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Campo de concentración de prisioneros

Campo de concentración de prisioneros

CAMPO de CONCENTRACIí“N de PRISIONEROS de ORDUÑA: este Campo  fue una de los primeros que Franco abrió en el Estado. Se estableció a la caí­da de Bilbao en el antiguo colegio de los jesuí­tas. Estuvo abierto entre julio de 1937 y septiembre de 1939. Su objetivo principal era la reclusión preventiva y la clasificación  de los prisioneros republicanos capturados por las tropas franquistas. Orduña fue uno de los campos más grandes, con una capacidad máxima asignada de 5.000 personas. A lo largo del tiempo que permaneció abierto el mismo, pasaron por él unos 50.000 prisioneros.  La mayorí­a de las personas que estuvieron recluidos en dicho campo fueron gudaris vascos, como combatientes antifascistas, sobre todo catalanes. Permanecieron en la más absoluta indefensión y sin ningún tipo de garantí­a judicial, apaleados y humillados sin cesar, sin ropa de abrigo, ateridos de frí­o, hacinados, enfermos, etc. La alimentación que recibí­an era muy escasa y deficiente. La finalidad del cautiverio de estas personas fue su alejamiento del frente, y su clasificación para que fueran depuradas sus supuestas responsabilidades militares, polí­ticas y sociales[1]. Entre julio de 1937 y septiembre de 1939 las autoridades militares franquistas establecieron un campo de concentración de prisioneros en Orduña, en el que fueron internadas alrededor de 50.000 personas. El objetivo de este centro fue la reclusión preventiva, la clasificación y la reeducación de los prisioneros hechos por las tropas de Franco, fundamentalmente en los frentes de Bizkaia, Aragón y Cataluña. Estuvo situado en pleno centro de la ciudad, en el antiguo colegio de los jesuitas, y tení­a una capacidad máxima de 5.000 personas. Los cautivos, algunos de ellos ajenos a la guerra, sufrieron un trato inhumano que se caracterizó por el hacinamiento, la insalubridad, la miseria, el hambre, la violencia, el miedo, la humillación y la incertidumbre. Además, algunos de ellos fueron utilizados como esclavos para realizar diferentes obras públicas y privadas. Durante los 27 meses que permaneció abierto se registraron 24 fallecimientos oficialmente, aunque es probable que fueran muchos más. El perfil medio de los fallecidos responde al de un joven catalán de 30 años, labrador de profesión que murió de una dolencia pulmonar. Como consecuencia de todo ello, en 2012 el Ayuntamiento de Orduña reprobó lo ocurrido, pidió perdón por haberse lucrado a costa de los cautivos, y se comprometió a rehabilitar su memoria, así­ como a difundir este terrible y desconocido episodio de nuestra historia.

 

[1] “AZTARNA”, 42

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