie de normas o mejoras en torno al saneamiento. Entonces éste consistí­a en unos caños alba¬ñales descubiertos, que discurrí­an a espaldas de las casas. Los caños desem¬bocaban bien en pozos negros o bien en los arroyos que pasan cerca del casco y desembocan en el Nervión (arroyos de San Miguel y Quintana). Las medidas tomadas en este sentido afectan tanto a la limpieza de los mismos como a la creación de nuevos caños: así­, se decide la creación de un caño maestro en la calle Zagueras de Cantarranas, donde se vertí­a y estaba reunida una gran inmundicia.
Eficacia de sus decisiones
Todos estos acuerdos tomados por la Junta parece que resultaron eficaces, sobre todo con motivo de llegar la epidemia en 1833 a Burgos, Miranda, Vitoria, Bilbao, Valmaseda e incluso Urcabustaiz, y no afectar a Orduña. íšnicamente en Délica se detectó un caso que, posteriormente, resultó falso.
Sin embargo, no ocurrió lo mismo en 1855. Los factores que provocaron la llegada del cólera morbo a Orduña en dicha fecha nos son desco¬nocidos: la Junta de Sanidad no efectuó ninguna reunión en tal año, de lo que parece deducirse que la llegada de la peste la cogió desprevenida. En cuanto a la explicación del hecho de no haber ninguna reunión, ésta puede consistir en que habiendo sido creada para impedir el contagio, efectuado éste, no tení­a ninguna función que desempeñar.
Cumplimiento de las normas
Los acuerdos anteriormente expuestos e inspirados en disposiciones generales emanadas de los gobernantes de aquel entonces, únicamente debí­an ser acatados y castigados ante la inminencia de una epidemia. Ello parece deducirse del estado sanitario de Orduña en 1871, calificado por el Gobernador Civil de Vizcaya en este año, de desastroso, y pintándonos el siguiente cuadro: las cloacas obstruidas y las aguas sucias detenidas, las habitaciones con falta de aseo, ventilación y con urgente necesidad de blanqueo, al igual que la escuela, el hospital, el matadero, la carnicerí­a y demás edificios públicos.
En este año, junto a la limpieza de los caños de evacuación de los residuos, realizado, según costumbre, a costa de los vecinos, en proporción a la extensión del trayecto que correspondí­a a sus casas y al trabajo de limpieza en el mismo, y otras normas ya mencionadas, se tomaron una serie de decisiones que, unidas a las citadas, nos sirven para hacernos una idea de la situación sanitaria de aquella época: se ordenó bajar los asientos comunes o retretes hasta el caño en aquellas casas que lo tienen a la vista del público, y colocarlos en las que carecieran de ellos.
Por otro lado, un hecho que pone de manifiesto hasta qué punto las disposiciones reales de tipo sanitario eran llevadas a cabo es el del cemen-terio: por las consecuencias que para la salud se derivaban, se estableció por una circular del Consejo Real, de abril de 1804, la construcción de cementerios rurales en vez de enterrar a los muertos en los templos, en sus bóvedas o inmediaciones.
Siete años más tarde de la promulgación de la citada orden, se dejó de enterrar en Orduña en las bóvedas de la parroquia de Santa Marí­a, inaugurándose no un cementerio rural como la Orden Real mandaba sino un cementerio contiguo a la parroquia y dentro del casco urbano. Este cementerio era usado aún en 1856; la situación de Orduña no era una excepción, pues todaví­a en 1857, 2.655 pueblos españoles carecí­an de cementerios rurales.
El primer cementerio rural que tuvo Orduña es el conocido por Cemen¬terio viejo, en el término de las Calzadas y en la confluencia de los caminos de Aloria y las Rinzas. En el estado actual de las investigaciones en torno a Orduña es imposible determinar la fecha exacta de su inauguración. Se utilizó entre 1856 y 1891, año en que se inaugura el actual cementerio de la carretera de Artómaña, a pocos metros del puente de Santa Clara. El primero, debido a su pequeñez, debió estar pocos años en servicio.
Si bien la situación sanitaria de Orduña era bastante lamentable y las normas sanitarias se aplicaban o con retraso o en casos excepcionales (amenaza de epidemia), es necesario tener en cuenta que no le afectó la pandemia de cólera morbo de 1885: en los libros parroquiales de defunción únicamente, en 1885, consta un caso de muerte por cólera y éste era un tran¬seúnte, en concreto un preso, que era trasladado del penal de Palma a Bilbao. Por el contrario, dicha epidemia sí­ llegó a afectar a una de las aldeas de su jurisdicción, Belandia, donde provocó una decena de defunciones. La razón de esta diferencia probablemente fue debida a que la situación sanitaria y la calidad de vida serí­an inferiores en las aldeas que en el núcleo urbano, cabeza de municipio.
De todas formas, la situación sanitaria de Orduña a finales del siglo XIX y principios del xx, dejaba mucho que desear: la caí­da de basuras, cascajones, escombros y otros objetos a los caños albañales impedí­an el libre curso de los desechos, provocando interrupciones e inundaciones de las cuadras, sitas en los pisos bajos de los edificios; tampoco faltaban vecinos que aprovechaban los residuos, contenidos en los caños albañales, para el abono de las tierras, con los peligros que de ello se derivaba.

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