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Crónicas veraniegas (I) (3 agosto 2010)

Crónicas veraniegas (I) (3 agosto 2010)

Plaza orduña 3Llegué ayer de Barakaldo. Creo que cogí­ el tren de las 20:10 en Abando. A las 21:20 entré en casa y, para mi sorpresa, ya estaba en casa mi madre en la creencia de que llegarí­a un poco antes. Caí­a una ligera llovizna. En la Plaza, pulmón vital de la Ciudad, muy poca gente. Con agilidad descendí­ por la calle Santa Clara hasta la Plazoleta de Juan de Garay. Comienzo lo que algunos llaman “vacaciones”. En mi alma, la difí­cil situación del amigo y compañero Luis.

Una cena ligera y momento de charla. Llama mi hermana Lucí­a para “recomendarme” un par de cosas. Primera: “que debo cuidar la “huerta” de mi hermano y el “jardincito” de mi cuñada (me dice mi madre que se han ido a Vietnam) y que no me extrañe si algunos de sus amigos aparecen por allí­ de “barbacoa”. Segunda: “que mañana vendrá a casa un técnico porque no funciona el congelador”. Tras un rato de teleacompañamiento me voy a la cama y me duermo leyendo uno de los libritos “ligeros” que me he traido.

La casa y entorno parece un cementerio: el silencio es total. Me despierto, como de costumbre a las seis aunque no me levanto hasta las 9:30. Le doy un buen “mordisco” al libro. Mi madre ya está trajinando en la cocina. ¡Noventa años! “Tiene que ir a comprar algo de pescado aunque está muy caro”. Tras el desayuno, llama mi hermana para decir que el “técnico” vendrá entre las tres y las cuatro.

Como tengo tiempo enciendo el ordenador y estreno el “pincho” que compré ayer. Gracias al artilugio (y la competencia del amigo Raúl) podré conectarme a Internet, mirar la prensa y mantener activadas las webs. ¡Buen invento! Me he propuesto terminar la “base de datos” de todos los que han sido de mi Congregación (Paúles) en España y escribir seis artí­culos sobre Historia de Barakaldo que engrosen mi página www.ezagutubarakaldo.net. Cuando finalice este segundo me pondré con Orduña. Dejo todo organizado y compruebo que el “pincho” funciona correctamente.

A las diez, más o menos, me cuelgo el zurrón al hombro y, con el libro-enganche, me acerco hasta el Convento de Santa Clara. Quizá haya que decir “exconvento” porque desde hace cinco años no hay monjas en el mismo. Bien es sabido que, en su origen, albergó una comunidad de Franciscanos que, posteriormente, se trasladaron a lo que hoy es Residencia de Ancianos. Tras las desamortizaciones del siglo XIX debieron abandonar el Convento que fue convertido en Asilo y Escuelas. Las Hijas de la Caridad fueron las responsables de su mantenimiento hasta que a mediados de los noventa del siglo XX se retiraron. A dí­a de hoy no existe ninguna de estas beneméritas órdenes religiosas en la Ciudad.

Aunque el Convento e Iglesia están cerrados hago un momento de reflexión. Me vuelvo hacia el puente de santa Clara y, leyendo el librito, camino en dirección a La Muera. A medio camino entro en la huerta de mi hermano para hacerme una idea de su estado. Se ve que la ha dejado en orden. ¿Novedades? Al menos, que haya visto, tres. Los árboles comienzan a dar sus frutos (manzanas, peras, brevas, ciruelas). Me como un par de brevas, dos ciruelas y un buen puñado de grosellas. Segunda novedad: mi cuñada Marta ha montado un “pequeño” jardincito en una esquina de la huerta. Tercero: se ha terminado el “regar a mano” ¡qué alegrí­a!; ahora basta con abrir la “llave” de los bidones y el agua discurre por una bien instalada red de tuberí­as… ¡Tendré que traer algún dí­a a mis alumnos de Geografí­a para que comprendan “in situ” el “sistema de goteo”! He recogido un par de lechugas y un buen puñado de vainas.

He vuelto prontito por aquello de la venida del “técnico”. La comida ya estaba a punto. Ha aparecido a las tres y ha diagnosticado: el congelador ha “fenecido”. Al poco llama mi hermana Lucí­a para “saber” del mismo. Sobremesa con mi madre y repaso de la situación general de las “repsoles” e “iberdrolas”. Se marcha a las cinco y media porque se aburre en casa. A las seis aparecen mi hermana y mi cuñado Txema. Toman medidas del congelador para encargar uno nuevo. Me pongo a escribir esta croniquilla. Son las nueve y media y llega mi madre de su “vueltecita”. Ninguna novedad. Dí­a primero.

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