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Andrés de Poza, lingüista del Renacimiento (V)

Andrés de Poza, lingüista del Renacimiento (V)

7. Poza y Humboldt

7.0. He insistido tanto en las fuentes de Poza y en su formación “filológica”, en relación con la ciencia de su tiempo, no para disculpar global­mente sus desaciertos y deficiencias, sino para distinguir lo que, en tales de­saciertos y deficiencias, es carencia personal de nuestro autor de lo que puedo ser falla justificable históricamente, por corresponder a deficiencias generales de la ciencia de su época. Así­, las incoherencias que he venido señalando, ciertas lagunas en la información ya entonces accesible, la aceptación acrí­tica de po­siciones e ideas contradictorias, el desentenderse de la eventual bibliografí­a per­tinente sobre tal o cual tema, son fallas personales de Poza; en cambio, las graves carencias metodológicas (en particular, en la etimologí­a) pueden im­putársele sólo en parte, porque, en lo esencial, representan insuficiencias tí­picas del método del que en su tiempo podí­a disponer. Una comparación con Hum­boldt (con el Humboldt vascólogo, por supuesto) nos aclarará en qué consisten exactamente sus carencias, Entiendo referirme a la Prí¼fung der Untersuchiin­gergiiber die Urbewohner Hispaniens verriitielst der baskischen Sprache, Berlí­n 1821, obra en la que el gran lingí¼ista alemán trata el mismo terna que Poza, en el mismo sentido y con argumentos análogos 00. Por la comparación con esta obra, las fallas metodológicas de Poza resultarán aún más evidentes, pero quizá, en gran parte también más excusables.

7.1. Humboldt, lamentablemente, no conoce a Poza. Al hablar, en su prefacio, de los pueblos hispánicos anteriores a las colonizaciones históri­camente conocidas, afirma que, en general, no se ha atendido al ‘estudio de sus huellas en el idioma y, sobre todo, en los nombres de lugar’ (pág. VI). Y en el primer capí­tulo añade que ‘sólo hace unos veinte años se ha puesto seriamente en uso “este poderoso medio de investigación” que es la lengua vasca, para determinar qué pueblos han habitado España en su origen; ello, con Astarloa [1803J y con Erro y Azpiroz [1806], que han continuado, a este respecto, la labor de Larramendi y de Hervás (pág. 9).

Ahora bien: en realidad, corno se ha visto, la idea misma de utilizar los nombres de lugar para identificar los pueblos antiguos de una región es, incluso, anterior a Poza (cf. 4.4.1); y Poza ha sido el primero en aplicarla con cierto método y de manera (al menos en sus intenciones) sistemática al pueblo vasco en relación con España: en transformar, corno hemos dicho, una “creen­cia” en tesis histórica). Y, a este respecto, los propósitos de Humboldt son exactamente los de Poza: “Los autores antiguos nos han dejado un gran nú­mero de nombres españoles [= hispánicos] de lugares. Pretendo relacionar esos nombres con la lengua vasca” (pág. 11). Así­, también, el modo corno plan­tea la “cuestión etimológica”, la búsqueda de las etimologí­as: “Ante todo es menester investigar sin prevención si hay antiguos nombres de lugar ibéricos que, en cuanto al sonido y la significación, estén de acuerdo con las palabras vascas usadas hoy” (pág_ 24-25)”. E incluso la conclusión de Humboldt, en lo que concierne a la lengua más antigua de la Pení­nsula, aunque alcanzada sobre una base filológico-histórica y material mucho más amplia y más sólida, y con un método mucho más refinado, no es otra que la de Poza: “Creo haber alcanzado mi objetivo y demostrado que el vasco era la lengua de los habitantes primitivos de España” (pág. 97)

Esta obra se citará aquí­ por la traducción española de R. Ortega y Frí­as: Los primitivos habitantes- de España. Investigaciones con el auxilio de la lengua vasca, Madrid 1879.

Y después de Poza, la investigación histórico-lingí¼í­stica fundada en los nombres de lu­gar se vuelve una constante entre los vascólogos y vascófilos la cultivan Baltasar de Echave 0607), Larramendi 0722), Juan de Perocheguy (1771). Ello, independientemente de los erro­res y desatinos teóricos y/o metodológicos de estos autores (que, por otra parte, no son mayores que algunos de los de Astarina y de Erro, Tachados de tales también por Humboldt, págs. 20-21, 22-24).

Obsérvese que también Poza, en las etimologí­as de los topónimos, utiliza las palabras vascas como tales y no /as desmenuza en elementos pretendidamente primitivos, corno otros autores después de él; los ”cortes mecánicos’ los opera en los topónimos que analiza, no en las palabras vascas. Es decir que sus errores conciernen a la técnica de la etimologí­a, no al planteamiento teórico.

7.2. 0 sea: la misma tesis básica (prioridad de la lengua vasca entre las lenguas de la Pení­nsula Ibérica), el mismo instrumento o método para de­mostrarla (interpretación etimológica de los topónimos antiguos por medio del vasco) y las mismas conclusiones (confirmación de la tesis). Entonces ¿en qué consiste la indudable (y, más que indudable, absoluta) superioridad de Hum­boldt frente a Poza, si se prescinde de las grandes diferencias concernientes a sus fundamentos filológico-históricos y a la cantidad de materiales examinados por los dos autores?. Consiste en la comprensión exacta del método, com­prensión que le falta a Poza, y en el modo de aplicarlo, que en Poza es, las más de 115 veces, arbitrario.

7.2.1. En primer lugar, Humboldt sigue estrictamente el principia de la verosimilitud, principio básico de la toponimia (y de toda la onomástica), previo y subyacente a los criterios de la “evidencia semántica” y de la “moti­vación”, y que se refiere a <qué puede significar en términos comunes un nom­bre propio’. Así­, observa que un topónimo puede designar, por ejemplo, una población, un rí­o, una fuente, una roca, etc., por lo cual es probable que mu­chos topónimos contengan, como elementos básicos y ulteriormente deter­minados, precisamente los nombres comunes correspondientes a tales desig­naciones. Por ello, comienza por reconocer en los topónimos antiguos apelativos vascos como irla            uiria, “villa, lugar, comarca”; ura, “agua”; ittsm’a ‘fuente”, acha, aitza (y, en composición, asta), “roca”, lo que le permite establecer una red bastante extensa de puntos (págs. 32-47). Y sólo después (págs. 47 y sigs.) pasa a otros nombres, “que encierran solamente algunos ele­mentos de la lengua vasca” (pág. 32), pero sin dejar de tener presente el prin­cipio de la verosimilitud onomástica.

Poza, en cambio, aunque no desconoce los criterios de la evidencia semántica y de la motivación (cf, 4.4.4.), ignora el principio previo de la ve­rosimilitud y lo sigue, intuitivamente, sólo en algún caso evidente, como el de iras, urja (“que en vasco significa población o villa”, f. 20r; cf. también 16v, 19v), elemento que identifica acertadamente en Irla (f. 19v), Gracuris., Cala-gurí­s, Bettgria y, probablemente sin razón, en BeturtsBittgris(f. 20r). Y, por lo demás, ofrece interpretaciones etimológicas muy dudosas o ya a primera vista inverosí­miles corno “desenvuelto, determinado a la ocasión que se ofrece” (No­raco), “tomad vos” (Sicoris), “centella o llama caliente” (Gargoris), “tierra o po­blaciones olvidadas” (Asturias), “gente sin bazo” (Arévacos), tú hacia abajo, tú abochornado, tú caliente” (Ibero), “acometimiento de muchos a uno solo” (Sueronis)”ž “acometimiento de cuatro a uno” (Lacuron), “cuervo bueno” (Be­Ión), “sitio que no está ni dentro ni fuera” (Ostater), “padre bueno” (Aitona), “veis allá los dos (Vi-ána), etc, (fs_ 15v-19v), Ahora bien, es cierto que gar significa “llama” y gori “ardiente”; que bele, aita, on, astu (aztu) significan “cuervo”, “padre”, “bueno”, “olvidar”; pero es muy poco probable que una persona se llame “centella o llama caliente”, o “tomad vos”, y muy difí­cil que un lugar se llame “cuervo bueno”, “padre bueno” o “tierra o poblaciones ol­vidadas”; y más aún que Ostater sea “sitio que no está dentro ni fuera”, si, como el propio Poza nos dice, atera significa simplemente “puerta”. Y es de todo punto inverosí­mil que un lugar (o un rí­o, etc.) se llame “acometimiento de cuatro a uno”, “veis allí­ los dos”, “tú hací­a abajo, tú abochornado”, etc. ‘”) Poza habí­a debido preguntarse: ¿Hay lugares que se llamen así­ y cuyos nom­bres se interpreten de este modo en la Vasconia actual? Y, si no, ¿por qué de­berí­a haberlos fuera de la Vasconia?

7.2.2. Por otra parte, Humboldt, aplicando de manera sensata el cri­terio de la evidencia semántica (y formal), se atiene ante todo a las palabras vascas y a 1.05 elementos de aspecto vasco reconocibles como tales en los topónimos antiguos, ‘por su sonido y por su significación., y no trata a toda costa de descubrir elementos vascos en cualquier topónimo de origen desco­nocido: no analiza arbitrariamente los topónimos para reducirlos a formas vas­cas o semejantes a las vascas. Poza, en cambio, partiendo de la idea precon­cebida de que todo debe o puede ser vasco (exigencia, en rigor, no indispensable para la demostración de su tesis), procede más bien al revés: de acuerdo con la etimologí­a de su tiempo, opera cortes mecánicos en los nombres que estudia, precisamente para identificar en ellos, a menudo sólo sobre la base de vagas semejanzas fónicas, formas vascas; y, ello, aun cuando las expresiones resultantes carezcan de sentido. En otras palabras: Humboldt parte de la evi­dencia semántica y/o formal para emprender sus análisis, mientras que Poza bus c a tal evidencia y la “descubre” mediante el análisis, De aquí­ interpreta­ciones etimológicas como Sicoris<zuctzulej ori, “tomad vos”, y las demás citadas más arriba,

De acuerdo con el mismo criterio, Humboldt, además de excluir de la interpretación por el vasco, en general y por anticipado, los nombres latinos, griegos, fenicios, púnicos, excluye también expresamente los nombres célticos en -briga, -dunum, etc. y, con sólidos argumentos, toda una serie de otras for­mas segura o probablemente célticas (pág. 99 y sigs.), así­ como ]as formas que presentan fonemas o nexos no vascos: incompatibles con la estructura del vasco (págs. 28-31, 104-107). Y, por consiguiente, como lingí¼ista experto, es mucho más prudente que Poza: en varios de los casos examinados también por Poza, no da ninguna etimologí­a o se conforma con algún paralelismo o alguna con­jetura. Así­ en Ios casos de: Non= (en Poza: Noraco)”ž Sicosis (sólo como nombre del rí­o, por supuesto), Luso (para Poza “hombre largo de estatura”), Gargaris, Tartesios (según Poza: tartesi, “hombre firme, tieso, derecho”), Arévacos (la “gente sí­n bazo” de Poza), Uxarna(según Poza: “madre vací­a”). Poza, en cam­bio, como lingí¼ista diletante del siglo XVI, además de proporcionar etimolo­gí­as vascas para todos esos nombres (1. cit.), no excluye ni los nombres célticos, a los que no reconoce corno tales, ni las formas de aspecto no vasco. Así­, in­terpreta por el vasco también el céltico Segovia (que serí­a: “casa de hondura, sepultura, huesa, bajada”) y, como se ha visto, una forma como SlIcrosas (ex­cluida por Humboldt porque presenta el nexo kr)” y, aplicando fuera de lugar el criterio de la evidencia semántica, llega a dar una etimologí­a vasca incluso para un nombre griego como Héspero, que no serí­a otra cosa que es fez./ -bero, “no caliente”, “no calor” (f. 15r-v; de este nombre, que “parece ser puramente vascongado, y no latino ni griego”, habrí­an derivado los griegos su palabra hésperos, y los romanos, la palabra vesper), a declarar de origen vasco todos los nombres que terminan en -077a (“como son Barcelona, Bardnona, Pamplorut, Chipiona, Tarragona, Aiabona, Alones, Alón, Belona, Cardona, Laconio, … y otros muchos que por evitar prolijidad no se refieren”: fs. 19v-20r) y a inter­pretar por el vasco también el nombre España. Pero de Tarragona, en parti­cular, da tres etimologí­as diferentes. En el cap. IV, empieza por señalar que este nombre “significa, en lengua caldea, provincia abundante de bueyes”; pero en seguida “colige” que se trata de un nombre “compuesto de la lengua hebrea y de la vascongada, porque en bascuence el vocablo ona significa bondad, excelencia”, por lo cual “Fagora (sic] significa, en estas dichas dos lenguas, tie­rra buena y excelente de bueyes” (f. ler). Y en II, 32v, olvidándose de todo esto, propone una etimologí­a armenia: “Tarracona, ciudad antiquí­sima; fun­dación de armenios, significa, en esa su lengua, ayuntamiento de pastores”. En cuanto a España, comienza por afirmar que “Hispania, en griego, significa tie­rra rara en poblaciones” (f. 22r): pero ya en la página siguiente parte de la forma moderna y afirma que “el vocablo de España, Eshana [sic], en vascuence, sig­nifica tierra de buena labia y lengua”, lo cual quedarí­a confirmado por el hecho de que “los españoles siempre han sido y son, en los conceptos de su habla, más sustanciales que otra nación alguna” (f. 22v).

 

7.2.3. En los casos en que los dos autores dan etimologí­as para los mismos nombres (o para nombres semejantes), Humboldt –si prescindimos- de los compuestos con irí­a, -aria– no coincide nunca con Poza. Así­, en parti­cular:

Asteria(s). Según Poza: astu-una, “tierra olvidada o poblaciones olvidadas”; se­gún Humboldt: alta (variante de acha, aitza, “roca”) + era, “agua” (de modo que el do Altura =”agua de roca”).

Orbego, ant. Urbico. Según Poza: “estere, estate allí­ propio” (I); según Hum­boldt (Urbiaca, Urbieua): ‘lugar de las dos aguas”.

Ostater. Según Poza: “sitio que no está ni dentro ni fuer-a”; según Humboldt (Ostur): quizá relacionado con ostoa“º “hoja, follaje”.

Balsa. Según Poza: “cosa negra”; según Humboldt: “unión de villas” (relacio­nada con el verbo baisata, “reunir”).

Egosa, Egot2a. Según Poza: egun orza, ‘dí­a frí­o”; según Humboldt. ego-itza, “lugar de asilo” (relacionado con egon, “quedar, detenerse”).

Anido, Ariteio. Según Poza: “lugar cerrado”; según Humboldt (Apitiurn): < aria, “carnero”.

 Según Poza: “mano” [=”ezku, “mano’]; según Humboldt: <esitx., “ce­rrar un lugar abierto” (y sust. esiA, “vallado, fortificación”).

Osca. Según Poza: “muesca, golpe”; según Humboldt: variante de askes, Es­es, nombre antiguo de los vascos (o afí­n a este nombre).

Las etimologí­as de Humboldt son las de un lingí¼ista experto, de vas­tos conocimientos, dotado de fina sensibilidad lingí¼í­stica y dueño de un mé­todo de análisis bien fundado; son ya etimologí­as “cientí­ficas”. Lo cual no sig­nifica que sean todas y necesariamente ciertas: significa sólo que son todas etimologí­as plausibles, dignas de ser tenidas en cuenta y discutidas, y con buenas posibilidades de ser ciertas. En cambio, las etimologí­as de Poza son las de un lingí¼ista inexperto e ingenuo: etimologí­as “intuitivas”, logradas sin método y, por ello, en su conjunto, no plausible s, aunque, por mera casua­lidad, alguna que otra de ellas podrí­a ser cierta 1%).

7.2.4. Resumiendo: Humboldt formula una tesis plausible, propone para su demostración un método de análisis plausible y, aplicando este método de manera teórica y técnicamente fundada, ofrece también pruebas plausibles. Poza, en cambio, formula la misma tesis plausible, propone para su demostra­ción el mismo método, en principio, plausible, pero, aplicando este método de manera teórica y técnicamente inadecuada, ofrece sólo pruebas no plausibles: inverosí­miles y, por tanto, inaceptables.

7.3. Por ello, las “conclusiones” de los dos autores son sólo for­malmente idénticas, pero no lo son en cuanto a su contenido real. La demos­tración de Humboldt es, dentro de sus lí­mites, una demostración, al menos parcial, de la tesis que se propone demostrar, mientras que la de Poza –in­dependientemente de lo exiguo de su base material–, no siendo plausible, no confirma de ningún modo su tesis; más aún; sus “pruebas” inverosí­miles pue­den incluso comprometer, y han comprometido, una tesis de por sí­ verosí­mil. Pero tampoco Humboldt demuestra su tesis en el sentido en que d mismo desearí­a considerarla demostrada, aunque sus pruebas etimológicas sean, en su mayorí­a, fidedignas.

En efecto, Humboldt no se conforma con lo que los nombres de tipo vasco, esparcidos, aunque no con la misma densidad, en gran parre de la Pení­nsula, atestiguan efectivamente acerca de la extensión y antigí¼edad del vasco (o de una lengua afí­n al vasco), sino que cree haber demostrado (pero en rea­lidad infiere), no sólo la prioridad del vasco entre las lenguas peninsulares y su generalidad en Hispania, en una época antigua, no ulteriormente precisada, sino también la identidad entre vasco e “ibérico” y entre vascos e “iberos” de cualquier época, con todo lo que una identidad así­ entendida implica. Humboldt sabe que “las pruebas etimológicas son siempre inciertas” y piensa que, para confirmarlas, habrí­a que acudir también al testimonio de los escri­tores antiguos (pág, 138). Pero, como en esos escritores el nombre iberos no es un nombre étnico, sino “geográfico”, y, por tanto, no designa una etnia de­terminada por su lengua, adopta él mismo este nombre como designación ét­nica genérica para todas las poblaciones hispánicas antiguas (con excepción de los colonizadores griegos, fenicios y púnicos) y vuelve a afirmar repetidas veces lo que considera haber demostrado por la distribución de los topónimos de tipo vasco (sin advertir que, con ello, deja sin explicación posible los demás topónimos antiguos, procedentes de otras lenguas, desconocidas). Así­: que todos los “iberos”, todas las poblaciones “ibéricas” (incluidos los turdules y turdetanos de la Bética) hablaban vasco o una lengua “análoga” al vasco y si­guieron hablando esta misma lengua, aunque dividida en dialectos, hasta la épo­ca romana y hasta su casi total romanización; que los ibero-vascos, establecidos en la Pení­nsula desde tiempos inmemoriales la habitaron durante mucho tiem­po í­ntegramente (no excluidas las regiones en que los nombres ele tipo vasco son raros o faltan por completo), y la habitaron solos, sin mezcla con otros pueblos; que, más tarde, llegaron a compartir su dominio sólo con los celtas y los celtí­beros (también iberos, pero mezclados con los celtas o celti­zados), etc. ilaciones, todas éstas, no directamente deducibles de sus eti­mologí­as Y es sabido que el “vasco-iberismo”, que, durante más de un siglo, ha constituido en esta forma (aunque con algunas correcciones en cuanto a la época y la extensión de la unidad vasco-ibérica) el “paradigma” de las corres­pondientes investigaciones de prehistoria y protohistoria lingí¼í­stica, ha sufrido en el siglo XX serias restricciones y ha recibido recios golpes (el más duro, con el desciframiento de la escritura ibérica), precisamente, y ante todo, en lo con­cerniente a la identidad vasco-ibérica y a la “vasquidad” (o “vasco-ibericidad”) de los pueblos antiguos de la Bética.

7.3.1. Con todo, esto no significa que la tesis de Humboldt haya sido de­finitivamente eliminada, como han creí­do algunos. Sólo que, para seguir sosteniéndola razonablemente, hay que referirla a una época más remota que la entendida por Humboldt, época anterior a la tripartición lingí¼í­stica de la Pe­ní­nsula que se ha venido delineando con claridad cada vez mayor en los últimos cincuenta o sesenta años (aproximadamente Este, Sur y Centro-Norte-No­roeste) y, desde luego, hay que renunciar a la identidad vasco-ibérica: al “vasco-iberismo” hay que quitarle el “iberismo”. En otras palabras: hay que volver –aunque, por supuesto, a otro nivel cientí­fico y con muy otros méto­dos– a la tesis del “vasquismo originario” dogmática y tan ingenuamente sos­tenida por Poza (y precisamente en el sentido en que él entendí­a sostenerla: cf. 4.4.1. y ns. 58 y 79). De todos modos, queda establecido y es, hoy, indudable que, en cierta época prehistórica, el vasco (es decir, el “protovasco”: la lengua continuada por el vasco), o una lengua genealógicamente afí­n al vasco, fue en la Pení­nsula, si no necesariamente “lengua general” como lengua única, al me­nos “general” como lengua principal y más difundida. Y que el vasco representa en la Europa Occidental los restos de un “continente lingí¼í­stico me­diterráneo”.sumergido por inmigraciones de otras regiones, hace ya tiempo que ha dejado de ser una simple suposición carente de fundamento.

7.3.2. En cuanto a la estratificación de las lenguas en la Pení­nsula Ibérica todaví­a en la época prerromana, es mérito particular de Humboldt el haber delimitado, también sobre la  base de los nombres de lugar, un estrato históricamente secundario, céltico (y “celtibérico”), desde el Ebro hasta el Betis y hasta el Océano; estrato que, por las investigaciones más recientes, se ha ido diferenciando y, como es sabido, se ha hecho cada vez más complejo. Poza, en cambio, sólo conoce una sucesión genérica hebreo-vasco-griego-fenicio-afri­cano-latí­n (cf. n. 38) e ignora el estrato céltico y/o celtibérico (aunque men­ciona varias veces a los ceItiberos y Celtiberí­a; cf. f. 22r; II, fs. lir-y, 31r). Hecho, éste, quizá excusable en otros casos pero no en el de un filólogo que conoce y cita en su obra a Estrabón y a L. A. Floro (autores que se refieren repetidas veces a los “celtí­beros” y a sus “villas”: villas a las que el propio Poza parece referirse en II, 11v), ni en el de un “europeo” conocedor de humanistas franceses, ya que, en su época, los historiadores de Francia habí­an ya encon­trado en su lengua palabras célticas y habí­an ya identificado en la Galia to­pónimos de origen céltico.

7.4. La comparación con Humboldt nos ha permitido identificar más exactamente las deficiencias de Poza en sus intentos etimológicos. De estas deficiencias –e independientemente de la etimologí­a como tal–, la información insuficiente, la exigí¼idad de su base material, el ignorar el celtibérico, el hecho de que tantas veces no nombre las palabras vascas a las que se refiere, son, sin duda, fallas personales de Poza. En cambio, en el campo de la etimologí­a como tal, son propiamente fallas personales de Poza sólo las incoherencias en la apli­cación del criterio de la evidencia semántica y, en lo histórico, la idea precon­cebida de que todo nombre debe o puede ser originariamente vasco (idea erró­nea y, como se ha dicho, innecesaria para la demostración de su tesis); mientras que la incomprensión del sentido del análisis etimológico lo es sólo en parte (en la medida en que el criterio de la motivación depende del principio de la “verosimilitud onomástica”), y la búsqueda arbitraria de la evidencia semántica, con la correspondiente técnica etimológica de los “cortes mecánicos”, no lo es de ningún modo, ya que se trata de fallas generales de la etimologí­a de su tiem­po. Otra vez: para juzgar a Poza, no hay que olvidar que nos hallamos en el siglo XVI. Y esto vale de modo particular para la etimologí­a. Porque la eti­mologí­a de ese siglo (no sólo en España, sino en Toda Europa) –cuando no se trataba de identificar relaciones materiales y semánticas más o menos evidentes entre lenguas bien conocidas, sino de llegar al “origen primero” de los nom­bres– no era todaví­a siquiera la de Ménage, sino que, en gran parte, seguí­a siendo la de S. isidoro de Sevilla. De manera que no cabrí­a siquiera hablar, para esa época, de la “incomprensión de un método” (aunque esto queda ya muy cerca de la falta de método), porque un método etimológico no existí­a aún como tal; el método consistí­a en adivinar e imaginar.

Claro que esto no hace más plausibles las “pruebas” etimológicas de Poza. Pero tampoco anula sus méritos. Quí­tense, esta vez a su disfavor, todas sus etimologí­as desatinadas y las poquí­simas, eventualmente, acertadas (o sea; toda su “demostración”), así­ como, a su favor, se ha quitado todo lo “babiló­nico” y “tubalino” de su “paradigma”, y su tesis básica queda en pie como tesis histórica razonable, así­ corno queda en pie la propuesta de demostrarla me­diante el análisis de los nombres de lugar. La comparación con Humboldt nos ha confirmado que se trata de una propuesta sensata y proficua, y que puede ser aplicada con éxito si se dispone de una técnica adecuada para ello.

 

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