Menú

Arqueología de las murallas urbanas medievales en el País Vasco (III)

Arqueología de las murallas urbanas medievales en el País Vasco (III)

Decíamos líneas más arriba que las murallas no eran simples muros defensivos, sino que contaban con elementos que complementaban su carácter multifuncional. Uno de ellos son los fosos. Ciertamente, el tema de los fosos está bastante poco tratado en la bibliografía en general. Hay menciones en algunos documentos, pero poco más que su existencia podemos deducir de ellos. Así, sabemos que Salvatierra, Bernedo, Santa Cruz de Campezo o Vitoria, por poner algunos ejemplos, tenían fosos envolviendo el núcleo, extramuros. M. Urteaga ha llamado la atención sobre la existencia de fosos inundados por el exterior de los recintos amurallados. La primera confirmación arqueológica de la existencia de una estructura semejante fue la de Azpeitia (1998), posteriormente reforzada por los hallazgos de Elgoibar (1999) y Urretxu (2000). Los datos revelados por la arqueología ponen en evidencia que son acumulaciones de hasta 3 m. de espesor, compuestos de sedimentos oscuros, muy limosos y colmatados de agua. Debido al alto grado de humedad y a la falta de oxígeno, los materiales recuperados de estos fosos aparecen bien conservados, incluso si se trata de materiales orgánicos: madera, cuero, semillas, huesos.

En Bizkaia, la excavación arqueológica en Zaharra 2-4 en la villa de Orduña, aparte de poner al descubierto la existencia de un foso extramuros en torno al primer núcleo de los tres que articulan el Casco Histórico orduñés, fue la clave para avalar la propuesta evolutiva del complejo núcleo, ya que se comprobó que para hacer la muralla del recinto septentrional (segundo recinto) fue necesario rellenar con escoria una profunda zanja de sección en V y dirección Este —Oeste, que se ha interpretado con pocas dudas como un foso relacionado con el sistema defensivo del primer recinto, el oriental y por lo tanto, marca una anteroposterioridad entre el núcleo original y la primera ampliación. Parte del foso situado extramuros fue utilizado a lo largo de los años como basurero o depósito de rellenos puntuales, por lo que ofrece una importante colección cerámica de un amplio arco cronológico, con piezas en algunos casos bastante completas. Aparte de esto, en el solar mencionado se documentaron los restos de dos hornos de forja de bronce, posiblemente para campanas, fechables en el siglo XIII, excavados precisamente en el relleno del foso defensivo.

Vemos en los fosos de las murallas, otro elemento multifuncional: sirvieron como elemento defensivo, como delimitadores de espacios, como canalizaciones y captación y reconducción de las aguas provenientes de arroyos y ríos, y poco más tarde como vertederos domésticos. También tienen relación con actividades e instalaciones artesanales e industriales, tal y como se ha visto en el caso de Orduña. En Vitoria, la mincava que ordenó hacer el rey la materializó según la documentación escrita un tal Romero Martínez, a quien el rey le concedió el monopolio de instalar molinos en ese emplazamiento. En realidad, si nos fijamos con detenimiento, muchas de nuestras villas contaron con un foso natural, al estar ubicadas a la orilla de un río o incluso en meandros pronunciados de los mismos.

Según algunos autores sostienen, la cerca comenzaría a levantarse en el mismo momento de la fundación, aun reconociendo que la obra se concluiría mucho más tarde. En este sentido, es cierto que son muchas las cartas puebla que mencionan la orden expresa de que se amuralle el núcleo, e incluso se establece un plazo determinado para materializar la orden dada. La construcción de la muralla se estimula mediante la concesión de algunos privilegios hasta que la obra se concluya. Aún así, también sabemos a través de la misma vía documental que las obras se prolongaron mucho en el tiempo, y que en alguna ocasión ni siquiera se abordó. Es muy claro en este sentido el ejemplo de Ugao-Miravalles, que efectivamente, recibe la orden de cercarse en su carta puebla, otorgada en 1375, pero a pesar de ello, la villa sigue sin estar cercada en 1509, cuando se dice que está «sin cercas ni cavas». Llama especialmente la atención el hecho de que se trate de una villa fundada por el rey a petición de los habitantes de la zona, quien incluso delega en unos «homes buenos», que se nombran en el documento, el trazado de la cerca. Vemos, aquí, entre otras cosas, que el trazado de la muralla, lejos de quedar en manos de los que fueran a habitar el nuevo núcleo, era labor de delegados del rey, es decir, representantes de un determinado poder.

Así pues, a pesar de las referencias a murallas, y más concretamente, a la orden de levantarlas que aparecen en muchas Cartas Puebla, la realidad puede ser bastante diferente.

Por otro lado, una obra de la envergadura de una muralla de piedra, con lo que ello supone de extracción de la piedra y el trabajo de albañiles y canteros, suponía un gasto muy considerable. Estas fortificaciones, a diferencia de lo que ocurrirá en la etapa postmedieval, no eran una responsabilidad del estado o del reino, sino una responsabilidad de la comunidad, de una sociedad. A pesar de todo, el rey concede, como aparece reflejado en muchos documentos fundacionales, exenciones para compensar el esfuerzo económico. Aparte de esto, los concejos destinaron parte de los ingresos ordinarios, de los impuestos indirectos y de las multas a la erección de las murallas y a su reparación. Tampoco son tan raros los repartimientos destinados a tal fin. A veces incluso se va más allá y se habla de la obligatoriedad de contribuir económicamente a los reparos de las cercas por parte de la población rural, como ocurre en Rigoitia en 1402 o en la villa de Rentería, donde se hace alusión a una decisión de las Cortes de Segovia de 1386 de ordenar que paguen repartimientos las gentes de las aldeas próximas. Pero las aldeas no sólo se resisten a pagar las obras de forma directa, sino que incluso se oponen a que la villa recurra a la venta de propios para tal fin, ya que los montes y los ejidos los comparten con la tierra llana. En definitiva, esta «concesión» real para elevar la muralla es un sistema que implica una dualidad entre el poder real y el local. El rey da permisos para elevar impuestos, por ejemplo, que eran administrados y gestionados por los responsables del gobierno de la ciudad.

En etapas posteriores, cuando la muralla vaya pasando a ser propiedad privada, se establece en las ordenanzas municipales que los particulares que tengan la muralla como muro de sus casas sean quienes atiendan las necesidades de reparación en ese tramo.

¿Qué dicen las fuentes arqueológicas de todo esto? Tenemos que reconocer que la Arqueología presenta limitaciones a la hora de establecer cronologías con tanta precisión como la que requiere esta pregunta, de manera que va a resultar difícil darle una respuesta arqueológica. Una excavación raramente va a poder determinar si una estructura se construyó o no de forma inmediata a la fecha de la Carta Puebla. De todas maneras, la disciplina ha contribuido con interesantes resultados, que en definitiva nos llevan a replantearnos muchas cuestiones y también ha ayudado a colocar en un marco cronológico determinado algunos de los hallazgos realizados, aparte de documentar las diferentes fases constructivas presentes en cualquier muralla urbana.

Así, la Arqueología ha sido capaz de reconocer y distinguir fases de las murallas aún en pie que pertenecen a un momento prefundacional. Gracias a la lectura estratigráfica de los muros se ha visto, por ejemplo en Gasteiz, que la primera muralla que se traza en la zona de la actual catedral, junto con la primera iglesia, se puede retrotraer a finales del siglo XI, y que además viene a romper con la articulación del espacio anterior en la zona. También se ha detectado —atendiendo a las relaciones estratigráficas entre unidades— una fase de muralla preexistente a la fundación en la última lectura estratigráfica hecha en el lienzo Oeste de la muralla de Salinillas de Buradón. Con todo esto podríamos decir que la Arqueología ha dado una profundidad cronológica no esperada a algunas de las estructuras defensivas aún conservadas. Es más, en estos momentos podemos afirmar que un porcentaje importante de las villas contó con murallas antes de la propia fundación.

También ha contribuido a datar, aunque sea de forma relativa, algunos trabajos de cimentación de la cerca, como en Lekeitio, donde a través de un hallazgo numismático se pudo enmarcar cronológicamente (a.q. 1369-1379) la cimentación de la muralla que se levanta tras el convento de las dominicas. En Orduña se estableció una cronología del siglo XIII para la primera ampliación, la del norte, gracias a la cerámica recuperada en las unidades estratigráficas relacionadas con la cimentación de la muralla localizada en la calle San Lucas.

Pero ya adelantábamos líneas más arriba, que ninguna muralla es un elemento estático y fosilizado, sino que va evolucionando a la vez que lo hace el casco histórico al que rodea. Una de las transformaciones más evidentes es la que se da en el paso de ronda, entre la muralla y la zaguera de las casas particulares, que en su afán por ir ganando terreno público, acabarán alcanzando la línea de muralla, e incluso incorporándola a la vivienda privada. El proceso es bastante temprano en algunas villas. En San Sebastián en 1471 el concejo concede lienzos de murallas a algunos vecinos para que edifiquen sus casas junto a los muros o cercas viejas, tanto por el interior como por el exterior. Los beneficiados en este caso serán un bachiller, llamado Johan de Elduayen y Martín Sanchez Arayz.

En Durango se da un proceso similar, especialmente en la cerca de Kalebarria, donde se ha documentado este «ataque» al espacio público prácticamente desde el siglo XVI, y sobre todo, del XVII en adelante. Incluso se conceden permisos para abrir puertas y ventanas en la muralla.

También hay que citar el interés de algunos grupos privilegiados por asentarse en torno a las puertas, donde se erigen las casas-torre. Por su parte, trabajos de replanteo se han documentado en la cerca de Salinillas de Buradón tanto en la zona Este como en el noroeste en una etapa postmedieval, y en San Sebastián se modificó el trazado primitivo debido a la destrucción causada por el ataque francés de 1476, por el que fueron derribados los muros. Al año siguiente se empieza a torrear y se proyecta el ensanche por el lado sur.

Merecen atención también las actividades que se realizaban en el entorno próximo de estas murallas, tanto intramuros como extramuros. Durango puede ser un ejemplo significativo en este sentido, ya que las diferentes actuaciones arqueológicas que han tenido lugar en Kalebarria, esto es, en la zona más cercana a la muralla, se ha podido apreciar la concentración importante de actividades artesanales vinculadas a la transformación del hierro en pequeñas fraguas y al tinte de paños. Se marca con ello un reparto social de los espacios dentro del núcleo. Los portales son también puntos atractivos para determinadas celebraciones, por ejemplo. El entorno inmediato del Portal de la Cruz, en su zona extramuros, en la misma villa de Durango sirvió como coso durante varios siglos. La celebración el mercado también es algo que requiere de cierta seguridad, ofrecida por el abrigo de los muros y portales.

Nuestras murallas urbanas, tras pasar por diferentes avatares a lo largo de los siglos han servido también para albergar actividades en principio, difíciles de conciliar con un carácter presuntamente militar. Un caso especialmente curioso, al que ya nos hemos referido, es el del cuerpo adelantado y torreado de Orduña, adosado a la iglesia por el norte, que en el siglo XVIII y tras una etapa de aparente abandono, se convierte en una «muralla para los muertos». Efectivamente, el recinto que delimita ese cuerpo adelantado y torreado funcionó como cementerio desde finales del siglo XVIII y durante todo el siglo XIX, en el que se han localizado más de 150 tumbas, organizadas en hileras y ordenadas en función de la edad y condición seglar o religiosa del fi nado. Otro dato poco menos que sorprendente, es el empleo de lajas de piedra para señalar y cubrir las tumbas, costumbre que se atribuye más a la Edad Media que a la etapa contemporánea. Uno de los torreones se convirtió también en capilla funeraria.

Aunque el proceso de destrucción de las murallas se produce en diferentes momentos, dependiendo de las villas y de sus circunstancias históricas, la mayoría de las destrucciones masivas y planificadas de lienzos de muralla son del siglo XII. Es un momento de ampliación de los espacios urbanos, del desarrollo de nuevas actividades, para las que la muralla suponía una traba infranqueable. Son también años de planeamientos urbanísticos firmados por arquitectos de prestigio que insisten en el alineamiento de calles y fachadas y en renovar, en definitiva estos Cascos Históricos de una manera acorde con las nuevas necesidades y prioridades.

Belén Bengoetxea

 

Comentar

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *