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Consolidación urbana en la Baja Edad Media (siglo XV) (II)

Consolidación urbana en la Baja Edad Media (siglo XV) (II)

3. Morfologí­a urbana medieval

3.1. Plano

Aunque la existencia de caminos, en especial los de peregrinación a Compostela, suelen determinar la morfologí­a de las villas en espacios ur­banizados lineales, este no es el caso de Orduña. El emplazamiento en un valle de anchas dimensiones fue elemento fí­sico de mayor importancia al camino ya existente. Orduña no tiene estructura lineal sino más bien radioconcéntrica caracterizada, según Azcarate, por la existencia de una serie de calles convergentes que confluyen en una plaza o núcleo central y que suelen estar en relación con la diversidad de caminos que conducen a las locali­dades cercanas. Este carácter radioconcéntrico ya fue observado por via­jeros e historiadores. Delmas en 1863 habla de una estructura altamente militar con una plaza en el centro con diez calles a ella convergente, a la manera de una estrella. En parecidos términos escriben Ormaeche en 1852, Mañé y Flaquer en 1879, y anterior a todos ellos, Cayetano de Palacio, quien en su descripción de la ciudad de Orduña hecha en el año 1785, afirma: “La idea de sus calles no puede darse mejor porque las mas salen a esta hermosa plaza cogiéndola en medio”.

Observó bien Palacio la centralidad de la Plaza, aspecto que se aparta de lo que suele ser habitual en las ciudades medievales, la plaza descen­trada.

El carácter radioconcéntrico se refiere a la estructura ya consolidada del siglo XV después del proceso de formación. La morfologí­a de cada núcleo, aisladamente considerada, se corresponde con la planificación regular de las villas vascas.

El núcleo originario forma un plano regular rectangular. El primer en­sanche derivado del posible auge comercial es también regular rectangular con tendencia a cuadrado. El último de los núcleos que se conforma, tam­bién de carácter regular, tiene tendencia triangular, al alargarse una de las manzanas, la correspondiente a la calle Cantarranas y cerrarse, aunque no completamente, sobre calle Nueva.

3.2. Calles

El trazado de todas las calles es regular, salvo las correspondientes a Calle Vieja que hace una curva aproximadamente en su mitad debido al desnivel existente, y a la calle Cantarranas que en su tramo final se curva, envolviendo de esta forma la manzana interior de calle Nueva.

La longitud de las calles difiere, aunque tampoco excesivamente, en función del núcleo en el que se sitúan. Las más largas se hallan en el núcleo originario con la excepción de calle Hierro a la que corta la Parroquia de Santa Marí­a. Las otras calles se sitúan entre los 120 metros de calle San Juan y los 140 de calle Nueva, también aquí­ con la excepción de calle Cantarranas que mide unos 170 metros, por la razón, expuesta ya arriba, de su carácter envolvente.

La anchura, tanto de calles como de cantones, es de gran uniformidad. Alrededor de 5 metros, disminuye algo en las del núcleo primitivo (4 metros), y se anchan ligeramente a la entrada de la plaza sobre todo en calle Burgos y Vieja. Los cantones tienen todos ellos una anchura muy similar, alrededor de metro y medio.

El nombre de las calles obedece a muy distintos criterios. El primero de ellos se refiere a su situación en la primitiva configuración de la villa, según estuviese arriba (Suso), abajo (Yuso) o entre ambos (Medio). Otro criterio es el de la actividad que se desarrolla en ellas mayoritariamente (Carnicerí­a, Zapaterí­a, Hierro). El nombre de Cantarranas, común a otras villas medievales, debe de tener su origen en su situación junto a la muralla y ronda donde existí­a un pequeño arroyo extramuros. No faltan los nom­bres del santoral que, a veces, se relacionan con la situación de las iglesias (San Juan y San Lucas). Y, en fin, se adecúan a su situación geográfica (Orruño y Burgos), a su mayor o menor antigí¼edad (Nueva, Vieja) o, al origen de sus primitivos moradores (Francos).

La mayor actividad comercial no se relaciona con la mayor importancia económica de los vecinos. Las que podemos considerar “calles principales” se sitúan en derredor de la Parroquia de Santa Marí­a y coinciden con el núcleo fundacional, la llamada Villa de Dentro, cuyos habitantes gozaban de cierta autonomí­a organizativa con cargos públicos propios y, al parecer, algún tipo de ventaja fiscal. Era en esta Villa de Dentro donde se en­contraban los mayores solares y, en general, edificios principales. Las calles más comerciales, Vieja y Burgos, se superponí­an al Camino Real de acceso a la meseta.

 

3.3. Plaza

Uno de los aspectos que llama más la atención al viajero que visita Orduña por vez primera, es la amplitud de la plaza, en medio de la Ciudad y rodeada de soportales, que le otorgan un equilibrio y juegan como ele­mento unificador, a pesar de la heterogeneidad de sus edificaciones.

La Plaza ha sido el lugar donde convergen los distintos barrios o núcleos de su entramado urbano. Inicialmente, extramuros del núcleo primitivo donde se celebraba el mercado, su situación se centraliza en el interior del casco urbano con la consolidación urbana.

El soportal es, quizá, la caracterí­stica más marcada de la plaza orduñesa. Su utilidad como lugar de tránsito para protegerse del sol y, sobre todo, de la lluvia, así­ como su inequí­voca función mercantil han sido puestos de manifiesto repetidamente. Sin embargo, a pesar de cumplir ambas funcio­nes, en la mayor parte de villas vascas no existe el soportal. En Guipúzcoa, ninguna villa lo posee y, en el caso de Bizkaia, solo Bilbao y Orduña cuentan con ese elemento. En Araba, Salvatierra-Agurain es el ejemplo más caracterí­stico.

Aparte de mencionar las funciones y constatar su existencia, se trata de averiguar cuando, cómo y porqué surge el soportal. Estas preguntas apenas han sido formuladas y, en mi opinión, mucho menos respondidas con cierta concreción. En nuestro caso se cuenta con una documentación de gran interés para tratar de aclarar estas cuestiones, las llamadas sen­tencias de los hastiales, fechadas en 1495 y 1508. Estas nos aportan datos acerca de las caracterí­sticas de la plaza orduñesa, no tanto desde el punto de vista fí­sico, cuanto desde la organización del espacio a efectos mercantiles. Y es que la plaza medieval tiene una primordial función eco­nómica que conviene resaltar y que en el caso de Orduña, aparece con luz propia, sobre todo en la sentencia arbitraria de 1508.

Ya para 1495, fecha de la primera sentencia, se hace referencia a la ocupación por particulares tanto de la cerca vieja, zona este de la plaza donde desembocan las calles de hierro, medio y carnicerí­a, como a otros hastiales en el resto de la plaza. Debí­a de estar rodeada de voladizos de carácter precario.

En lo que hace al contenido de la sentencia, se fija la forma de ejecutar los soportales por parte de los propietarios, “según el grandor, ancho y medida” que señale el licenciado Bela Núñez. Deberán de hacerse desde el primer suelo, iguales, de buena madera y sin aspas, para dotarlos de mayor claridad. Al mismo tiempo se prohí­be hacer cualquier tipo de puer­tas, boticas, tiendas o “luz alguna”, salvo para la Ciudad, que puede hacerlo siempre que no impida el paso de los vecinos.

No sabemos cuando se concluyó la construcción de ese bloque de has­tiales, aunque el plazo otorgado para su finalización fue de tres años a partir de la fiesta de Santa Marí­a de septiembre de 1495.

La sentencia de 1508 regula primero la naturaleza jurí­dica “del suelo y hueco hasta la superficie y paredes de las casas”, dominio público de uso común y general. Después ordena con cierto pormenor la administración mercantil de la plaza pública, lo que convierte a la decisión judicial en una pequeña ordenanza reguladora de la venta comercial, trascendiendo el contenido de una simple sentencia. La ocupación de la muralla con sali­dizos, y la consiguiente formación de hastiales delante de las plazas de mercado, no es un caso aislado orduñés sino que, en el mismo territorio de Bizkaia, en Bilbao, tenemos un caso similar acaecido también en la misma época. Nos referimos al hecho que cita Guiard quien afirma que, a principios del siglo XVI, “las casas avanzaban montando sobre la muralla, primero con sus muy pronunciados salidizos y en la plaza de San Antón traspasándola resueltamente y asentándose sobre astiales (arcos)”.

La Ciudad tení­a ciertos derechos económicos, por la colocación de tien­das y tableros en hastiales o calles por parte de los mercaderes que asistí­an a la feria. Esos derechos se diferenciaban en función de determinadas variables.

Antes de estas sentencias parece habí­a discrepancias sobre los pagos a la Ciudad por parte de los dueños de las casas, se habla de la cuarta parte del precio del arriendo, razón por la cual la sentencia de 1508 regula pormenorizadamente diversos aspectos:

  1. Los dueños de las casas con hastiales que permitan la presencia de mercaderes en ellos y los alojen en sus casas, deben de pagar la quinta parte de lo que convengan entre ellos.
  2. Cuando los mercaderes no duerman en las mismas casas el pago se incrementa a la cuarta parte.
  3. Los plateros que coloquen sus mercancí­as fuera de los hastiales, debajo de los pendices y posaren en las casas de los hastiales, deben pagar una cuarta parte, y si no posaren, una tercera del precio total.
  4. La venta de paños y productos similares en tableros, está gravada con el pago de la sexta parte de lo convenido entre el dueño de la casa y el comerciante.
  5. Los vendedores que utilizan exclusivamente las paredes de las casas pagan la mitad.

Respecto a la forma del pago se indica “que un dí­a antes de que acabe la feria, paguen los mercaderes al bolsero la parte que le corresponde y lo restante a los señores de las casas”. De esta forma, la redacción confusa de las anteriores disposiciones se aclara y se determina ní­tidamente que es el mercader el obligado al pago, si bien la cuantí­a, cuyo porcentaje determina la sentencia, se encuentra en función del precio convenido entre aquel y el propietario del inmueble.

La sentencia regula otros aspectos de las ventas realizadas en las ferias, tanto las que se realizan en los arcos de la plaza, debajo de los pendices, como en tableros y junto a las paredes de las casas. Los vendedores que realizan su trabajo fuera de los arcos no deben estorbar a los que lo hacen dentro y a tal fin, el Ayuntamiento nombra a una persona, el aposentador, para delimitar los lugares de ubicación y resolver los conflictos que se puedan producir. Igualmente existe un bolsero, oficio municipal encargado de cobrar el arancel a los mercaderes.

Finalmente se determina que no se puede hacer ningún otro aposen­tamiento, esto es, no se pueden fijar otros lugares en el casco urbano en los que se cobre a los comerciantes que vinieren a la feria de Orduña, salvo en los hastiales y pendices. La explicación que se da para establecer esa prohibición es de suma importancia porque refleja la relación í­ntima que existe entre auge comercial y crecimiento de la Ciudad o en palabras de la propia sentencia, entre “crecimiento y aumentación” de Orduña con “que las ferias crescan y se hagan grandes”. Para que esto último sea posible es necesario no poner trabas a la contratación, y la exención de aranceles, al menos en ciertos casos, es una medida que se considera puede fomentar la actividad mercantil.

Vemos, por tanto, que las sentencias si bien no reconocen el derecho de construcción sobre el espacio público (la plaza) y sobre un bien también público (la muralla), si vienen a legalizar esas ocupaciones, ocupaciones, todo hay que decirlo, precedida por la del propio Ayuntamiento que, para construir la casa consistorial utilizó parte de la antigua cerca. La finalidad de las decisiones judiciales no es tanto prohibir la construcción en terreno público, como legalizar de la mejor manera posible una ocupación previa.

La plaza de Orduña ha sido centro fí­sico de la Ciudad, aglutinante de los distintos barrios o núcleo de su entramado urbano. Pero no solo desde un punto de vista fí­sico es su centro.

En el primer tercio del siglo XVI, prácticamente todas las funciones municipales están representadas en la Plaza Mayor. La plaza es lugar de paso de carruajes y recuas porque el camino real la atraviesa por su lado este. La plaza es el centro comercial porque el mercado allí­ se desarrolla

“Otrosí­ que el que sí­ arrendare la dicha renta de la medí­a fanega que faga el mercado junto a la piedra de la plaza que está en medio de ella faciendo buen tiempo y cuando no ficiere tiempo bueno que el tal rentero pueda llevar el mercado en derecho de la plaza a donde quisiere y lo pueda sentar allí­ cepto en el astial de San Juan aunque no quiera cualquier vecino cepto en el tiempo de la feria de San Miguel”.

Además del mercado, otros servicios municipales relacionados con el comercio se ubican en la plaza. Así­, el portazgo ha de estar ubicado en ella o en sus “casas”. El peso de la harina parece se colocaba en sus hastiales, así­ como las boticas de pescado, sardinas y aceite, y, por fin, cuatro de las panaderí­as debí­an de estar situadas encima de la calle de Burgos, y las otras cuatro encima de la calle de Francos calles, que como sabemos, desembocan en la plaza.

Las funciones administrativas están representadas por el edificio del Ayuntamiento, donde se ubica el Regimiento, órgano del gobierno muni­cipal. Posiblemente la torre que ocupa, también se utilizaba como prisión en alguna de sus alturas, tal y como se indica en las ordenanzas de 1499.

Las funciones religiosas, si bien las más importantes se desarrollaban en la parroquia de Santa Marí­a, no estaban excluidas de este ámbito por cuanto que la parroquia de San Juan, llamada precisamente del mercado, se hallaba en el ángulo noroeste de la plaza.

Y si el mundo ciudadano en sus distintos ámbitos tení­a su principal presencia en el centro urbano de Orduña, no estaba excluido de éste el mundo rural. La recogida del ganado de los vecinos por parte de un pastor profesional, el almajero, tení­a lugar en la plaza:

“primeramente que el dicho almajero luego de tañendo a la misa de mañana ha de salir a la plaza a rescibir las bestias e acémilas e a de tañer una bocina o corneta para que los dueños de ellas se las saquen a la dicha plaza para de allí­ las llevar al pasto que por los señores del Regimiento le fuere mandado y que de como tañere la bocina o cuerno se retenga fasta un cuarto de hora en la dicha plaza a recibir el dicho ganado”.

También por referencias posteriores a esta época sabemos de la existencia de unos pilares donde se vendí­an las bestias, lo que convertí­a la plaza en un auténtico mercado de ganado.

Las actividades festivas también se desarrollan en la plaza pública. Aquí­ se corrí­an las vacas y novillos desde el dí­a de San Juan hasta el de San Miguel. En documento de 1527 se afirma que esa actividad es uso y cos­tumbre, por lo que, sin forzar excesivamente el dato, se puede retrotraer a época bajomedieval. También tení­an lugar otros espectáculos taurinos para cuya celebración se cerraba toda la plaza con barreras colocadas a la entrada de las calles, tal y como figura en documentación posterior. También, como actividad festiva, debemos citar la colocación del mayo en la plaza para celebrar la llegada de la primavera.

El proceso de formación de la plaza resalta por la originalidad en lo que tiene de no responder a los esquemas tí­picos de la plaza medieval, esto es el escaso tamaño, carácter descentrado que aprovecha la confluencia de varias calles o el espacio situado entre las puertas y el inicio de las calles. Por contra, la plaza orduñesa destaca por su amplitud, su ubicación en el centro de los tres núcleos en el que confluyen las diez calles, espacio destinado al mercado que adquiere una forma regularizada y se rodea de soportales que se convierten en elemento de unificación y equilibrio.

Como se ha visto, la consolidación de la plaza se produce a finales del siglo XV y principios del XVI, lo que contradice la versión dada por algunos autores que sitúan su partida de bautismo en el siglo XVIII a costa de dos manzanas de la villa medieval, manzanas que, obviamente, nunca exis­tieron. La superficie resultante fue de unos 7.500 metros cuadrados con una ligera forma trapezoidal, aunque en el siglo XVIII se redujo cerca de 2.000 metros cuadrados al levantarse en ella el edificio de la Aduana.

 

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