Andrés de Poza. El memorial de un polímata (IV)
- Vizcaínos mercaderes o agentes del Imperio
En su memorial, Andrés de Poza narra cronológicamente su experiencia como comisario y juez pesquisidor en Flandes al servicio de Luis de Requesens, gobernador de los Países Bajos durante los primeros años de la Guerra de los Ochenta Años. Con respecto al marco espaciotemporal, ya en el exordio se pone de manifiesto un doble escenario. Por un lado, el momento y el lugar de la escritura en 1584, año en que se presenta el memorial, sin que se pueda asegurar que fuese redactado en Madrid, donde sí consta que fue tramitado; por otro, las fechas retrospectivas y la ubicación del territorio donde se desarrollaron los acontecimientos: “en los Estados de Flandes al tiempo que el Comendador Maior de Castilla fue a governarlos”. Como ya ha sido señalado, el expediente completo de los servicios de Andrés Poza incluye una carta autógrafa dirigida al rey: “Muy Poderoso Señor”, que, como era usual en los documentos de este tipo, sintetiza la instancia y adelanta la petición. Lo que llama la atención en este caso es la presentación del solicitante como “natural de la ciudad de Orduña”, en referencia al origen vizcaíno del solar paterno, y la mención anticipada a los servicios prestados por su padre, su tío y dos hermanos. Sabemos con certeza que en esta situación comunicativa el emisor es Andrés de Poza, pero no parece tan claro identificar. En la copia del 1 de diciembre en lugar de “…en las Indias, en la parte…”, se lee: “…en la Nueba España o en el Reino del Perú…”.
Por su carácter protocolario, deberíamos desconfiar de las fórmulas de tratamiento que suponen al rey como receptor, más aún si tenemos en cuenta la cada vez más abultada y corrupta burocracia imperial en la España de finales del siglo XVI. En la información registrada en el sobre, consta que el documento fue remitido el 15 de noviembre de 1584 con destino al presidente del Consejo de Indias, en ese momento Hernando de Vega y Fonseca, encargado de transmitir al monarca las consultas relativas a diversos procesos administrativos, como la regulación de los emigrantes al Nuevo Mundo, las propuestas de provisión de cargos en los territorios americanos y la concesión de diversas mercedes. No obstante, siguiendo el procedimiento legal habitual, el memorial debió ser entregado previamente en la Secretaría de Cámara para que lo remitiera al Consejo de Indias. Por lo tanto, Hernando de Vega solo figura como el receptor necesario para cumplimentar un trámite. Esta circunstancia no explicaría la intención de Poza de hacer constar su naturaleza vizcaína en la carta de presentación, salvo por el hecho de que unos años antes, en agosto de 1579, Juan de Idiáquez Olazábal, hijo del secretario real Alonso de Idiáquez y de Gracia de Olazábal, vecinos de San Sebastián, había sido requerido para ocupar la Secretaría de Estado. Varios componentes de la familia Idiáquez ocuparon puestos relevantes en el gobierno de Felipe II. El hispanista Geoffrey Parker dio a conocer un dossier sobre la “malhadada ‘Empresa de Inglaterra’” enviado al guipuzcoano Martín de Idiáquez, sobrino de Juan de Idiáquez y Olazábal, por su pariente Juan Martínez de Recalde, nacido en 1526 en el seno de una familia de destacada tradición marinera de Bilbao, que dirigía las comunicaciones por correo marítimo entre España y los Países Bajos. El nombre de Recalde aparecía por primera vez en las crónicas (ayudando a su padre del mismo nombre) alrededor de 1547. En el decenio de 1560, como “proveedor” real de navíos, supervisó la construcción de navíos nuevos en Vizcaya para el servicio del Rey. Más tarde, en 1572 dirigió la flota que condujo al duque de Medinaceli, designado gobernador-general de los Países Bajos, junto con más de 1.200 soldados, hasta Flandes, en donde permaneció hasta 1574 y participó en un desesperado, aunque frustrado, intento de recuperar Middelburg. En 1575, tras una breve estancia en España, condujo otra flota –esta vez de 48 navíos que llevaban más de 1.400 soldados– de regreso a Dunquerque, compartiendo mando con Pedro de Valdés. El año siguiente condujo las fuerzas navales que aseguraron la rendición de Zierikzee. El secretario de estado Juan de Idiáquez se había criado en la corte y formaba parte de un reducido grupo de personajes cercanos al monarca. Entre otras tareas de gobierno, tenía a su cargo despachar las cuestiones relativas a los Países Bajos. Fue, además, secretario de la Juntas generales de Guipúzcoa y patrocinador de los negocios de sus naturales (que vale aquí por vascos o vizcaínos). A lo largo de su vida, se distinguió por la defensa de los intereses de esta provincia, patria de su linaje, no dudando para ello en usar toda su influencia. Como se ha comentado, la cercanía al Rey, su pertenencia a los Consejos de Estado y de Guerra y su asidua participación en juntas que se encargaban de decidir sobre asuntos de vital importancia para la Corona, hacían del recurso a su personaje quizás el principal instrumento con el que contaban los guipuzcoanos a la hora de hacer valer sus privilegios hacendísticos y militares. Muestra de este trato de favor del secretario real con sus paisanos es la estrecha relación que mantuvo con Esteban de Garibay, con el que compartía la condición de guipuzcoano. Se sabe que Garibay recopiló para Juan de Idiáquez una colección de refranes en lengua vasca y que, una vez nombrado cronista real en 1592, el propio Idiáquez le propuso escribir una biografía oficial de Felipe II que no llegaría a componer. En el Discurso de mi vida, cuenta Garibay: Había días que yo había dado a don Juan de Ydiaquez, señor de la casa de Ydiaquez y del Consejo de estado de Su Majestad, una copia autorizada con fe de escribano de una real provisión del rey don Enrique el Cuarto, en la cual entre los demás sus títulos reales ponía el de Guipúzcoa. La misma mostré a su primo hermano Francisco de Ydiaquez, secretario de Su Majestad del su Consejo de Estado, y platicamos haberse olvidado ya este título real de Guipúzcoa, en detrimento de su honor. Referí más a estos señores cómo tenía yo razón de otras cartas reales con el mismo título, con que se alegraron mucho, como naturales originarios de la misma provincia, y celadores de honra muy mucho19. Para cuya verificación en 3 de julio del mismo año de 88 envié al mismo Francisco de Ydiaquez una buena relación de todas las a mí notorias, con intento de que se tratase de restituir a Guipúzcoa en algún tiempo lo que en esto le era debido. Como sabemos, es muy probable que Poza y Garibay también se conocieran. En este contexto de clientelismo entre vascos, no es extraño suponer que el discurso de Andrés de Poza estuviera dirigido con toda intención a Juan de Idiáquez, su verdadero destinatario. Con la mención a su lugar de procedencia, Poza apelaba a la solidaridad entre iguales, estableciendo un vínculo tácito entre el emisor y el receptor; al fin y al cabo, el licenciado vizcaíno y el secretario guipuzcoano pertenecían a la misma casta: la nobleza burocrática vizcaína. Viene a cuento recordar aquí que, precisamente, Andrés de Poza fue el teórico de la hidalguía étnica de los vascos. En la réplica al escrito del fiscal, el resaltado es mío, Poza, para probar “la superioridad dela nobleza originaria sobre la otorgada por los reyes”, utiliza los mismos argumentos que había empleado en De la antigua lengua delas Españas para demostrar que los vascos formaban una comunidad diferenciada: el vasco-cantabrismo, la limpieza racial y la preservación de la lengua originaria. Para concluir su argumentario identitario, Poza añade un nuevo elemento: el comportamiento heroico del linaje. La exhibición de los servicios de sus parientes responde a dos necesidades, darse a conocer, en el caso de que esta información llegase al rey, y construir su propia ejecutoria de hidalguía sustentada sobre el mito de la reputación familiar. Un honor justificado con las hazañas de su tío, Martín de Poza, bailío de Midelburgo, y de sus hermanos, Garci López y Jerónimo, ambos militares, muertos los tres combatiendo de forma heroica; Jerónimo de Poza, a las órdenes del maestre de campo Julián Romero, miembro del Consejo de Guerra en Flandes, hijo de Pedro de Ibarrola, hidalgo natural de Vizcaya. Los Poza estaban bien relacionados en Amberes, gozaban de holgura económica y ocupaban cargos en la administración. El padre del licenciado, Pedro de Poza, prestó quince mil ducados a Domingo de Orbea, tesorero general y consejero de Felipe II, cuando el monarca viajó a los Países Bajos. Esta circunstancia “invita a pensar que el susodicho Pedro de Poza se dedicaba habitualmente a actividades financieras más lucrativas, lo que concuerda con cierta imagen histórica de los conversos”. En el siglo XVI, estaban bien consolidadas las redes de negocios y poder de los comerciantes vascos en el territorio flamenco, sobre todo en Amberes y en Brujas, ciudad esta última en la que los vizcaínos tenían “su propia casa de contratación, la Domus Cantabrica, frente a la logia del Burgo”. Con las relaciones comerciales iba aparejado el control de la información. Su posición de transportistas privilegiados favoreció el éxito de los marinos y comerciantes vascos en un ambiente en el que la información circulaba “a menudo en sus manos, para no decir por su boca”. De esta forma, la economía comercial vasca se convirtió en un elemento clave en la organización del imperio. La red comercial vasca en Europa y en América es poderosa y extensa. Con estos hombres de negocios, el monarca dispone a la vez de una fuente de dinero fresco, de una estructura financiera para enviar los fondos a los Países Bajos o a Italia, dos centros neurálgicos de la guerra en los siglos XVI-XVII, y de medios de transporte y de combate. Con sus actividades comerciales y marítimas, las familias vascas unen en un mismo impulso la península al resto del imperio. Si no son las únicas que lo hacen, representan en cambio un fermento indispensable a la relativa cohesión del imperio. Por sus manos o su boca circulan las informaciones de un territorio a otro, de Andalucía a las Indias, de Amberes a Bilbao o de Nápoles a Sevilla. En sus barcos viajan las órdenes y los secretos de la máquina gubernamental. Todo lo que es bueno para el comercio se volvió bueno para la guerra y la administración del imperio. Estos hombres y su economía son indispensables para el estado. Al mismo tiempo, la hidalguía universal fomentó un sentimiento de pertenencia a una misma comunidad que favoreció el desarrollo de “redes de sociabilidad”. Los vascos se convirtieron así en “una categoría de emigrantes de prestigio” que establecían relaciones tanto familiares como clientelares. En este caso, “un elemento de tipo étnico refuerza la cohesión de estas redes familiares ampliadas”. Nos interesa destacar aquí el papel que desempeñó en este contexto el comerciante vitoriano Juan de Isunza. Andrés de Poza aporta con su instancia-memorial una certificación sellada en Madrid, el 2 de noviembre de 1578, por Isunza como proveedor general de las galeras de España y comisario general de sus armadas, en la que da fe de conocer al licenciado Poza y de ser ciertos los servicios y méritos que relata, y añade:…con gran trabajo y peligro de su persona y a mucha satisfación de los señores que a la saçón governavan y de todos los demás a quien tocava el conozimiento de los negocios que le fueron encomendados, tanto en su integridad como en la deligencia y cuidado con que se cumplió en todo ello, do se aprovechó mucho de las lenguas latina, flamença y francesa, que le son tan fáciles como la materna.Juan de Isunza había establecido con sus hijos, Martín, Juan y Pedro, una extensa red comercial con agentes en los principales núcleos mercantiles de Europa (Amberes, Brujas, Rouen, Florencia, Besançon, Burgos, Lisboa, Madrid). A partir de 1562, figura como contador del duque de Alba, al que seguirá a Flandes en calidad de proveedor general de las armadas. Hacia 1581, reside en Lisboa como proveedor general de las galeras de España. Según refiere Luis Larrañaga, desde Portugal se ocuparía de organizar el atentado contra la vida del príncipe de Orange el 18 de marzo de 1582, por encargo del cardenal Granvela. Con tal fin, ofreció los ochenta mil ducados de recompensa fijados por Felipe II a Gaspar de Añastro, comerciante alavés establecido en Amberes, que se hallaba en la quiebra a causa de las pérdidas sufridas en varios naufragios y saqueos. Gaspar de Añastro confió la ejecución material del asesinato a dos de sus subordinados, los bilbaínos Antonio de Venero y Juan de Jáuregui. Según Jon Juaristi, “Jáuregui reunía en sí todos los rasgos del español castizo del siglo XVI en su versión más exagerada, la vizcaína”. Tras fracasar en su intento de matar a Guillermo el Taciturno, príncipe de los mendigos del mar, Venero y Jáuregui fueron arrestados y ejecutados.
Quizás este episodio nos ayude a contextualizar el texto que estamos analizando. Andrés de Poza presenta su memorial como una relación de servicios, pero, en realidad, no actuó como un militar, sino como un agente del imperio, en el mismo sentido que utiliza esta expresión Noel Malcolm para referirse a diversos personajes que operaron en el siglo XVI en el contexto de los enfrentamientos bélicos por el control del Mediterráneo. Al margen de las embajadas, “había a menudo una zona gris de recopiladores de información –agentes, en cierto sentido, pero no espías en el significado más pleno del término–”. Solían ser mercaderes con acceso a una amplia red de informantes, diplomáticos o emisarios encargados de sonsacar a otros funcionarios los secretos del Gobierno. Además de recabar información, debían entrar en contacto con rebeldes activos o posibles y “realizar actos hostiles, como sabotajes o asesinatos”. Andrés de Poza, con una formación humanística, conocedor del método cratilista y políglota, como lo describió en su carta otro agente, el comerciante Juan de Isunza, encaja en este perfil. Los dos, Isunza y Poza, recibirían instrucciones, directas o a través de intermediarios, del secretario de estado Juan de Idiáquez y Olazábal, el primer responsable, después del rey, de los servicios secretos españoles en la segunda mitad del siglo XVI. Por lo tanto, estamos ante el informe de un agente del Imperio que reclama una gratificación por los servicios que no se le han reconocido.
M.ª Consuelo Villacorta Macho