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Arqueología de las murallas urbanas medievales en el País Vasco (IV)

Arqueología de las murallas urbanas medievales en el País Vasco (IV)

El último reto de estas estructuras murarias con largas trayectorias de constantes reconstrucciones y destrucciones son los trabajos de consolidación y restauración que se están llevando a cabo actualmente. Evidentemente, en nuestra sociedad, aparte de un trozo de la Historia de su ciudad, las murallas son recursos en el presente, que requieren una puesta en valor acorde con su importancia histórica y patrimonial.

En lo relativo al significado de las murallas urbanas la bibliografía consultada aparece salpicada de ideas preconcebidas que se han ido aplicando en muchas ocasiones de manera acrítica.

En cualquier caso tenemos que empezar diciendo que no todas las murallas urbanas son iguales y que más allá de simples elementos de arquitectura militar las murallas, las puertas y el resto de estructuras son elementos multifuncionales, que representan tanto el pragmatismo militar, como la organización comercial o la aspiración de una comunidad o grupo social a expresar su identidad.

Sin duda alguna, en los textos que tratan el tema del amurallamiento de las ciudades medievales se manejan dos ideas fundamentalmente: una de ellas es el componente militar, defensivo más concretamente, de estas estructuras (se habla de una necesidad defensiva prácticamente constante) y la otra idea es la de considerar a la muralla como elemento que tipifica a la ciudad, que es consustancial a ella, gracias a la obra de Alfonso X el Sabio, Las Partidas, donde se recoge y plasma esta idea. Sin pretender rebatir la idea de la necesidad de defensa de una población, sí quisiéramos relativizarla o matizarla.

Es indudable que algunas villas han jugado el papel de núcleos fronterizos desde su surgimiento como tales. Son muy claros los ejemplos de San Sebastián o Fuenterrabía, ubicadas muy cerca de la frontera francesa y en la línea de costa, circunstancia que ha marcado su historia y la de sus murallas.

No en vano, en calidad de plazas fuerte fueron fortificadas a principios de la Edad Moderna para hacer frente a los nuevos sistemas de ataque basados en la artillería. En Álava la condición de villas fronterizas ha condicionado e influido de alguna manera en el hecho de que las villas ubicadas al sur, en torno al río Ebro, en la móvil frontera entre los reinos de Navarra y Castilla, sean las que cuentan con las murallas más sólidas.

Pero aparte de estos casos, la necesidad de defensa tiene que partir de un peligro determinado y en función del mismo, se trataría de evitarlo. ¿De dónde proviene el peligro de ataque a las villas de nuestro territorio? Tenemos dos respuestas para la pregunta: una de ellas es el enfrentamiento entre la nobleza y la monarquía y la otra es las luchas de bandos.

Si atendemos a las caraterísticas constructivas de las murallas de nuestras villas, en general, es evidente que no estaban concebidas para hacer frente a grandes ejércitos. Podían ser, como mucho, un elemento disuasorio contra posibles ataques de grupos armados. De hecho, muchas villas fueron atacadas impunemente: recordamos la quema de Lekeitio, de Otxandio o el caso paradigmático de Alegría-Dulantzi. Dentro de la villa amurallada de Alegría se encontraba la fortaleza de los Gaona. Hoy en día no quedan por encima de la cota cero restos de la cerca que rodeaba la villa (sí se han detectado fragmentos de su cimentación en excavaciones realizadas en las manzanas externas de la calle Mayor), pero ni siquiera las fuentes documentales hacen mención a una estructura semejante, con una única excepción. El documento al que nos referimos puede ser fechado en 1539, pero relata hechos acaecidos unos 50 años antes. Se trata del pleito sostenido por Felipe de Lazcano contra la villa de Alegría por la posesión del prado de Soloandia. En dicho pleito se hace referencia a los abusos que cometió el señor de la fortaleza en la villa, quien para construir su torre, destruida en 1443 tras un ataque, derribó no sólo los muros, cercas y portales, que eran de piedra, sino también 13 o 14 casas, la iglesia parroquial de San Martín de Dulantzi, que se encontraba extramuros y la torre de la iglesia de San Blas. Al parecer, el objeto de estas destrucciones fue conseguir piedra de calidad y madera para reutilizarla en las obras de reconstrucción de su torre, que se reedificaría prácticamente en su totalidad. En el documento se dice explícitamente que desde entonces la villa está sin los muros y sin los portales que el señor de la fortaleza derribó y muchas de las casas que quemó son solares sin edificar.

Parece que en algunos casos el peligro no venía de fuera, sino que habitaba dentro de la propia  villa. El de Elorrio podría ser un caso similar, aunque no tan sangrante y también Bilbao vivió episodios de este tipo. Naturalmente, todo ello refuerza la idea de que las torres dentro de las villas no eran en absoluto estructuras defensivas de la población, sino edificios privados pertenecientes a determinadas oligarquías, que velan por sus propios intereses. De hecho, las torres urbanas no se adaptan en el siglo XV a la nueva situación militar que trae a partir de ese momento el empleo de las armas de fuego.

Otra circunstancia que no pasa desapercibida es el hecho de que son precisamente las villas que caen en manos de señores las que presentan las murallas más sólidas. Un claro ejemplo es Labraza, que Enrique de Trastámara dona en 1367 a los Rojas, señores de la villa desde ese momento. Salinillas pasará a manos de los Sarmiento a mediados del siglo XII, y tras pasar por varias familias, el hecho es que formará parte de un señorío nada menos que hasta 1837. Los escudos de armas de los Sarmiento, junto con el de los Ayala aparecen tallados en el arco de entrada sur de la villa. Labraza o Bernedo no son quizás ejemplos tan evidentes, pero también en estos casos se menciona la presencia de determinados señores en la firma de los documentos fundacionales (Bernedo se funda como villa sobre un castillo). También es verdad que son villas ubicadas en territorio fronterizo, pero también lo es Labastida, que no cuenta con muralla y participa de la condición de villa señorial a partir de 1379, cuando Enrique II de Castilla la donó a Diego Gómez de Sarmiento.

Curioso es también el hecho de que ante la necesidad defensiva ninguna villa adopte la forma circular, que es la más eficiente para la defensa y opten normalmente por largos lienzos de muro.

Y aquí comenzamos con la segunda cuestión: la identificación de la ciudad con su muralla. Ambos serían, al menos en teoría, elementos consustanciales 40. Si revisamos el panorama de nuestras villas, podemos afirmar que existen villas sin muralla. Algunas de ellas han sido objeto de estudios histórico arqueológicos que han intentado documentar su presencia, y en su caso, sus características,

pero no se ha conseguido tras una labor de consulta documental y actuaciones arqueológicas. Es el caso de Otxandio, Artziniega, Labastida o Mutriku. En otros casos la ausencia de muralla se puede decir que es aparente, a falta de estudios más exhaustivos. Ya hemos hecho referencia a Miravalles con anterioridad, Lanestosa podría ser otro caso, etc…

Parece evidente que las autoridades o los individuos que hicieron y mantuvieron esas murallas lo hicieron por una variedad de motivos que superan la mera necesidad defensiva, y hay que incluir en

diferentes proporciones, el deseo de transmitir prestigio, identidad y estatus social. Así, las murallas

reflejan el crecimiento y la prosperidad de las ciudades, pero también de las élites que se instalan en ellas, que monopolizaron el poder en función de sus intereses sociales y económicos, por ejemplo, a través de la regulación del almacenamiento y explotación de ciertos productos o la implementación y recaudación de impuestos. Estas élites son las que componen los concejos urbanos. Lógicamente, además de reflejar las ambiciones de las comunidades urbanas, la construcción y mantenimiento de las murallas también pudo beneficiar a estas oligarquías y señores de las villas. Por ello se puede decir, como apuntábamos líneas más arriba, que en cierto grado las murallas y quizás sobre todo, las puertas, representan una arquitectura del poder. Y como un ejercicio de poder hay que entender, por ejemplo, el hecho de que la primera muralla de Gasteiz, realizada en piedra junto con la iglesia, venga a romper el ordenamiento anterior y a marcar una nueva etapa urbanística y constructiva en el siglo XI.

Pero llegados a este punto, lo que deberíamos cuestionarnos es si es lícito en realidad distinguir las razones defensivas de las del deseo de trasmitir una imagen determinada y un estatus social, ya que ambos factores, que nosotros nos empeñamos en separar, distinguir y priorizar, formarían parte de una misma realidad. El debate, que se ha dado en la historiografía europea, y sobre todo británica, se basaría en una falsa dicotomía, ya que las necesidades militares y sociales no serían tan fáciles de

discernir en la Edad Media.

Al hilo de estas cuestiones, es interesante la distinción que hacen Creighton y Higham en una reciente publicación entre «seguridad» y «defensa». La palabra «seguridad» se usa normalmente como indicador de las necesidades de las comunidades urbanas de inmediata protección. Se trataría de mantener un orden social, con un mínimo de influencias indeseables externas. Para ello, las puertas —su cierre y apertura controladas— constituían un factor esencial en el control del acceso de gentes, bienes o animales desde el exterior. Recordemos que las actividades artesanales y comerciales requieren de esta protección. En otra escala, los autores hablan de «defensa» cuando existen amenazas más organizadas a las que estaban expuestas de vez en cuando las comunidades urbanas.

Tradicionalmente se ha dicho también que la muralla es delimitadora de un espacio privilegiado, jurídica y socialmente diferente del territorio que la rodea. En este sentido, marcaría prácticamente una línea de exclusión. Tampoco esta dicotomía entre ciudad-territorio parece demasiado adecuada. Lo cierto es que, a pesar de los incesantes conflictos y pleitos jurisdiccionales, la relación entre ambos «mundos» fue bastante más estrecha, dinámica y compleja. En realidad, un buen número de la población que trabajaba en la ciudad vivía fuera de las defensas. Pensemos sin ir más lejos en los tempranos y poblados arrabales de algunas villas.

Para concluir, vamos a intentar marcar una serie de prioridades en el estudio de las murallas urbanas medievales de cara al futuro.

— Creemos que se debe reclamar una renovación de los marcos interpretativos utilizados mayoritariamente hasta el momento. La propuesta es tender hacia la explicación compleja y multifacetada adecuada a la diversidad espacial, cronológica y social de las murallas urbanas.

— Dentro del desarrollo de la Arqueología Urbana es imprescindible que los resultados se publiquen, que estén disponibles y sean de fácil acceso a la investigación. Se trataría de romper con la diseminación de los resultados, producto de numerosas excavaciones, de relacionarlos y articularlos dentro de un discurso histórico coherente.

— Aparte del estudio de los aspectos puramente materiales de las murallas, sería conveniente pensar en términos de relaciones; relaciones entre las murallas, las ciudades y sus territorios, y detectar de esa manera pautas de cambio en el asentamiento tanto fuera como dentro del perímetro urbano.

En definitiva, como apuntábamos al principio, aunque los pasos adelante en el conocimiento de las murallas urbanas medievales hayan sido notorios en los últimos años, se puede decir que la historia de estas murallas urbanas, en el pleno sentido de la palabra, está aún por redactar. Este trabajo no pretende ser más que una llamada de atención en este sentido.

Belén Bengoetxea

 

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