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De ruta molinera por ílava

De ruta molinera por ílava

Las localidades del valle de Arrastaria, circunscrito a Amurrio, aún conservan sus molinos harineros. Aloria reformó el suyo y Artomaña lo hará en breve, pero el único que funciona es el de Delika que data de 1818. El de Tertanga esta en ruinas

Noticias de álava

Marcelino Uzkiano desvela los secretos del antiguo molino harinero de Delika, que aún funciona perfectamente.

Tuvieron su época dorada durante los siglos XVI y XVII, aunque ya existí­an en el siglo V antes de Cristo. Hablamos de los molinos hidráulicos harineros. Un invento que ayudó a alimentar a la humanidad durante siglos y que, con la subida del precio del trigo a partir del año 1750, inició su decadencia en cuanto a número, sin llegar a desaparecer. De hecho, la técnica fue mejorando y muchos se convirtieron en molinos de cebo para piensos, otros en fábrica de harinas y los menos, en productores de energí­a eléctrica. En las cercaní­as de Amurrio, concretamente en los cuatro pueblos que configuran el Valle de Arrastaria, tenemos un claro ejemplo de este oficio ancestral que los vecinos han ayudado a mantener en contra del paso del tiempo.

Empezamos nuestra ruta molinera por Aloria, dirigiéndonos a las afueras de esta pequeña localidad -de marcado carácter rural- ya que el molino, tal y como nos indica un labrador, se encuentra alejado del centro, exactamente bajo el imponente puente de piedra sobre el que transcurre el ferrocarril, en dirección a la meseta castellana, y en la confluencia de los caminos que ascienden a Monte San Pedro.

El exterior agrada. De hecho, el inmueble -ubicado en el número 18- fue reformado hace unos años y luce impoluto. Sin embargo, el mecanismo no funciona “porque la rejilla del agua está muy atascada, aunque está todo restaurado”, comenta el joven lugareño Javier Ugarte, que no obstante nos informa de que el lugar es un foco de visitas de excursionistas que se acercan a que se les enseñe y explique su funcionamiento.

“Los del pueblo ya no lo usamos, porque disponemos de tractores para moler grano para el ganado. Pero esta misma semana empezaremos a reparar el camino de acceso y quedará casi listo”. Ugarte hací­a referencia a una de las obras financiadas a Amurrio a través del Fondo Estatal de Inversión Local, adjudicada a una empresa del lugar por 13.290 euros, que consistirá en reparar el camino público que une Aloria con su molino.

A la vera del Artomaña.

Con las mismas nos dirigimos a Artomaña. Y es que el Ayuntamiento de Amurrio acaba de otorgar licencia de obra a esta Junta Administrativa para que aborde la restauración de su molino harinero, en base a un proyecto redactado por Arke Arquitectos, que respetará tanto la imagen exterior como la tipologí­a de este edificio, que el pueblo se ha decidido a proteger.

Atravesamos la plaza, aún engalanada con las banderitas de las recientes fiestas de San Jorge, y tomamos la estrecha callejuela entre caserí­os que conduce al este de la localidad. La majestuosidad del paraje en consonancia con el paso de un riachuelo, el Artomaña, encoge el alma y nos hace sentirnos muy pequeños. Bajo la inmensa arcada de otro puente ferroviario, y anclada en el margen de un camino en pendiente, entrevemos una casa de una planta, que a todas luces necesita una reforma. Es el número 39 de Artomaña, la dirección que buscábamos.

reforma en breve

En la parte alta del viejo inmueble, levantado sobre roca, encontramos el embalse que alimenta de agua a la maquinaria del molino -de cubo de rodetes- para ponerlo en funcionamiento. Pero para verlo como en sus buenos tiempos habrá que esperar. No en vano, la reforma -que debe dar inicio antes del 12 de septiembre y culminar en el plazo de dos años- se abordará en dos fases. La primera presupuestada en 42.861 euros es una intervención de urgencia que consistirá en devolver su esplendor a la estructura de madera y los muros del inmueble; mientras que en la segunda, cifrada en otros 38.384 euros, se plantea restaurar la maquinaria del molino, recuperar el canal del agua y acondicionar el entorno natural.

De la historia de este molino solo queda constancia en un documento de 1815, correspondiente a la venta o suerte entre vecinos, ya que un incendio acaecido en el pueblo quemó la mayor parte de su archivo histórico. No obstante, las gentes del lugar afirman que “hasta hace 20 años, todos podí­amos usarlo, porque así­ estaba recogido en las escrituras de todas las propiedades del pueblo, que establecí­an las horas de uso por vecino en función de éstas. Ahora sólo pretendemos repararlo con urgencia, porque si no va a ser irrecuperable”.

Son casi las cinco de la tarde, así­ que partimos hacia Delika tras haber concertado una visita con Marcelino Uzkiano, el que ha sido administrador del molino harinero de esta localidad -antiguo Ayuntamiento de Arrastaria- durante los últimos 25 años. Nos aguarda en su casa y nos dice que tomemos el camino que conduce al margen izquierdo del rí­o Nervión, a escasos kilómetros de su nacimiento. Antes de llegar al paso a nivel sobre la ví­a del tren, hace un alto en un caserí­o; “parad aquí­ que cojo la llave, la guarda un vecino”, explica.

Continuamos por la senda ganadera y llegamos a un claro en el bosque, junto al que se encuentra un denostado edificio con tejado a dos aguas, enclavado en el mismo rí­o y localizado en el número 75. “Antes que molino fue yesera, ahí­ está el calero todaví­a”, señala en dirección al cauce, mientras hace girar la antigua y gigantesca llave de hierro que abre la puerta.

En el umbral, dado el evidente estado de deterioro de la madera del tejado y leí­da la losa de piedra -con la inscripción Año de 1818- anclada en el vano, nada hace presagiar la maravilla que estamos a punto de contemplar. Y es que Marcelino, ajeno a nuestros pesimistas presagios, comienza a explicar el funcionamiento de la maquinaria, al tiempo que con tan solo levantar un artilugio que denomina “zarrapuerta”, hace que unas gigantescas piezas de piedra se pongan en movimiento, dejándonos con la boca abierta. ¡Funciona!

52 socios

“El molino lo hicieron los socios, aún hoy somos 52, las piedras se trajeron de Baranbio. Antes se molí­an aquí­ miles de fanegas (44 kilos) al año para dar de comer al ganado, pero ahora se compra el pienso, sólo lo uso yo muy de vez en cuando para moler grano para unas palomas que tengo”, nos explica, al tiempo que señala que “ya solo funciona la muela de harina negra o para ganado, la de harina blanca para consumo humano está atascada abajo. Es una pena, no me gustarí­a morirme sin verlo restaurado, por lo menos el tejado. La idea es cederlo al pueblo para que capte subvenciones y pueda reformarlo como Artomaña, pero hay socios indecisos. Serí­a bonito para que los niños puedan a venir a verlo y sepan cómo se trabajaba antes. Muchos excursionistas que pasan por aquí­ y me pillan moliendo me piden permiso para mirar y se quedan encantados. Yo lo he visto toda mi vida, pero a la gente le choca”, sigue contando.

No es para menos. En el exterior, Uzkiano muestra la presa o “pesquera” en la que acumulan el agua que, a través de un canal, pasa al molino con la fuerza suficiente para golpear los rodetes situados debajo del piso del edificio, haciendo girar las grandes piedras o muelas del interior. “Si os fijáis, tienen estrí­as que son las que trituran el grano. Pero ponemos encima un guardapolvos de madera para proteger la piedra y sujetar la tolva donde echamos el grano. El agua sale después por el cárcavo, a través de ese canal que veis por la ventana, y devuelve el agua al rí­o por el otro lado “, relata, al tiempo que rememora aquellos dí­as de San Miguel en que quedaban “para picar la piedra y mantener las estrí­as en condiciones, porque el molino estaba en funcionamiento las 24 horas del dí­a, excepto los domingos, que se arrendaba.

Cada socio tení­a bico, lo que viene a ser dí­a y hora asignada para moler. De seis de la mañana a seis de la tarde, uno, otro de seis de la tarde a seis de la mañana…; es decir: doce horas por socio al dí­a. Prácticamente todas las familias del pueblo mantienen el derecho de bico, pero ahora solo vengo yo”, sentencia, a la par que nos informa de que el molino de Tertanga, el último que queda por visitar para culminar esta curiosa ruta, “esta medio abandonado, hace mucho que no lo usan, pero ir si queréis”.

Pese a todo, nos acercamos. Marcelino tení­a razón, la maleza lo cubre y es imposible el acceso. Y es que la mayor parte de los molinos que subsisten en la actualidad se encuentran, lamentablemente, en estado ruinoso. Un hecho que nos convence de que lo visto ha sido todo un lujo para nuestros sentidos, y damos por excelentemente bien invertida la jornada. No todos los dí­as se hace un viaje en el tiempo. Acércate y lo comprobarás.

 

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