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Breve historia del Alto Nervión: nacer y morir en la Edad Moderna

Breve historia del Alto Nervión: nacer y morir en la Edad Moderna

Los siglos XVI al XVIII (Edad Moderna) no están exentos de ciertos cambios y transformaciones pero desde luego conforman un bloque más homogéneo en comparación con el convulso XIX (en el que, no obstante, gran parte de las características propias de la sociedad del Antiguo Régimen se mantuvieron vigentes) y sobre todo con el XX.

Con la excepción de los cascos urbanos de Artziniega y Urduña/Orduña, el Alto Nervión durante la Edad Moderna fue, más que nunca, un mundo de caseríos. Pero, es importante decirlo, hay mucho de mito en torno al caserío vasco y la familia tradicional. Se nos ha transmitido una imagen conformada por el hidalgo vasco propietario de su caserío, identificado con un nombre propio, que lega íntegro al primogénito y así generación tras generación, conviviendo en la casa abuelos, padres y nietos. Es decir, la imagen de una familia troncal.

Como ha demostrado la historiografía, la familia troncal solo estuvo vigente en una parte de Euskal Herria pero ni mucho menos en todo el territorio. La mayor parte de la vertiente Mediterránea, la franja costera, el mundo urbano y ciertas áreas vizcaínas no se correspondían con este modelo de organización familiar, que fue elevado a la categoría de “modelo vasco universal” mediante discursos políticamente interesados.

En todo caso, en el Alto Nervión rural la familia troncal sí estuvo vigente. Independientemente del régimen jurídico vigente en los diferentes territorios (Fuero de Ayala, Fuero de Bizkaia en Laudio/Llodio, derecho real…), funcionó un sistema de unigenitura por medio del cual la Casa -entendida ésta no solo como la vivienda sino como el conjunto integrado por la misma, sus edificios accesorios, tierras de labor, montes, sepultura, vicos de molino, derechos y obligaciones comunales, etc.- era heredada por una sola persona para asegurar la supervivencia de la Casa y la familia.

Decimos unigenitura y no primogenitura porque, al menos en el caso de la Tierra de Ayala, es falso que por sistema heredase el hijo varón mayor: esto ocurrió con frecuencia pero podía heredar cualquiera de los hijos e hijas, y existen numerosos ejemplos de ello. A veces, el hijo mayor era enviado a estudiar, se le preparaba para sacerdote o emigraba, quedando la casa para otro hijo. Fue frecuente también que el caserío quedara para la hija más joven, aquella que más tiempo cuidaría de los padres. A la hora de decidir quién sería el heredero, entraban en juego muchos factores (capacitación y aptitudes personales, preferencias, necesidades contingentes, etc.). El resto de hijos eran apartados de la herencia con ciertas cantidades en metálico, bienes muebles, ropa, aperos, animales, etc.

En todo caso, era frecuente que si un individuo tenía dos caseríos dejaran uno para cada hijo. Es decir, la acumulación de propiedades no siempre se transmitió al heredero o heredera como sí ocurría con los mayorazgos, que eran indivisibles. Por otra parte, en lo que respecta a los nombres de las casas, en el Alto Nervión existen amplias zonas en las que simplemente los caserios nunca han tenido un nombre propio definido, siendo conocidos por el nombre de sus propietarios o moradores. Es cierto que muchos nombres de caseríos se han perdido con el tiempo. Pero no lo es menos que, según hemos documentado, muchos otros fueron conocidos con varios nombres distintos a lo largo del tiempo, generalmente en función de su dueño. La realidad es móvil y cambiante y no fija, más aún en un mundo en el que estos aspectos no estaban -ni tenían por qué estarlo- definidos.

Generalmente, se ha hablado mucho sobre la transmisión de la propiedad pero hay que decir que ni mucho menos todas las familias eran propietarias. Según la fogueración de la Tierra de Ayala del año 1725, el 55,18% de sus cabezas de familia eran propietarios; el 31,16% eran moradores/arrendatarios; el 5,97% eran viudas propietarias y el 7,68% figuran como pobres. Y el porcentaje de propietarios se fue reduciendo posteriormente.

Las familias propietarias y las arrendatarias no implementaron las mismas estrategias de cara a su supervivencia. A pesar de ello, las generalizaciones son la norma a la hora de hablar del caserío y la familia tradicional. Craso error. Es muy difícil reducir la rica casuística a un modelo único y universal. Había casas con abuelos, padres, hermanos y un montón de hijos, sí; pero también había casas en las que solo habitaba una persona, había matrimonios sin hijos, había casas que cambiaban de habitantes cada pocos años.

Por todo ello, a la hora de explicar las constantes demográficas de la época, hay que recurrir a comportamientos medios. Por ejemplo: la edad media de acceso al matrimonio estaba en torno a los 27 años en los hombres y 25 en las mujeres. Eso no significa que no hubiera hombres que se casaban pasados los 40 y mujeres que lo hacían con 17; que no hubiera matrimonios con escandalosas diferencias de edad, no siempre favorables al hombre. No obstante, el comportamiento medio indica que la gente se casaba con una cierta edad (téngase en cuenta que la mayoría de edad estaba establecida en los 25 años). Los matrimonios jóvenes eran raros, muy pocos se casaban antes de la veintena.

La gente no solo se casaba tarde sino que el matrimonio no era algo tan generalizado como cabría pensar. Entre los emigrantes, los religiosos y los que permanecían solteros en la casa natal, el acceso al matrimonio no era universal. Eso sí: era muy habitual que, si uno de los cónyuges fallecía, el otro contrajera matrimonio de nuevo, incluso varias veces.

El traspaso de la hacienda familiar se producía con ocasión del matrimonio del heredero y solía quedar reflejado en unas escrituras o contratos llamados “capitulaciones matrimoniales”. Nada se dejaba al azar. No podemos negar rotundamente que no existieran los matrimonios por amor entre propietarios pero, desde luego, y así se afirma en alguna ocasión en la documentación, ningún matrimonio se celebraba sin que las familias se hubieran puesto de acuerdo previamente. En aquellas familias no propietarias, probablemente había más margen para el romanticismo.

Lo ideal era que el heredero/a se casara con alguien de su mismo status económico o superior, que pudiera aportar una buena dote. Del mismo modo, los cabezas de familia trataban de obtener buenos matrimonios para sus hijos no herederos, aunque era habitual que algunos segundones se casaran y pasaran a habitar alguna casa en calidad de arrendatarios. Como es sabido, la emigración fue muy frecuente.

La gran mayoría de los que llamamos “propietarios” no eran más que humildes labradores. En general, y en comparación con los labriegos de otros lugares, en el Alto Nervión los labradores propietarios gozaron de unas buenas condiciones de vida, siempre en función del estándar de la época. La mayoría compaginaba la labranza con otro tipo de actividades, como la herrería, la carpintería, la zapatería o la cantería, y muchos fueron también arrieros, o tenían gente a su cargo (hijos o criados) que eran quienes realizaban la labor de arriería. Por lo tanto, los naturales de la comarca se movían mucho más de lo que pensamos, a Burgos, La Rioja, Bilbao y otras partes. El mundo del comercio, el transporte y los intercambios les era muy familiar. Algunos, incluso, lograban obtener las suficientes rentas para trabajar las tierras por medio de hijos, criados o empleados, dedicándose ellos a otras actividades lucrativas o de ocio. Muchos hombres sabían leer y escribir y participaban activamente de la vida pública de la comarca sin necesidad de ser, ni mucho menos, grandes señores.

La documentación histórica nos proporciona muchos ejemplos de personajes que recibieron una buena educación en Oñati o Alcalá de Henares, o que se labraron carreras notables en diversos campos, a pesar de proceder de estas familias de labradores propietarios. Es decir: muchas familias de labradores tenían suficientes recursos como para pagar una buena carrera a uno de sus hijos. Creemos que la imagen algo depauperada del mundo rural tradicional está basada, en primer lugar, en una comparación del todo improcedente con los estándares de prosperidad actuales; en segundo lugar, en tiempos más cercanos en el tiempo, como la segunda mitad del siglo XIX hasta la posguerra, que sí fueron tiempos de crisis agrícola y mayor penuria económica que los que estamos reseñando (siglos XVII y XVIII, sobre todo); y, en tercer lugar, en centrar la mirada en otros ámbitos vascos, como Gipuzkoa, cuya situación sí era más complicada por aquel entonces.

En lo demográfico, la media de hijos por matrimonio estaba en torno a los 4-5 hijos. No pocos morían al nacer o en los dos primeros años de vida, incluso en plena juventud. Por eso, a veces solo uno de los hijos llegaba a adulto, o ninguno. A veces, algunos matrimonios lograban que siete u ocho hijos llegasen a adultos pero no era la norma. Las familias con más hijos eran la excepción. Por el contrario, los matrimonios sin hijos eran más comunes; en esos casos, casi siempre dejaban como heredero a un sobrino/a.

La muerte estaba muy presente en estas sociedades, ya que podía llegar en cualquier momento. Pero no hay que dejarse engañar por las estadísticas de la esperanza de vida, totalmente condicionadas por la mortalidad infantil, de modo que es totalmente falso que una persona con 40 años fuese anciana. Hay que tener en cuenta que, cuando un matrimonio propietario legaba la hacienda a un hijo o hija, habitualmente estaban próximos a los 60 o incluso los habían superado. Y es frecuente que a esa edad aún se mantuvieran activos en la labranza, como figura en las capitulaciones matrimoniales. Hemos visto incluso a un hombre de más de 70 años participando en un reconocimiento de los montes de Altube y Gorbea que duró días. En definitiva, una persona bien podía alcanzar los 70 años en buenas condiciones físicas y mentales. O incluso más. No era la tónica general como lo es hoy, pero no era nada extraordinario.

www.cronicasdelaltonervion

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