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Orduña (Núcleo original)

Orduña (Núcleo original)

P1000562Ha amanecido el dí­a un tanto tristón. Las nubes se han adueñado progresivamente del cielo. Nubes negras que no auguran nada bueno. De hecho me han desanimado a visitar los dos Lendoños. Lo dejaremos para otro dí­a y, quizá también, la subida al Tologorri por la “senda negra”. Ello no ha impedido una ligera vueltecita por la huerta y un detenido riego a las cuatro plantas existentes… ¡Soy de los pocos que está comiendo tomates recién cogidos de la planta!

He comprado el periódico, y con toda la tranquilidad posible, me he decidido a recorrer, una vez más, la parte más antigua de la Ciudad. Me refiero a la que fue aforada en 1229 por Lope Dí­az de Haro, señor de Vizcaya. Fuero de Vitoria que recoge el de Logroño. Según algún autor el origen del poblamiento orduñés habrí­a que situarlo en el entorno donde hoy se asienta el Santuario de la Antigua, ubicado a mayor altura y más protegido que el actual. Tendrí­a que ver con el siglo VIII y la amenaza de invasión musulmana. Finalizada esta circunstancia la población se trasladarí­a a un lugar más próximo al valle, de orografí­a más benévola, con cierta facilidad para la defensa de los nuevos intereses nobiliares y con más posibilidades económicas.

El primer núcleo urbano constaba de tres calles: dos laterales (calles del Hierro o Arriba y Carnicerí­a o Abajo) y una central (calle Medio).Tení­an una disposición Este-Oeste siguiendo el eje, fundamental en aquel momento, Vitoria-Costa (por Valmaseda y Castro). De la entonces villa orduñesa saldrí­a, siguiendo la estela del rí­o Nervion, otro importante camino proveniente de la Meseta hacia la Costa (primero hacia Bermeo y, luego, hacia Bilbao). Todo el recinto estaba protegido de una cerca o muralla (en algunos casos las propias viviendas) que tení­a sus puntos clave en las dos torres almenadas (la actual junto al Ayuntamiento y una segunda en el inicio de la calle Carnicerí­a) y en la Iglesia de Santa Marí­a (fortaleza sobre la propia muralla). Extramuros de la calle Carnicerí­a, sobre una suave colina, se levantaba el castillo de San Martí­n que llegará a ser con el tiempo la más imponente de las fortalezas del señorí­o. Levantado, seguramente, en el siglo VIII acabó siendo punto extremo de fricción entre la villa y el poderoso linaje de los Ayala que, desde la fortaleza, hací­an la vida imposible a la población. Derrotados los Ayala en la Guerra de las Comunidades (siglo XVI) pasará a ser propiedad de la ciudad. Poco después, los propios orduñeses la incendiarán y la arrasarán para evitar que nadie volviese a las andadas. El solar pasará, posteriormente, a formar parte del Colegio de la Compañí­a de Jesús y gran parte de su canterí­a será utilizada en la construcción de la Aduana. En el propio Castillo existí­a una de las “neveras” de la ciudad encontrándose otra en Goldecho.

He iniciado el recorrido desde mi propia casa. Está ubicada detrás de la Iglesia de Santa Marí­a, construida en su mayor parte en el siglo XV en planta de cruz latina y cinco naves, de las que las exteriores están ocupadas por “capillas”. Desde el balcón de mi cocina puedo observar su rectangular ábside, los potentes contrafuertes y los poderosos muros que no sólo sustentan el edificio sino que formaron parte de la primera muralla prolongándose hasta cerrar completamente las tres calles por su lado Este. La única puerta en este lado se abrí­a en el extremo de la calle Carnicerí­a (Puerta de Santa Marina o Portal de Don íñigo) por donde entrarí­a en la ciudad el camino proveniente de Vitoria. Sobresalen, en dicho ábside, varios ventanales ojivales, en unos casos con vidrieras y en otros cegados (aquellos que se corresponden interiormente con el retablo). Por debajo de estos ventanales y a una altura respetable se vislumbra el hermoso “paseo de ronda” al que se accede desde el brazo derecho del crucero. El lugar que ahora ocupa mi casa eran unas “eras” (eras de Perí­n) del barrio de las “adoberí­as”, muestra de la actividad “zapatera” que se desarrollaba en las inmediaciones. La presencia del arroyo “Quintana” o, popularmente, “Matapulgas” favorecerí­a esta importante actividad al igual que la de un molino allí­ existente, utilizado por el gremio de los zapateros (muy potente en aquel entonces) La “tradición” molinera no se perdió porque, hasta no hace demasiados años, existió una de tales instalaciones, bien que eléctrica. Este arroyo tiene su origen en la “Fuente de la Teta” y desagua, a pocos metros de mi casa, en el Nervión. Adosado a la Sacristí­a (construida en el siglo XVI) se levanta hoy dí­a un edificio habitado que, me contaba mi padre, quiso ser una especie de “cooperativa” de zapateros. Desconozco lo que hay de verdad en ello pero, el lugar, era, históricamente, el adecuado. Curiosamente entre la trasera de la iglesia y las tres o cuatro casas de Adoberí­as discurre un camino llamado “tras Santiago”. Algunos datos de presencia de “romeros”, referentes a que no se les cobre impuestos, nos indican que por este lugar discurrí­a un camino transversal que poní­a en contacto el “camino costero” con el “interior o principal”.  

Paso el “puentecillo” sobre el “Matapulgas” y dejo a mi derecha el moderno ambulatorio. Siendo niño aquí­ habí­a una hermosa huerta y junto a ella una “centralita eléctrica” (mi padre solí­a atenderla de vez en cuando) y dos o tres casas “herederas” de las adoberí­as. Bajo el imponente muro de la Iglesia busco, una vez más, algún resto que permita suponer la existencia de “cripta”. ¡Vano intento!…. El importante desnivel de la Iglesia respecto a la calle debe estar superado con relleno… ¡Pena de excavación!… ¿Existirí­a algún templo anterior?  Bordeo el ábside hasta tropezarme con los restos, igualmente impresionantes, de la segunda muralla. Apenas dos cubos cuadrados (en el  primero de ellos aún se aprecia una ventana rasgada cegada) y sendos lienzos bastante bien conservados y cuyo interior, perdida la función defensiva, acogió el cementerio extraeclesial a finales del siglo XVIII (aun se conserva la entrada desde el pórtico de la iglesia). Esta muralla tiene aproximadamente cien metros. No hace muchos años se excavó el espacio interior descubriendo abundantes enterramientos en diversos niveles. Quizá antes de ser cementerio (ubicado en un principio dentro del mismo templo) fue una especie de “patio de armas” de la vieja puebla.

La construcción próxima a esta muralla de unas modernas viviendas sacó a la luz unas estructuras de forma cuadrada realizadas en ladrillo que, por lo visto, corresponden a depósitos u hornos de alguna antigua alfarerí­a. Bordeo la calle del “Hierro” por su exterior utilizando un nuevo “vial” que me lleva hasta la única torre almenada existente. Las actuales traseras de las casas muestran algunos restos de la primitiva cerca sobre la que o bien están construidas o bien han aprovechado algunos de sus materiales. La citada “torre almenada” alberga, hoy dí­a, algunas dependencias municipales. Junto a ella el Ayuntamiento, un hermoso edificio barroco, remodelado en 1771, realizado en piedra en sus dos primeras plantas y en ladrillo en la tercera, con su fachada cerrando uno de los ángulos de la actual plaza. En sus bajos, dentro de la papelerí­a allí­ existente (cuando yo era niño aquí­ habí­a una tienda de telas y la señora que la atendí­a se llamaba Conchita), unos impresionantes arcos pétreos ojivales nos muestran la solidez del edificio. Observo su fachada desde la plaza. Un amplio balcón corrido recorre toda la planta primera. En su interior, el Salón de Plenos. La segunda planta presenta tres ventanas sencillas que, en su tiempo, fueron vivienda del alguacil. La tercera planta, toda en ladrillo, se compone de un friso continuado de ventanas que, hasta no hace mucho, serví­a de Biblioteca Municipal. En la parte de la torre, se ubicaba la “cárcel o calabozo” municipal. Recuerdo todo ello con mis ojos de niño. Me era un edificio muy entrañable porque solí­a ir a la Biblioteca (entonces pasábamos allí­ varias horas de la tarde) y, sobre todo, mi “tí­o” Esteban, que era alguacil, vivió allí­ algunos años.

Paso por el arco de Santa Marí­a o Portal Oscuro (única Puerta que se conserva de la vieja puebla) y me dirijo hacia la Iglesia de Santa Marí­a (única Parroquia hoy existente). Es la calle del Hierro. No aprecio ninguna casa blasonada aunque algunas tienen su parte baja construida en piedra bien tallada y unos airosos miradores. Algunas fachadas han sido reconstruidas y, por ser todo el casco declarado de interés monumental, han debido respetar esta piedra y ser pintadas con colores predeterminados que, por lo que dicen, son aquellos que tení­an originalmente. Debemos decir que la ciudad sufrió un incendio en 1451 (que afectó a cuatro calles) y otro, más voraz, en 1535 que afectó a gran parte del casco urbano. Nada tiene de extraño la ausencia de edificios notorios. Cuando era niño en esta calle existí­an dos “sillerí­as” (Fuentes y Lecanda) y una “panaderí­a” (Melitón). Una “coplilla” decí­a “Melitón tení­a tres gatos, a los tres les puso zapatos, a la gata le daba turrón, vivan los gatos de don Melitón”. Además existí­a la “fábrica de hielo y gaseosas”  de Eduardo Olabuenaga (primo de mi padre). Hoy dí­a todas ellas han desaparecido. En la sillerí­a de los Lecanda pasé muchos ratos enredando con clavos, martillos, formones, maderas y puntas. Incluso aprendí­ a tejer con cuerda los asientos de las sillas. Mi tí­o Guillermo era uno de los Lecanda. Recuerdo que, a veces, les acompañaba a llevar sillas en un carromato a la estación de RENFE y, posteriormente, siempre “caí­a” algo en el Bar próximo (hoy dí­a desaparecido).

Llego a la Plazoleta que da acceso a la Parroquia. Fue inexistente en los primeros años cuando el caserí­o llegaba hasta sus inmediaciones. El Pórtico que ahora se ve es de finales del siglo XVIII. Cerrando la plazoleta permanece en pie el edificio de las Escuelas Municipales (hoy Casa de Cultura).  Se levantaron en 1882 sobre los terrenos de una huerta comprados por el Ayuntamiento. Yo no asistí­ a ellas (mi escuela fue la que regentaban las Hijas de la Caridad en el Hospital) pero sí­ recuerdo que en su “altillo” viví­a el sr. Juan (el Sacristán).Accedo por allí­ a “calle Medio” (o Santa Clara) y asciendo hacia la Plaza (única salida de esta calle en sus inicios y donde existirí­a una segunda puerta). La actual salida hacia las Adoberí­as (moderno Ambulatorio) es de 1911 y se hizo derribando un “martinete” que los Ortés de Velasco tení­an allí­. Junto a la Parroquia existió un pequeño Hospital o, más bien, una casa para asilo de pobres e indigentes. Debió estar situado en el espacio existente entre la actual “casa cural” y la Iglesia. Fue una fundación privada, si no recuerdo mal, de un tal Echegoyen.

Ningún edificio tiene especial significado aunque abundan las plantas bajas de canterí­a. Sí­ que hay algo que me llama la atención: la cantidad de balcones de labradas rejas que tienen todos lo edificios. ¡Merece la pena entretener la vista!  Recuerdo que, separadas por la estrecha calleja funcionaban las “zapaterí­as” de Murias y de Eguiluz y, casi al final se encontraban la tienda de “ultramarinos” Laibarra y, enfrente, según me dicen, el Bar de Higinio. Hoy dí­a han desaparecido todas estas actividades. Una moderna “pescaderí­a” se ubica donde estuvo el Bar. Antes de girar a la izquierda (por seguir mi ruta)  anoto que en el hastial de la derecha se ubicaban la “ferreterí­a” de Cristóbal, la “alpargaterí­a” de Olazarán, el “electrodomésticos” 0.95, la “barberí­a” del Chato, la “tienda de telas” de Acebedo y el “estanco” de Macán. Siguen vigentes algunos de ellos. Giro, pues, a mi izquierda por el “hastial” y paso delante del afamado comercio de “Mantecadas Badillo” y la más moderna “Oficina de Turismo”. Siendo niño, por aquí­ estaba la “barberí­a de Cacun” y una tienda de ropa. En la esquina de este hastial debió estar ubicada la segunda de las torres que protegí­an el flanco Oeste de la Ciudad, llamada del “reloj”. En sus bajos existí­a la carnicerí­a pública y, posiblemente, el matadero, de ahí­ el nombre de la calle.

Antes de entrar a la “calle Carnicerí­a” contemplo la fachada de la Iglesia de San Juan (hoy de la Sagrada Familia) de la que, quizá,  hablaremos algún dí­a. La Iglesia no es sino la cara de uno de los más prestigiosos Colegios (junto con el de Chamberí­ de Madrid) que tuvo la Compañí­a de Jesús en España. El establecimiento se ubicó ocupando parte del caserí­o de calle Burgos, parte de la calle Carnicerí­a y todo el espacio del Castillo. El Colegio era, siendo yo niño, “juniorado” de la propia Compañí­a hasta su traslado a Villagarcí­a de Campos en Palencia. Hoy dí­a, la  Iglesia está en desuso y con su fachada en lamentable estado debido al deterioro de la piedra. El reloj y varios nidos de cigí¼eñas son sus “moradores”. Un buen puñado de orduñeses se formaron en este Colegio-Seminario y, no pocos, ingresaron en la Compañí­a, entre ellos mis familiares José Antonio e José Ignacio Ruiz Olabuenaga. Los “certámenes bí­blicos”, las “expediciones  pastorales a las aldeas” y la participación en las procesiones de los “Cruzados de Cristo” son algunos de los recuerdos que se mantienen en mi mente. El Colegio, hoy dí­a, es regentado por los PP. Josefinos de Murialdo. La “vieja torre” del inicio de la calle recibió, en su momento, el nombre de “torre del reloj”. Me pregunto si el reloj que aún funciona (¡vaya si funciona!),  ubicado a  pocos metros del lugar, tendrá algo que ver con esta historia.

Desciendo por dicha calle (aún sin urbanizar) dejando a mi derecha, hasta su final, un desigual muro que encierra algunas instalaciones del propio Colegio. A finales del siglo XVIII, en el arranque de la misma, se ubicaba el “Juego de Pelota” y, el resto de su lateral derecho, estaba ocupado por huertas cultivadas. Aquí­ permaneció este espacio deportivo y de ocio hasta su trasladado a la calle San Lucas. En 1931 se construyó un nuevo frontón (tras la venta del solar de San Lucas) en el campo de San Juan, lugar donde hoy dí­a sigue existiendo aunque haya sido remodelado integralmente no hace muchos años. Entre estas huertas y el castillo se extenderí­a la muralla. Tengo la impresión de que el actual “muro” (al menos hasta el portón de entrada a los campos de deportes) reutiliza muchos de los materiales de la vieja muralla. El lateral izquierdo, muy poco ocupado durante años, va, poco a poco, colmatándose con viviendas. Frente a la citado “portón” del Colegio contemplo algunos restos de una edificación que debió ser importante. Lo muestra un fuste de alguna portada palaciega y un escudo nobiliar totalmente erosionado que ha sido respetado por las nuevas edificaciones. Tras la “calleja” correspondiente me sorprende un frondoso “jardí­n” que da acceso a uno de los varios “palacios” que aún se conservan en la ciudad: el de Ortés de Velasco. Es una edificación  de traza militar aunque, en el siglo XVI, fue modificado para vivienda. Formaba un todo continuo defensivo con la Parroquia y únicamente se abrí­a en su lateral el “portal de Santa Marina” o “Arco de Don Iñigo” (derribado en 1912  y con alguna leyenda referente al hallazgo de una tinaja con monedas de oro. Uno de los arranques aún puede verse. El palacio está labrado totalmente en piedra y de una elegancia destacable. Tiene tres fachadas y dos puertas, una de las cuales (que da a la calle) está cegada y, sobre ella, se distingue un hermoso escudo pétreo. La ampliación del palacio en el siglo XVI  sobrepasó la muralla y añadió un cuerpo porticado que aún se conserva. A esta ampliación debe hacer referencia la fecha 1598 que se encuentra en una cenefa sobre el arco izquierdo. Un poquito más a la izquierda de esta fecha existe otra “inscripción” que no me es posible descifrar dado el grado de deterioro de la piedra. Sobre una de las ventanas se conserva otro escudo que, al parecer, está tallado en madera. Esta arquerí­a y palacio era la primera visión de la Ciudad cuando se accedí­a a ella por la carretera de Vitoria, obra que fue realizada en 1854. El cuerpo porticado (tres arcos de medio punto) se ve enmarcado por un potente cubo de muralla con el que da inicio “calle Medio”.

Llegado a este punto he completado el recorrido. A pocos metros se encuentra mi casa. Un buen paseo urbano que me acerca a la más antigua traza de la ciudad pero que los incendios y una cierta desidia institucional de años anteriores han hecho desaparecer elementos más significativos, especialmente la puerta de Santa Marina y la torre del Reloj. Sin embargo la traza “gótica” y algunos elementos del alzado pueden aún contemplarse en los modernos edificios. Quiera Dios y la voluntad vecinal que lo que aún podemos ver pueda ser conservado racionalmente.

1 comentario

  1. andrea orduña

    bueno que decir.. soy argentina y como veran llevo en mi apellido el nombre de esa ciudad la cual me encantaria alguna vez en mi vida conocer.. pero bueno en mi pais las cosas no estan para andar derrochando plata… si pudieran brindarme mas informacion y fotos de esta ciudad la ire conociendo online… desde ya gracias quizas asi encuentre la historia de mis antepasados

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