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Arqueología de las murallas urbanas medievales en el País Vasco (II)

Arqueología de las murallas urbanas medievales en el País Vasco (II)

La labra de la piedra es a menudo notable, y de hecho, hay murallas de piedra de sillería o de sillarejo bien trabajado. Pongamos por caso la muralla de Labraza, o la de Salvatierra, en las que se ha empleado la sillería. Pero como hemos dicho, la mayoría de ellas se levantaron en sillarejo (Salinillas de Buradón, Durango, Lekeitio, Segura, etc. En algún caso, incluso se han detectado abundantes marcas de cantero. El grosor de estos muros normalmente excede el metro, llegando a una media aproximada de 1,50 m., con variaciones, insistimos, incluso dentro de un mismo recinto. Las zanjas de cimentación, cuando se detectan, suelen ser poco profundas y normalmente el cimiento, que puede estar formado por un banco que se adelanta ligeramente de la vertical de la pared, se apoya en la roca natural.

Inicialmente, la obra de la muralla —prácticamente sin excepción— se concibe como exenta, es decir, existiría un espacio libre entre la muralla y las zagueras de las casas que forman parte de las manzanas externas. Varios autores han insistido en la finalidad defensiva de este paso de ronda interior, que pronto se verá privatizado, al llegar las casas particulares hasta la propia muralla, que en ocasiones se «concede» a determinados habitantes de la villa.

El único edificio que puede llegar a formar un todo con la muralla es la iglesia. Efectivamente, tenemos varios ejemplos de iglesia-fortaleza en el País Vasco, en los que se ha constatado arqueológicamente esa pertenencia a una misma realidad arquitectónica, es decir, no se trata de un adosamiento posterior a la propia muralla. Un caso paradigmático es quizás el de Gasteiz, donde la primera muralla, construida en piedra, se erige a la vez que la primera iglesia del lugar, en un momento que se ha retrotraído hasta finales del siglo XI. En palabras de A. Azkarate, tras un primer momento de arquitectura doméstica de madera y una posterior de carácter mixto, el área de la actual catedral de Santa María se transforma radicalmente con esta primera muralla de piedra y esta iglesia. Se trata de un espacio de poder, privilegiado, en torno al que se organiza el urbanismo de esta zona de la primitiva Gasteiz. Lienzos de esta muralla del siglo XI se han localizado también en las traseras de la calle Correría de Vitoria y están siendo objeto de trabajos de consolidación, restauración y puesta en valor.

Esta estrecha relación entre muralla e iglesia es asimismo evidente en Orduña o en Salvatierra, por poner dos ejemplos. En síntesis, podríamos decir, en general, que no existe una estandarización de las técnicas constructivas empleadas en las murallas, pero sí una generalización de tendencias acordes con el significado que tuvieron y se puede afirmar que la mayoría de ellas se iniciaron y se concibieron como obras de cierta calidad material.

Obras de estas características difícilmente podían estar hechas por personas no especializadas en el mundo de la construcción. Vemos con claridad la participación de canteros y albañiles en estas construcciones y en la labra de las piezas que se iban a utilizar en ellas. Incluso trabajos posteriores de reparación y mantenimiento se encargan a canteros y albañiles (aparecen pagos realizados a este gremio) e incluso aparecen algunos tramos producto de reedificaciones posteriores realizados en el que se ha venido a llamar «aparejo gótico», que parece también en edificios de cierta nobleza, como son las casas torre, caseríos o edificios religiosos de finales del siglo XI y principios del XII de Bizkaia y Gipuzkoa. Habría que desechar, por tanto, la idea de que fueron los propios vecinos los que asumieron no sólo el coste de las murallas, sino también la labor material de su edificación .

Pero las murallas urbanas medievales son estructuras arquitectónicas complejas, formadas por diversos elementos y uno de ellos es el portal o los portales que se abrían en diferentes puntos del mismo, normalmente vinculados con las vías de comunicación principales que llegaban al núcleo, o a puntos que funcionalmente eran necesarios en la vida diaria, como podía ser el acceso al río. Contamos, pues con accesos mayores y menores. Lo que parece claro es que en estos portales concurren elementos funcionales y simbólicos especiales, por lo que normalmente se construyen con mayor sofisticación que el resto del encintado. Al fin y al cabo, una puerta no deja de ser un elemento de «exhibición municipal» si se nos permite la expresión. Aunque no encontramos casos semejantes en las villas vascas, hay ciudades medievales británicas que contaban con una muralla de tierra y madera, pero sus portales estaban edificados en piedra. Éste podría ser el caso de Glasgow. Es un ejemplo ilustrativo para calibrar la importancia dada a estas aperturas en la muralla. En definitiva, las puertas eran el mejor símbolo que definía el poder de la villa y más concretamente, de una oligarquía urbana.

Algunas de ellas pueden llevar incluso símbolos pertenecientes a determinadas familias, como ocurre en la puerta Sur del encintado de Salinillas de Buradón, en cuyo arco aparecen tallados los escudos de los Sarmiento y de los Ayala, señores de la villa que fue de fundación real.

Lógicamente, estos portales también son producto de diferentes fases constructivas, y además han sido objeto de «tempranas» restauraciones, hacia los años 80 del siglo pasado, que han desfigurado notablemente su fisonomía original.

Algunas murallas se reforzaron con elementos constructivos que les confieren normalmente un aspecto más defensivo. Nos referimos fundamentalmente la adición de torres distribuidas a lo largo del perímetro murado y algunas de ellas colocadas como refuerzo en los portales (Peñacerrada, Santa Cruz de Campezo). Estos torreones pueden ser semicirculares (Salinas de Añana, Peñacerrada, Antoñana) o cuadrangulares (Vitoria, Bernedo, Salvatierra, San Sebastián), y aparecen levantados con aparejos de calidad. También Orduña presenta un cuerpo adelantado con dos torreones, ubicado en el lateral septentrional de la iglesia de Santa María, construido con posterioridad al amurallamiento original, al parecer, a finales del siglo XIII. Su presencia se ha puesto en relación directa con los conflictos políticos entre los Señores de Vizcaya y la Corona Castellana, es decir, se trata de un enfrentamiento abierto entre el poder real y el señorial que se produce en ese momento, al que Orduña no es ajena (tengamos en cuenta la presencia de un castillo —probablemente preexistente— en el lado sureste). La estructura dejaría de tener función defensiva al menos para el momento en el que se rellena el espacio para hacer las capillas laterales de la iglesia, en el siglo XIV, después de haber sufrido importantes reformas en la parte superior de sus muros y en el torreón noreste. Este tramo de la muralla orduñesa albergó unos siglos más tarde un cementerio, datado entre finales del siglo XVIII y todo el siglo XIX.

Aparte de los torreones, algunas murallas contaron con adarves o pasos de ronda elevados. El de Orduña, más tardío que la primera obra de la muralla, localizado en la elevación de la cabecera de la iglesia, se apoya sobre tres modillones. También es visible y visitable, la de Gasteiz.

En Bilbao, Alfonso XI ordenó, aparte de la construcción de una muralla —detectada arqueológicamente en las excavaciones realizadas en la iglesia de San Antón y superpuesta a estructuras anteriores— la erección de un alcázar, que estaría destinado más a asegurar el control del monarca sobre Bizkaia que a la propia defensa de Bilbao. Estaba ubicado en la embocadura del puente de San Antón. Pero su vida no fue muy larga: fue demolida en 1366 por orden de D. Tello, señor de Bizkaia.

Esta circunstancia vendría a confirmar la hipótesis planteada en el sentido de que se trataría más que un elemento defensivo real, de un elemento que contribuiría a reforzar el poder del rey.

En lo referente a otras villas se ha venido a decir que las torres fuertes banderizas, ubicadas dentro de los muros, ejercían una función defensiva importante. En este sentido, un especialista en casas-torre bajomedievales, como es J. M. González Cembellín no duda en afirmar que se trata de fortalezas privadas relacionadas con las guerras de bandos que se dieron durante los siglos XIV y XV.

Sí es cierto que se levantaban en los puntos privilegiados o especialmente significativos de la ciudad: bien junto a los portales, bien en espacios «de prestigio» como el entorno de las iglesias o parcelas centrales o en esquina. . No dejan de ser una representación del poder señorial que pronto pasarán a formar parte del paisaje urbano, pero se puede decir que no son un elemento original del sistema defensivo de nuestras villas. El proceso de inserción del poder señorial en las villas del que hemos hecho mención se hace más que evidente en el caso de núcleos que pasaron a titularidad señorial a pocos años de ser fundadas por el rey. Quizás el caso más espectacular, por lo que se conserva aún de la estructura de la casa-torre, sea el de Salinillas de Buradón, datable en el siglo XII, cuando la villa de Salinillas pasa de manos del rey a manos del linaje de los Sarmientos. La torre se debió construir después de la fundación de la villa y de la construcción de la muralla, dado que respeta su trazado y se ubica claramente dentro del recinto. Refuerza esta idea el hecho de que las calles tampoco se orientan o trazan teniendo en cuenta su presencia. Lo cierto es que se construyó ocupando una zona privilegiada de la villa, dominándola. Actualmente aparece envuelta en un palacio de corte clasicista construido entre los últimos años del siglo XII y principios del XIII. Para ello se llegó a alterar profundamente el área que ahora se denomina «Plaza Mayor».

Algo más tardía es la denominada casa-torre de Láriz, ubicada en una parcela privilegiada de la villa de Durango en el extremo sur de Barrenkale, cerca del Portal del Mercado y de la iglesia de Santa Ana. El edificio de la torre, que presenta una factura de palacio urbano tardomedieval de gran

calidad constructiva y rico aparato decorativo, se construyó a finales del siglo XII sobre una parcela

previamente ocupada por casas de villa levantadas sobre plintos de piedra y postes de madera. Vino a ocupar, además, más de una parcela edificatoria, ya que el solar contiguo fue utilizado como jardín de la torre-palacio hasta el siglo XX. Perteneció a la familia de los Láriz, personajes verdaderamente influyentes y poseedores de tierras tanto en el interior de la villa como en el medio rural del Duranguesado de aquel momento. Ambos son claros ejemplos de una temprana jerarquización del espacio construido dentro de las villas medievales, lejos de una presunta homogeneidad material, espacial y social.

Belén Bengoetxea

 

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