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Orduña antes de ser Villa (1229)

Orduña antes de ser Villa (1229)

A) LA CRí“NICA DE ALFONSO III

La primera referencia escrita en la que aparece el nombre de Orduña es la Crónica de Alfonso III; cuando esta crónica da cuenta de las actividades de Alfonso I, a mediados del siglo VIII, nos narra cómo, tras una serie de campañas victoriosas contra los musulmanes que permiten a Alfonso I recoger y llevar al Norte población cristiana procedente de la zo­na situada entre la Cordillera Cantábrica y el Sistema Central, se repueblan los valles de Sopuerta y Carranza, las zonas de Espinosa de los Monteros y Villarcayo, mientras que Alava, Bizkaia y Orduña, habiendo permanecido al margen del poder musulmán, se halla­ban en manos de la población indí­gena.

Esta noticia nos invita a hacer una serie de reflexiones:

Los musulmanes habí­an avanzado hasta el pie mismo de la Cordillera Cantábrica, apoderándose de los diferentes puntos que habí­an formado parte del presunto limes, pri­mero romano, y más tarde visigodo. Evidentemente la Sierra Salvada supondrá la barrera natural que marcará el fin del avance musulmán en la zona que nos ocupa. Según nos cuen­ta Iturriza, en el siglo VIII y con motivo de haber llegado los moros a Miranda, Pancorbo y cercaní­as del rí­o Ebro, erigieron los naturales del lugar de Orduña, de orden del rey Alon­so el Católico, un castillo en el plano de una elevada colina, y al abrigo de él, a la banda oriental, una corta población, permaneciendo en su contorno unas pocas casas solares es­parcidas en las montañas, y su primitiva parroquia, donde al presente se halla el Santuario de Nuestra Señora de Orduña la Antigua, sobre un pequeño arroyo a la falda oriental de una elevada peña, por cuya causa se le originó el nombre de Urgoña o Urdoña, que viene a sig­nificar “sobre agua”.

Por otro lado, la diferenciación que se hace ya en el texto con Sopuerta y Carranza por un lado, la Bizkaia nuclear por otro, y Orduña por un tercero, se refuerza con lo que, ya desde mediados del s. VIII debieron ser desniveles socioculturales entre las tres zonas que conformarán más adelante Bizkaia. Pero además, si la aportación de los llegados del alto y medio Ebro fue, sin duda, una serie de modelos culturales de raí­z mediterránea, éstos al­canzaron los valles de las después llamadas Encartaciones, mientras que la llamada Bizkaia nuclear y Orduña, al Este del Nervión, quedaban inicialmente al margen de estas influen­cias mediterráneas.

Cabe por último preguntarse qué naturaleza jurí­dica poseí­a Orduña en aquel tiempo, tal y como se plantea J.I. Salazar: ¿se trata de una mera comarca natural sin ningún tipo de organización polí­tica? ¿o quizá puede atribuí­rsele el término “terra”, es decir, una comuni­dad dotada de cierta personalidad?.

Tampoco debemos olvidar el peligro que supone hacer hincapié en la autonomí­a de tierras como Alava, Bizkaia, Ayala o la misma Orduña (mencionadas en la Crónica y por ello necesariamente dotadas de una entidad sea de la í­ndole que sea: geográfica, económi­ca…), con respecto a los dos puntos de polarización polí­tica en el Norte de la pení­nsula: el Reino de Asturias y el Reino de Navarra. Los datos de los siglos IX y X no nos dejan afir­mar tajantemente su pertenencia polí­tica al reino astur ni al navarro, si bien estuvieron ba­jo la influencia de ambos. Por otra parte, la distancia será un factor que les permitirá vivir con cierta autonomí­a; menor con respecto a Pamplona en el aspecto económico, menor con respecto a Asturias en el Sur, lugar de encuentros bélicos con los musulmanes.

Dentro de la comarca de Orduña, probablemente de mayor extensión que en la actua­lidad, debí­an estar integradas las comunidades rurales de la actual Junta de Ruzábal. Aun­que desconocemos si poseí­an algún sistema de organización, parece probable que existie­sen pequeños grupos humanos dedicados preferentemente a la ganaderí­a, con ciertas rela­ciones entre los cabezas de familia.

Todos los rasgos mencionados hasta el momento corresponden a la zona orduñesa, de­ducidos a partir de las noticias que nos dan las crónicas asturianas, y aplicables por lo tan­to a los tiempos anteriores a los hechos que dichas crónicas nos narran. Pronto, la situación de las tierras al Oeste del Nervión, es decir, el área euskoparlante y pagana que contrapo­ní­amos a Sopuerta y Carranza, comenzará experimentar alteraciones. Si observamos los te­rritorios mencionados en la Crónica nos encontramos con tres grupos diferenciados: Biz­kaia, Guipúzcoa y la Navarra húmeda al Norte conforman los espacios atlánticos; al Sur, la parte meridional de Alava y Navarra, esto es, los espacios mediterráneos. Entre unos y otros un gran arco de tierras –Ayala, Orduña, Alava, Berruezo, Deyo y Pamplona–, que em­pezarán a recibir gentes e influencias en un circuito de clara dirección sur-norte. En el ca­so de Bizkaia las rutas de penetración de los influjos mediterráneos son tres, coincidiendo con las tres lí­neas fluviales más importantes, que siguen esta dirección: Cadagua, Nervión y alto Deva. Orduña aparece así­ al sur de esta zona de transición, de lo que se deduce que no solamente conocerá tempranamente los aires mediterráneos sino que realizará tam­bién una temprana labor de transmisión de sus valores en la dirección del curso del rí­o.

Vinculado a este proceso encontramos datos documentados que refuerzan para el si­glo X la tendencia ya insinuada para la centuria anterior. Ejemplo de ello serí­a el paulatino avance, a lo largo del Nervión y desde las altas tierras de Urcabustaiz, de establecimientos religiosos ligados al Monasterio de San Esteban de Salcedo, ya cercano al Ebro: Estabillo y las hoces de Arganzón (hacia el año 840): Abalca, Abecia y Santa Marí­a “sub Penna Maiore”, probablemente la de Orduña vista desde su bajada hacia Altube (937), Gardea (964). Si nos fijamos en las fechas observaremos, ciertamente un progresivo avance hacia el curso medio del Nervión (6). Las dos últimas vinculaciones al Monasterio de Salcedo re­forzarí­an por un lado la existencia de esta tercera ví­a de entrada de elementos romanizado­res, mediterráneos, en Bizkaia –que se añadirí­a a las de las Encartaciones y a la de Duran­go–, y por otra parte asegura el dominio de zonas de Ayala y Orduña en manos de Fernán González, conde a la vez de Castilla y parte de Alava.

 

B) ENTIDAD TERRITORIAL Y JURíDICA

Los hechos referidos en el apartado anterior nos llevan a pensar en un reparto del es­pacio en unidades de menor envergadura que las mencionadas hasta el momento. Entre me­diados del s. XI y fines del XII estas unidades menores, o incluso otras en las que a su vez se han subdividido, son las que finalmente los documentos denominan ya, según los casos, territ rium, alfoz, valle… y más adelante villa, aldea, monasterio…; el alto Nervión es un ca­so especialmente interesante ya que tenemos referencias de la existencia de algunas de es­tas unidades de poblamiento. Las menciones sobre Orduña como una entidad con persona­lidad propia son, como hemos visto, muy tempranas, y es preciso señalar a este respecto que es un hecho poco común en el global vizcaí­no, únicamente comparable al caso del Du­ranguesado y las Encartaciones.

Un documento de donación al Monasterio de San Millán de la Cogolla de unos man­zanares, por Lope Sánchez, en el año 1075, alude al “valle” de Orduña, lo cual supone una especificación de la naturaleza jurí­dica de Orduña, además de referirse a una de sus fuentes de riqueza: los manzanales. El “valle” en la documentación de la época sirve de asiento a una comunidad que, independientemente de su distribución en pequeñas aldeas entro de él, mantiene una unidad de decisiones sin que exista entre ellos relación de subor­dinación. El valle de Orduña, organizado de modo más o menos rudimentario, englobarí­a una serie de pequeños núcleos o aldeas dedicadas a una actividad primaria, ganadera y agrí­­cola. Las tierras bajas en las que posteriormente se ubicará el casco urbano y el hoy llama­do Valle de Arrastaria (Tertanga, Aloria, Delika y Artomaña), ofrecen grandes posibilida­des para la actividad agrí­cola mientras que en las aldeas de la actual Junta de Ruzabal la dedicación se inclinarí­a del lado de la ganaderí­a y la explotación forestal.

Ya en el siglo XII, Garcí­a de Cortázar defiende que el área geográfica de las entida­des que denominarí­amos “valles” ocuparí­an la Navarra septentrional, Guipúzcoa y Bizkaia, mientras que Orduña, junto con las Encartaciones. Ayala y Alava son regiones donde lo sig­nificativo ya no es el valle, sino que las aldeas juegan ya un papel importante, tratándose éstas de entidades ya suficientemente individualizadas, y aparentemente privilegiadas en una visión de conjunto donde el desnivel cultural es importante. Los “Votos de San Millán” nos indican que, en el caso de las tierras actualmente vizcaí­nas, sólo las exteriores a la Bizkaia nuclear ofrecí­an productos ajenos a la ganaderí­a dignos de tenerse en cuenta. Por un lado las Encartaciones, que debí­an ofrecer cera al Monasterio, y por otro, Orduña, que de­bí­a suministrar un codo de paño de lino por familia (9), indicio de un tipo de actividad –la fabricación doméstica de ropa, de vestir y sobre todo de ajuar– que se va a prolongar como caracterí­stico de toda sociedad tradicional. La cera para uso litúrgico e iluminación, y el li­no para el vestuario son los únicos productos no alimenticios elaborados de que, antes del siglo XIII, tenemos noticias en Bizkaia. Que este último producto sea localizado en Ordu­ña nos da una idea, al menos de la ventaja socioeconómica que ostentaba frente a una Biz­kaia volcada en el aprovechamiento directo de los recursos.

Pero volviendo al concepto de territorialidad, diremos que las aldeas constituyen una agrupación de casas ordenadoras de su entorno; esto es, van más allá de ser un fin en sí­ mis­mas para cumplir la siguiente función: la determinación de un hábitat. Por un lado fijan un poblamiento, y por otro tenderán a crear un paisaje a través de la estabilización de la dedi­cación económica en el sentido de una transformación selectiva del bosque y una amplia­ción de los espacios de cultivo, fundamentalmente cerealeros. El primer paso será la elec­ción del emplazamiento, y en Orduña, siguiendo la tónica general, rehuyeron tanto los hú­medos prados del valle como las pendientes abruptas, escogiendo los terrenos en torno al actual Santuario de Nuestra Señora de Orduña la Antigua, desde donde se trasladarán pos­teriormente al emplazamiento actual.

Dentro del proceso subdivisor del espacio vizcaí­no, aún poco preciso, reconocemos la existencia de unos “territorios” definidos como unidades espaciales inferiores al alfoz. Un documento del año 1135 alude a la donación de Alfonso VII al Monasterio de S. Millán de la Cogolla, de la “villa de Gavinea” en el “territorio de Orduña”:

“Ego Adefonsus totius Ispanie imperator de quadam villam que voca­tur Gavinea et est sita in territorio de Ordunia cum omnia sua pertinentia he­reditatis et ecclesia, terras et pumiferos montes et fontes pratis et pasquis, ri­vis et molendinis”.

El término “territorio”, que también aparece en Baquio, Busturia o Samano, parece identificarse con pequeñas células de habitación, explotación agraria y, con frecuencia, or­ganización espiritual, lo cual se muestra como antecedente del ente municipal, en nuestro caso la villa, en otros la anteiglesia.

El concepto “villa” que aporta el mismo texto de la donación, en cambio, plantea al­gunos problemas; en primer lugar su significación concreta se nos escapa, y la casi inexis­tencia de este vocablo en Bizkaia dificulta aún más esta tarea. Podrí­a tratarse de una ex­plotación agropecuaria amplia en manos de un solo propietario, común en regiones como Asturias y Trasmiera, o bien cabe una acepción diferente. Como una pequeña unidad de po­blamiento, como las documentadas en la zona de Liébana. En cualquier caso, el voca­blo “villa” tiene un valor general de ámbito espacial territorial y poblacional definidos, des­de el momento en que se reconoce la existencia de unos lí­mites fí­sicos de la autoridad ejer­cida por el grupo asentado.

Por otra parte se plantea el problema de su localización, aunque actualmente existe un lugar en el término municipal de Orduña que recibe el nombre de Gaviña, por la que po­drí­amos aventurar que se refiere a él. Se halla en el territorio de la Junta de Ruzabal, entre Lendoño de Arriba y Belandia.

En resumen, y siguiendo la idea de Salazar, nos encontramos con que la documenta­ción define a Orduña como “territorio”, concepto que debemos hacer equivalente a “valle”, es decir, a una comarca no excesivamente extensa que engloba pequeñas aldeas, y que se­rí­a el antecedente inmediato de la villa.

Pero aún encontramos noticias con nuevos términos, que vienen a hacer más comple­jo este esquema de ocupación del espacio. Los territorios de la Bizkaia nuclear presentan al “monasterium” y su dependencia, la decaní­a, como las fórmulas documentadas de orga­nización del espacio, abundando los ejemplos ya desde mediados del s. XI. Para la zona que nos ocupa encontramos un documento, más tardí­o, de 1192: el escrito de donación del Monasterio de San Clemente de Harrureta al Obispado de Calahorra, por parte del rey Al­fonso VIII. Aunque no se cita el lugar de ubicación, actualmente lo conocemos –entre Lendoño de Arriba y Lendoño de Abajo– en territorio de jurisdicción de Orduña. La duda se plantea ante el término “monasterio” puesto que no se aclara si se refiere a una iglesia propiedad patrimonial de un señor que nombra a un clérigo, y de la cual puede disponer li­bremente, o está indicando la existencia de una organización de ámbito espacial que, con el paso del tiempo, en algunos lugares, dará lugar a las anteiglesias. De tratarse del segun­do caso debemos tener en cuenta la debilidad de la vida social y polí­tica a escala de la al­dea; ésta no serí­a sino una unidad subordinada dentro del espacio reconocido al monaste­rio.

Ya en el siglo XIII observamos cambios en la terminologí­a; la carta-puebla de la con­cesión del Fuero de Vitoria, en 1229, indica claramente que esta concesión se hace al “concilium” (concejo) de Orduña. Este cambio implica un salto cualitativo importante, puesto que ya no hablamos de simple organización del espacio, o incluso de ocupación del mismo, sino que el término “concejo” nos introduce en el campo de la organización de las personas que ocupan ese espacio. Según Garcí­a de Valdeavellano se tratarí­a de una asam­blea vecinal de reducidas competencias, sin personalidad jurí­dica pública. Salazar, en cam­bio, cree que es algo más que una suma de individuos, y que existe una toma de concien­cia, por parte de la comunidad, de su existencia como tal; el sentimiento de que la colecti­vidad de los habitantes forma una persona moral y jurí­dica.

Como hemos indicado, la fundación de Orduña tuvo lugar el año 1229, pero el hecho de que un privilegio concedido por Alfonso X en 1256 mencione que Alfonso VIII fijó los términos del territorio, hace pensar en una posible fundación anterior, a fines del siglo XII. Iturriza, apunta al transcribir el texto de este privilegio de Alfonso X, que es posible que Alfonso VIII hubiera dado al concejo orduñés algunos fueros, y los términos que go­zaba en 1256, “pero no se halla privilegio ni escritura”. Quizá, como afirma Garcí­a de Cor­tázar, lo que este rey hizo fue prefigurar, sin realizar, la transformación en villa, en torno al año 1200. Salazar, por su parte, ve en esta posible fundación anterior una contradicción a la evolución lógica de la naturaleza polí­tica de Orduña, puesto que “no parece claro cómo se pudo producir el proceso de pérdida de la condición de villa a la de mero concejo”, que es el estadio en que se encontraba en el momento de “segunda” fundación en 1229.

 

C) LA VIDA EN ORDUÑA ANTES DE LA FUNDACION

Si en los apartados anteriores la escasez de documentación nos ha forzado a recurrir a aspectos generales aplicables al conjunto del territorio vizcaí­no, ahora en mayor medida re­sulta imprescindible este recurso, puesto que no contamos con noticias que nos indiquen cuál era la situación económica o social del territorio que nos ocupa.

Primeramente es necesario señalar que, hasta fines del s. XIII en que esta situación se alterará, la dirección del eje de relaciones en el Norte de la pení­nsula será Este-Oeste; no en vano el Camino de Santiago regirá estas relaciones no sólo de í­ndole espiritual, sino eco­nómica, social, etc. Por esta razón puede parecer que Orduña vivió estos años aletargada y estancada, al margen de las principales rutas a Santiago y por tanto alejada de las influen­cias y la vida que inyectaba a los lugares por los que pasaba. Sin embargo, es cierto que el cambio de orientación de ese eje de relaciones a fines del s. XII supondrá el despegue de este lugar, pero ello no significa que anteriormente fuera una zona retrasada o ajena a su entorno.

Anteriormente apuntábamos la existencia de una corriente de aculturación, que en los años anteriores a 1200 se intensificará, de modo que a pautas de comportamiento propias de una sociedad arcaica irán superponiéndose caracteres importados de una cultura que, simplificadamente, hemos venido considerando “mediterránea”.

Si tenemos en cuenta la dirección Sur-Norte de esta corriente, y la sospecha –confir­mada y mencionada en apartados anteriores– de que el curso del Nervión es una de las ví­as que ésta sigue en su ascenso hacia la costa, nos encontramos con que Orduña conoce­rá muy tempranamente las nuevas ideas; al menos, con anterioridad respecto a la Bizkaia nuclear.

Son muchos los rasgos definidores de esta nueva concepción de la vida que la zona más septentrional de la pení­nsula adoptará; unos sustituirán a los ya existentes y otros con­vivirán con ellos. Las noticias que de estas pautas conocemos para Orduña serán, en unos casos, facilitadas por el propio territorio, y en otros, extrapolados de lo que ocurrirá en la generalidad del territorio vizcaí­no:

a) Se constata desde fines del s. IX hasta el s. XI un movimiento de descenso de la po­blación desde Alava hacia tierras vizcaí­nas, acelerado posiblemente por el hecho de que la Llanada alavesa, más desarrollada que sus vecinos norteños, experimentó un crecimiento demográfico que provocó este movimiento de población. Uno de los aspectos que estos hombres llevaron consigo fue un tipo de establecimiento más sedentario, agrupado y bajo, coincidente en el tiempo con la tendencia general al emplazamiento de menor altitud, lo cual no se producirí­a, claro está, inmediatamente. El caso de Orduña será de los más tem­pranos y aún habrá que esperar al s. XIII –más concretamente a su fundación en 1229– pa­ra que se produzca el traslado desde el emplazamiento original, en torno al Santuario de Nuestra Sra. la Antigua hoy, hasta donde actualmente se encuentra, en el fondo del valle, junto al rí­o. Conocemos una bula de Bonifacio VIII, del 10 de noviembre de 1296, donde se menciona que la iglesia de Santa Marí­a la Vieja habí­a dejado de cumplir sus fines de parroquia hací­a unos 60 años. Esto nos confirma que la primitiva población se hallaba en tomo a este lugar, y que cambió en el momento de la fundación en 1229.

La creación de la villa de Orduña y de las otras que se fundaron en el s. XIII, todas ellas en el fondo de los valles, suponen el final de este proceso en el cual, además del cam­bio de ubicación es constatable un cambio en el concepto de poblamiento, en el que los es­pacios más ampliamente ocupados ceden a núcleos más concretos. Pero de la estructura de poblamiento que adoptará Orduña en el nuevo lugar hablaremos en su momento; en cuan­to a la morfologí­a del antiguo núcleo se refiere, apenas sí­ podemos formular hipótesis, puesto que a la falta de documentación y estudios arqueológicos se une el hecho de que las construcciones se realizaban en materiales perecederos –madera principalmente–.

b) Tampoco en el campo de la actividad económica contamos con muchos indicios, pero los escasos que existen nos permiten llegar a conclusiones que, si bien no ofrecen una gran concreción, sí­ nos ayudan a comprender la vida de los pobladores de la zona orduñe­sa en las centurias anteriores a la fundación de la villa.

La actividad ganadera parece ser la actividad principal, y su existencia se remonta a los primeros vestigios de población de la zona; la existencia del dolmen al pie de la estri­bación montañosa, signo evidente de la actividad pastoril, avala la antigí¼edad de la dedi­cación a labores pecuarias. Por otra parte, el ya mencionado documento de la donación de la villa de Gavinea al Monasterio de S. Millán de la Cogolla (1135) nos dice que Gavinea, probablemente sita en lo que hoy es Ruzabal, posee “montes, pratis e pasquis” que sirven de alimento a la ganaderí­a de la comarca. Pero además menciona las “terras”, término que podrí­a definir terrenos destinados al alimento de ganado, o a cultivo del cereal. Ambos ca­sos son posibles puesto que la agricultura también existí­a, como actividad subsidiaria, co­mo indica la referencia a los molinos “molendinis”.

El aprovechamiento del bosque tení­a, sin duda, un gran protagonismo en la economí­a de estos hombres, y con resultados tan diversificados como los siguientes: por un lado, co­mo ya hemos mencionado, el consumo de madera serí­a constante como material de cons­trucción, fuente de calor, etc. En segundo lugar el bosque proporcionarí­a alimento al gana­do, primordialmente vacuno al parecer. Finalmente, y como ocurre en general en territorio vizcaí­no, existe gran interés por los “árboles pomiferas”, esto es, frutales en general, aun­que con manifiesto predominio de los manzanos. En el citado documento de 1135 se men­cionaban “pumiferos montes” mientras, 60 años antes, Lope Sánchez donaba al Monaste­rio de San Millán unos manzanares en el valle de Orduña.

Hasta aquí­ no hay nada que llame la atención, puesto que todo lo mencionado se co­rresponde con una imagen aplicable al conjunto del territorio vizcaí­no, pero los “Votos de San Millán” nos indican además que cierto sector de la población orduñesa se dedica­ba a la confección de paños de lino; o quizá sea más acertado suponer que los pobladores de Orduña dedicaban parte de su esfuerzo a esta actividad, que debí­an compaginar con las an­teriormente mencionadas. En cualquier caso es significativo que únicamente en Orduña –también en las Encartaciones– se mencionen productos ajenos a la actividad pecuaria, aun­que lógicamente el lino ocupará un puesto en la economí­a muy por debajo de la ganaderí­a.

Todo esto nos lleva a concluir que la zona que nos ocupa, como objeto que es de un proceso de aculturación, presenta caracteres que así­ nos lo confirman: si bien la ganaderí­a y la explotación forestal figuran en el primer plano económico, estas actividades aparecen ya acompañadas de uno de los signos de aculturación más importantes: el cereal. Al mis­mo tiempo, la supuesta existencia de una más sólida organización de los pobladores per­mitirá una economí­a mí­nimamente diversificada, como demuestra la dedicación a la fabri­cación de ropa.

c) Adelantábamos al principio de este apartado la dificultad que conlleva el estudio de unos momentos históricos que apenas nos proporcionan documentos o restos materiales. Quizá sea el aspecto social el más inaccesible de todos, por lo que resulta inevitable recu­rrir a rasgos comunes a toda Bizkaia. De entre ellos destacamos los siguientes: en primer lugar, la existencia de una jerarquí­a social, que desciende desde los “comités” o condes de Bizkaia, pasando por los “seniores” o grandes propietarios que gozan de gran autoridad, los “milites”, que constituyen el grupo de los infanzones o nobles de segunda categorí­a y, su­bordinados a todos ellos, los “homines”, encargados de tareas próximas a la servidumbre, y los “collazos”, ligados a una tierra que no es suya y junto a la cual pueden ser enajena­dos.

Entre unos y otros grupos la diferencia viene marcada por el grado de poder y autori­dad que ostenta cada uno, y éste a su vez será determinado por la extensión de sus propie­dades territoriales y los ingresos que éstas le proporcionan; esto da lugar, lógicamente, a un deseo de evitar la división del patrimonio familiar al fallecer un titular. Se determina así­ un sistema de transmisión de este patrimonio mediante el cual éste permanecerá í­ntegro al ser heredado, hecho que puede iluminar el carácter de los grupos familiares en la sociedad viz­caí­na de los siglos XI y XII. El hecho de que sean escasí­simos los vizcaí­nos que enajenen tierras en favor de entidades eclesiásticas invita a pensar en la existencia de alguna restric­ción a la facultad individual de desvincular bienes de un patrimonio que conforma un blo­que en el ámbito familiar; sus miembros disfrutarán de su aprovechamiento, pero no dis­pondrán libremente de una parte de él, lo cual explica la imposibilidad de hacer donacio­nes: De esta manera, la diferenciación con las zonas de cultura mediterránea es clara, y de nuevo es necesario apuntar que Orduña se halla en una zona de aculturación más intensa que la Bizkaia nuclear, como demuestra el hecho de que Lope Sánchez, un “senior” no es­trictamente vizcaí­no –siendo la mayor parte de sus posesiones territorio alavés, pero tam­bién de la zona orduñesa– será uno de los pocos donantes a entidades eclesiásticas que co­nocemos anterior al año 1200. La estructura social arcaica con predominio del gran grupo doméstico –la familia extensa– presencia la llegada de una nueva tendencia de sig­no contrario a sus costumbres que supondrá la división de las fortunas colectivas.

Comentados los aspectos anteriores cabe extraer la siguiente conclusión: el resultado del proceso de aculturación de las poblaciones emigradas desde el Sur será la coexistencia de una zona –la Bizkaia nuclear– donde pervivirán los cuadros sociales arcaicos, la trans­misión troncal del patrimonio, el poblamiento en pequeñas barriadas, con una dedicación casi exclusivamente ganadera, frente a territorios de la zona meridional –entre ellos Ordu­ña– donde elementos nuevos están haciendo aparición. Estos nuevos rasgos no sustituirán a los ya existentes, sino que los irán modificando paulatinamente; no es casualidad que Orduña se traslade ya en el siglo XIII a una zona más baja y conforme una población con­centrada, o que diversifique tempranamente su actividad económica con el cultivo del ce­real aunque mantenga la ganaderí­a como fuente principal de riqueza, lo cual conlleva una transformación no sólo del paisaje sino de la forma de vida de sus habitantes.

Pero constatar que esta diferenciación no es suficiente; Orduña no será simplemente una zona de pronta aculturación, sino que jugará un importante papel como transmisor de un nuevo código de actitudes. Principalmente a raí­z de su fundación como villa actuará co­mo puente entre las dos concepciones de la vida que, una existente en el Norte, otra en mo­vimiento desde el Sur, se encuentran en nuestra zona.

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