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Un Santuario Mariano

Un Santuario Mariano

2040283Varias son las Ermitas que jalonan los alrededores de la Ciudad de Orduña. Además presume de un hermoso Santuario dedicado a la Virgen Marí­a. Se ubica ligeramente alzado sobre la actual ciudad y donde estuvo asentada la vieja puebla. De ahí­ el nombre de Santuario de la Virgen de Orduña la Antigua. Esta primitiva población se trasladó del piedemontaña al valle a comienzos del siglo XIII recibiendo su carta-puebla en 1221. El templo primitivo del que se conservan muy pocos restos dio paso con el transcurso de los años al actual Santuario.

He accedido a “La Plaza” por la calle Santa Clara. Dí­a caluroso y, por ello, muy poca gente en el pulmón social de la ciudad cuando el reloj de los “Josefinos” da las nueve y media. Provisto del periódico recorro tranquilamente el Paseo de la Estación. Es un kilómetro hermoso, con dos amplias aceras, doblemente ajardinado y sombreado que articuló el primero y más emblemático de los ensanches de la ciudad. A ambos lados una serie de “chalets” muestra el inicial “pedigrí­” de sus primeros dueños. En su mitad el imponente Colegio de la Enseñanza que durante muchos años fue lugar preeminente en la educación vizcaí­na. Hace tres o cuatro años dejó su función docente y hoy sólo acoge a una pequeña Comunidad de Religiosas de la Compañí­a de Marí­a.

Atravieso el puente sobre las ví­as de RENFE. Construido no hace muchos años supone una barrera infranqueable para tantas personas mayores que subí­an andando al Santuario a rezar a la Virgen. ¡No han estado acertados sus constructores! Quizá cuando se abra la nueva ví­a del AVE (que no pasa por este lugar) habrá que derruir el dichoso puentecito. Desde su punto central se divisa el remate airoso de la fachada del Santuario. Un bosque bastante tupido cubre la primera parte del acceso. Tras unos escalones, con la visión completa de la fachada, entramos en los jardines propios del Santuario a los que preceden dos impresionantes sequoias.

Entro en el Santuario. El contraste de luz y temperatura es intenso. Me siento en uno de los últimos bancos en tanto mi cuerpo se habitúa a la situación. Es un templo airoso en planta de cruz latina. El ábside se ve ampliado con un amplio adosado o camerí­n que acoge la imagen de la Virgen. Una cúpula de hermosas proporciones y diáfanas pinturas cubre el crucero. Rezo unos instantes con la plegaria que mi padre me transmitió: “Que eres Madre del amor, todo el mundo lo atestigua; Madre amada de la Antigua, no nos niegues tu favor”. Tengo presente a mi familia, a los orduñeses, a mis alumnos y alumnas.

Siento que el sol, en la salida, agobia mis ojos. Me resguardo en el sencillo porche que da acceso al Convento Carmelitano. En él se ubica una gallarda portada gótica resto de la antigua Ermita. Se me encoge un tanto el corazón en el recuerdo de las Carmelitas que este mismo año han abandonado el Convento y, con ello, el cuidado del Santuario. Absorto en este pensamiento contemplo la centenaria morera que se recuesta sobre el propio edificio. La leyenda afirma que sobre ella se encontró la imagen. Aún hoy da abundante fruto para satisfacción del paladar. Tras probar media docena de moras voy a la fuente que se levanta a pocos metros. Acogida en una cueva artificial sorprende por el curioso vaso que permite beber con suma tranquilidad.

Recordar costumbres siempre es una buena terapia para reflexionar acerca de la historia. Mis padres me subieron de niño a este lugar. La fuente, los numerosos exvotos que colgaban de su nave, el peso de los niños poco después de nacer, el rezo…. ¡Todo ello es parte de lo que hoy dí­a soy!… Bien dicho está aquello de que el noventa por ciento somos agua y el resto Historia… ¡El Santuario es parte de mi Historia!

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