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Breve Orduña

Breve Orduña

1975 (22)Fundada en 1229, Orduña fue una escala fundamental en el transporte de mercancí­as entre la Meseta y la costa

Texto: Orduña es la única ciudad de Vizcaya. Como se lee. Y su singularidad reside tanto en su tí­tulo como en su situación geográfica y su devenir histórico. Para empezar, porque se encuentra en la provincia de ílava y ninguno de sus extremos roza siquiera con la vizcaí­na, pero sí­ con tierras burgalesas. Otra de sus peculiaridades es que, con menos de 4.000 almas, ostenta un rango vedado a poblaciones mucho mayores. Se trata de uno de esos privilegios históricos que han hecho de Orduña lo que es.

A primera vista, se muestra como un escenario natural cuyo graderí­o lo constituye el perfil de la Sierra Salvada. Desde este circo es posible contemplar en panorámica el valle y los núcleos urbanos que lo componen. Si la primera toma de contacto se produce en perspectiva, desde lejos, existe otro mirador de visita obligada: el balcón del Nervión, que cuenta con el atractivo añadido de la caí­da desde 150 metros de altura de la vena acuí­fera de Vizcaya.

Las tierras altas de la Sierra Salvada añaden al espectáculo visual su riqueza arqueológica, pues guardan el testimonio mudo de los primeros habitantes de la zona. Allí­ se encuentra el Dolmen de las Campas de la Choza, que resiste a la intemperie en la estación pastoril de Añes desde la Edad del Bronce.

Restos de la muralla

El monte Txarlazo, de 938 metros de altitud, es otro de los miradores clásicos. En su cima se yergue la estatua de una enorme virgen que parece vigilar y proteger por igual a quienes viven a sus pies.

Precisamente, esa imagen religiosa conforma otra de las referencias de la localidad: Orduña es desde la Edad Media el lugar elegido por muchas congregaciones para asentarse. Hoy, edificios como el convento de Santa Clara, la iglesia de los Jesuitas y el colegio de la Compañí­a de Marí­a son parte fundamental del patrimonio artí­stico de la ciudad.

Pero si por algo ostenta tal tí­tulo es por su importancia económica. Su emplazamiento geográfico hizo de ella paso obligado en el transporte de mercancí­as de la Meseta a la costa.
Orduña fue una de las primeras villas que se crearon en el Señorí­o de Vizcaya y fue fundada por Lope Dí­az de Haro IV allá por el año 1229. Dos siglos después, le fue concedido el privilegio de ciudad.

De aquella época conserva el 65% de una muralla que, en los buenos tiempos, alcanzaba los ocho o nueve metros de altura y más de uno de grosor a lo largo de 1,8 kilómetros. De hecho, es el conjunto defensivo público más completo de la provincia vizcaí­na. Su zona más visible se halla en la calle Burdin, junto a la imponente iglesia de Santa Marí­a, y establece el lí­mite del casco histórico de Orduña. El resto del perí­metro se ha convertido en muro zaguero de las casas.

El templo gótico de Santa Marí­a se levanta sobre la muralla, con lo que la iglesia se asemeja a una fortaleza más que a un recinto sagrado. Esa imagen exterior, sometida actualmente a obras de mantenimiento, se traduce en un interior oscuro, frí­o, donde la luz penetra apenas por un par de pequeñas ventanas. En la penumbra se perfila un retablo barroco de madera policromada y, en su centro, una imagen del siglo XVII que representa a la Virgen de la Asunción.

Calle Burdin arriba, un arco da entrada a la plaza central de Orduña, aquella en la que durante siglos se han celebrado las ferias y mercados. Es la Foru Plaza o Plaza de los Fueros. Los estilos arquitectónicos se reparten el espacio sin complejos. A la espalda, sobre el arco, se halla el Ayuntamiento, coronado con una torre en la que las cigí¼eñas, abundantes en la zona, han hecho nido.

Frente a frente con el Consistorio está el edificio neoclásico de la Aduana, que se encuentra también en obras. Las tres plantas que lo componen, labradas en sillerí­a y mamposterí­a caliza, ofrecen la misma imagen monumental que la iglesia de Santa Marí­a. No en vano, la Aduana era el centro neurálgico establecido por la Corona para controlar el tránsito de mercancí­as. El pórtico de entrada responde a la exigencia de la época de establecer cierta concordancia con los inmuebles de alrededor.

A la izquierda del edificio, sin uso desde 1833, el barroco se ha hecho un hueco con la iglesia de la Sagrada Familia o de los Jesuitas. A la derecha, escoltan a la Aduana dos palacios, el de Mimenza y el de Dí­az-Pimienta. El primero, renacentista, mezcla a la perfección piedra y ladrillo, columnas toscanas y arcos casi mudéjares. Tal arquitectura no es ni mucho menos frecuente en el Paí­s Vasco.

Más adelante, cerca del Ayuntamiento, el palacio de los Dí­az-Pimienta representa el estilo barroco tardí­o, delimitado por sus dos torres.

La leyenda del templo

Otro hijo de las grandes fortunas de Orduña es el palacio de los Ortés de Velasco, a escasos metros de Santa Marí­a. Sus orí­genes se remontan posiblemente al medievo, y de ahí­ su estructura de piedra que recuerda a una casa torre. En la última planta sobresale un pequeño balcón solitario; en el medio, resiste un escudo bastante deteriorado; en la baja, el pórtico con vigas de madera muestra arcos decorados con relieves.

Una vez vistos los edificios más representativos de la parte vieja de Orduña, hay lugar para el paseo. El de La Antigua, que sale desde la Plaza de los Fueros, lleva en apenas un kilómetro, a la sombra de los árboles y los caserones, hasta el santuario del mismo nombre. Desde lejos, desde el puente que pasa sobre las ví­as del tren, sólo se percibe un bosque de castaños y pinos. Un poco más cerca, existe una fuente datada en 1802 que tiene a sus pies un inmenso laburu blanco.

Una vez allí­, faltan unos escalones para adentrarse en La Antigua, fundada sobre los cimientos de una leyenda. Cuentan que un pastor encontró una talla de la virgen enredada en las ramas de una morera en el Txarlazo. Hay noticias de un primer templo en el siglo X, pero el resto más antiguo que queda en pie es una puerta gótica del siglo XIV que da entrada a la hospederí­a aneja al santuario. De la misma época es la imagen que preside el interior. El templo actual, punto de encuentro del valle, data de finales del XVIII.

Elena Sierra

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