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Orduña y Primera Guerra Carlista

Orduña y Primera Guerra Carlista

El pleito sucesorio estalló a la muerte de Fernando VII el 29 de septiembre de 1833. Su hermano Carlos no aceptaba la renuncia a sus derechos al trono.

Los liberales, partidarios de los derechos de Isabel, y los defensores de la lí­nea, encabezada por don Carlos, terminaron por enfrentarse entre sí­. Y, de este modo, los españoles se dividieron en cristinos, personificados por los liberales, y los carlistas.  Cristina, regente del Reino, la deificaban los liberales, y los carlistas la odiaban.

Era necesario conocer estos antecedentes para comprender la í­ndole de la Guerra Civil que iba a estallar.

La Diputación General de Vizcaya, con los representantes del Señorí­o reunidos aclamaron espontánea y unánimemente a la serení­sima señora princesa Marí­a Isabel. Juan Felipe de Ibárrola proclamaba como rey absoluto en Orduña a don Carlos de Borbón, al dí­a siguiente, 4 de octubre de 1833. El valle de Arrastaria se sumó también ­muy pronto al carlismo.

 

Para sofocar el brote carlista, llegaron de Vitoria a Orduña 80 carabineros y 12 jinetes del regimiento de San Fernando al mando de Jaime de Burgues. Les hace frente Ibárrola, acompañado de Goiri, pero cede ante al empuje de las fuerzas liberales y abandona la ciudad dejando algunas armas, no sin antes haberse apoderado de los caudales que existí­an en la depositarí­a de la Aduana de Orduña.

 

Liberado Ibarrola, emprendió otras acciones con las fuerzas vizcaí­nas y, al efecto, salió de Bilbao con la brigada llamada Arratia y algunos voluntarios de las Encartaciones al mando del brigadier Rotaeche (natural de Orozco y cura párroco de su parroquia de Albixu-Elexaga), quien ocupó Orduña sin resistencia, esperando allí­ el resultado de los movimientos de las fuerzas cristinas.

 

El 14 de abril de este año de 1834 fue un dí­a doloroso para los habitantes de Orduña. Durante la noche, la comunidad de Franciscanos abandonaba la ciudad después de haber permanecido en ella durante tres siglos y medio desde el siglo XV. Su fuga nocturna fue motivada por las molestias que les causaba constantemente el comandante de armas Francisco Linage, que mandaba una potente guarnición militar de carabineros en esta ciudad. Ya en la Semana Santa celebrada poco antes de esta fecha exigí­a pases a los religiosos que salí­an a servir o predicar en las iglesias durante esta festividad.

Linage, que desconfiaba de todos, mandó encarcelar al Ayuntamiento y al Cabildo. El guardián del convento era molestado con insistentes retenciones en el cuartel, bajo el pretexto de formalizar los pases que se daban a los religiosos para ausentarse del convento para las misiones y sermones de Semana Santa.

A la huida de los religiosos franciscanos, el comandante de armas encargó al regidor que abriese el oportuno expediente, que se cerró con el inventario de los bienes hallados en el convento. Los muebles e inmuebles se sacaron a pública subasta.

 

A primeros de julio el rey carlista ordenó se retirasen las fuerzas de la inmediaciones de Bilbao por falta de subsistencias, y pasó el dí­a 2 con el Escuadrón de la Legitimidad y cinco batallones a pernoctar en Orozco y con dos en Barambio Al dí­a siguiente salí­a con siete batallones a Murguí­a. El dí­a 6, a las cuatro de la mañana, salió Su Majestad a la cabeza del ejército con objeto de atacar a la column.1 enemiga, que constaba de 19 batallones, y pernoctar en Orduña, sobre cuya Par, estaba el 5° Batallón de ílava con Ibárrola. Una oscura niebla y lluvia incesante le, privó de las operaciones. Permaneció el Rey casi todo el dí­a en Oyardo, descansó e dí­a 7 con sus tropas en Murguí­a y hermandad de Zuya, y al dí­a siguiente salí­a par Salvatierra, Alegrí­a y la llanada de Vitoria.

 

 

En 1836 el convento franciscano de Orduña pasó a poder del Ayuntamiento. El convento quedarí­a convertido en asilo municipal y su iglesia en almacén. En la segunda Guerra Carlista se requisó la iglesia, que fue utilizada como almacén por la Intendencia Militar, y quedó destruida, salvo la sacristí­a.

 

Iriarte, que en su anterior marcha a Bilbao batió a las fuerzas de Cástor de Andechaga, sostuvo aquí­ un nuevo encuentro con la retaguardia carlista que marchaba a posesionarse en la Peña Vieja de Orduña. Los carlistas, ya próximos a la Peña, ocuparon la posición disputada, evitando que Espartero por un lado, y Linage por otro, les atacaran.

 

El 6 de marzo de 1835 sabe el carlista Eraso que Espartero pasaba por Vitoria a marchas forzadas para proteger a Maestu, dejando en Orduña 1.800 hombres mandados por Latre e Iriarte. Con objeto de llamar la atención, cayó Eraso de noche desde Arratia sobre Orduña. Y eso que no hací­a mucho, el 21 de diciembre último, el comandante de armas de esta ciudad habí­a lanzado una proclama, extensiva a toda la Hermandad de Ayala, y a los pueblos de Arceniega, Llodio y Arrastaria, haciendo pública la derrota completa de los facciosos. Para el ataque a la guarnición de un pequeño fuerte que defendí­an poco antes 17 hombres y que el dí­a 7 aumentaron a 21 más, a fin de que pudieran cumplir su misión que no era otra que proteger los molinos harineros de la ciudad, que distaba un cuarto de legua de la misma, Eraso se presenta con superioridad de fuerzas y un cañón que aproximan cuatro yuntas de bueyes. La segunda compañí­a de guí­as se dirigió por la izquierda del Nervión, y la primera y tercer batallón por el camino real, con orden de acercarse todo lo posible al fuerte.

Imponí­ales a sus defensores el cañón y, creyendo no poder resistir, abandonan el edificio objeto de su defensa, que ocuparon al momento los carlistas, cortándoles luego la huida y haciéndolos prisioneros, a excepción de uno que se arrojó al rí­o y permaneció en él oculto hasta el dí­a siguiente en que se salvó.

Los prisioneros fueron fusilados en el mismo paseo de Miraflores (Bilbao), en represalia, según dijo Eraso, del fusilamiento de tres heridos prisioneros. Por la descripción de la acción, por la distancia de los molinos a Orduña donde estaba el grueso de las fuerzas liberales, molinos harineros que no podí­an ser otros que los de Saracho, por el rí­o donde se salvó el prófugo, se trata del fuerte de Mendí­xur salida de Amurrio en dirección a Orduña. En las actas de la Junta de Gobierno de Hermandad de Ayala, se consigna que en esta ocasión los carlistas, por orden del general Eraso, mataron una porción de cristinos en las cercaní­as de Orduña, y el comandan de armas de la ciudad impuso una multa de 2.200 reales al pueblo de Saracho por no haberle dado parte del suceso, que debió haber tenido lugar en jurisdicción de este pueblo limí­trofe con Orduña.

 

El dí­a 22 de junio Latre hizo algunos reconocimientos cerca de Burceña y a cosa de la una del 23 empezaron los enemigos a moverse y cayeron sobre la División de Castilla del mando de Latre. Mientras el general Latre marchaba en ayuda del punto atacado, recibió un oficio fechado el 22 del general en jefe en que le daba razón de no poder hacer el movimiento sobre Llodio, “que estaba allí­ Villarreal y muchas partidas de observación sobre Orduña que, por consiguiente, al ponerse en marcha para Llodio encontrarí­a reunidas las fuerzas de aquel carlista (Villarreal) y se verí­a comprometido a una acción general que deseaba evitar”.

 

Sabedor en Miravalles, a donde llegó el último dí­a de febrero, de que algunas fuerzas procedentes de Vitoria habí­an pasado por Murguí­a y permanecí­an en Amurrio, resolvió atacarlas. Al llegar a Areta tuvo aviso de que fuerzas de la Reina avanzaban sobre Luyando, y al ir a tomar posiciones supo que se trataba sólo de un reconocimiento que habí­an practicado, y que desde Amurrio parte de aquellas tropas marchaban a Orduña, guiadas por Espartero, desviándose en dirección de Arciniega.

 

Al comenzar el mes de marzo, el cuartel general de Espartero ocupaba Berberana, desde donde se dirigió a practicar un reconocimiento sobre Orduña, proponiéndose escarmentar al enemigo si lo hallaba. Con este objeto marchó a las siete y  media de la mañana del 5 de marzo, ordenando al brigadier Isidoro Alaix protegiera la operación con algunos batallones y a Felipe Ribero que siguiera a la llanura con la brigada de su mando.

 

Cerca de Orduña ocupaban los carlistas el mejor terreno y posiciones, y se propusieron impedir el paso de los contrarios. No estaba menos resuelto Espartero a desalojarlos de sus puestos escogidos y, al efecto, destacó a dos compañí­as de cazadores,

 

Se habí­a propuesto vencer o morir, y vencieron. Espartero, que ve que el enemigo se abrigaba en la población de Orduña, se decide a penetrar en ella y lo hace con temeridad a la cabeza de unos cuantos húsares. Llegan a la plaza, sufren en ella el fuego medio batallón, pero tienen la suerte de no perder más que un caballo, y desalojan a los carlistas que corren despavoridos por la puerta de Bilbao. Al extremo opuesto de la población, consiguieron las armas liberales no menos ventajosos resultados, pasándoles algunos enemigos. El triunfo fue completo.

 

Sin descansar en Orduña, regresaron las tropas a sus cantones, y apoco vencedores y vencidos ocupaban las mismas anteriores posiciones.

 

Los carlistas perdieron unos 200 hombres entre muertos, heridos y prisioneros. La compañí­a de cazadores del batallón destinado a contener en Orduña a los liberales, se pasó a éstos. Debido a esta circunstancia, el desaliento se introdujo en el batallón escuadrón que, al mando de Arroyo, cubrí­an Orduña.

 

Mientras que al amanecer del 19 Méndez Vigo marchaba a incorporarse al general Ezpeleta en Valmaseda, Espartero tomó el camino de Orduña con todas las precauciones que exigí­an la vecindad del enemigo.

 

No bien llegaron las avanzadas a Orduña, abandonada por sus habitantes desobedeciendo a Espartero, cuando se presentaron los carlistas coronando la alta cima de la Peña, enseñoreándose otras de sus fuerzas al mismo tiempo de Unzá, donde se hallaba la vanguardia que mandaba Ribero, quien, después de haber observado la marcha de Espartero y que los carlistas salí­an detrás de él, hizo frente al enemigo.

 

Se proponí­an los carlistas empeñar a Espartero en un movimiento sobre la izquierda de Orduña, en tanto que el grueso de sus fuerzas batí­an a Ribero. Espartero, que comprendió esta maniobra, trató de unirse a la división de Unzá y, al efecto, salieron sus fuerzas de Orduña, avanzando en columnas paralelas a apoderarse de la eminencia de Artómaña.

Los carlistas que debieron darse cuenta de esta intención, se esforzaron en cerrar el desfiladero de este último punto. Pero Espartero situó en la llanura el batallón de Gerona mandado por O’Donnell, y al frente de tres escuadrones procuró franquear la garganta de Artómaña y lo consiguió.

 

Tres horas duraba el combate y el empeño crecí­a sin enflaquecer el ánimo. Las filas se veí­an mermadas, pero aumentaba el aliento de los que sobreviví­an. Espartero se impacienta, quiere decidir la acción y prepara un golpe atrevido, un golpe audaz. Recorre a galope su lí­nea, excita el entusiasmo de todos con su presencia y sus palabras de fuego, y, al oí­r que sus soldados le piden una carga decisiva, toda la lí­nea se mueve rápida y simultáneamente y, desprendiéndose de las cumbres, se precipita como un torrente desolador sobre las posiciones carlistas hacia Orduña, adelantándose la mayor parte hacia Amurrio.

 

Hacia el 20 de abril, Eguí­a volvió al saber que Ezpeleta, que cubrí­a el valle de Mena, ocupaba Valmaseda. Ezpeleta, por su parte, al conocer que reconcentraba sus fuerzas en la carretera de Amurrio, manda a Vigo se sitúe en Villalba de Losa, para asegurarle el regreso por la peña de Orduña.

 

El 3 de mayo, Vigo ocupaba Villalba de Losa, al mismo tiempo que Córdoba regresaba a Vitoria. Eguí­a se habí­a propuesto apoderarse de Villalba, punto avanzado de importancia, pero la oportuna llegada de Córdova frustró su plan, obligándole a retirarse a Orduña.

 

El mismo dí­a, el brigadier Santiago Villalobos salió de Orduña, subió a la Peña de Aro en la Sierra Salbada y acampó en la barranca de Manata, a media hora de Quincoces, donde se hallaban los contrarios, que los cargaron impetuosamente enterados de su proximidad por un espí­a. Fue un encuentro corto, pero porfiado.

 

Villarreal se propuso enviar una expedición de cinco batallones y 200 caballos a Galicia, cuyo proyecto remitió a don Carlos, suplicándole sigilo a fin de que los liberales lo ignorasen. Aprobado, Villarreal llamó a su cuartel al general Miguel Gómez, y le propuso si querí­a ir voluntariamente a mandar la expedición. Asintió de buena gana y se dispuso la salida, que sólo fue conocida dos dí­as antes y entre una media docena de personas se hicieron los preparativos. Se condujo todo a Amurrio, punto designado para la partida. Así­ organizada la Expedición, rompió la marcha a las dos de la madrugada del 26 de junio, subiendo por la Peña de Orduña. No obstante, tan pronto como salió del territorio de Vizcaya, Gómez se desentenderí­a de las instrucciones que recibiera y obró a su antojo, mandando de una manera soberana.

 

Derrotada al fin la expedición en Los Arcos y posteriormente en Alcaudete el 29 de noviembre, acosada por tantas tropas, tiene por último que emprender el camino de regreso al paí­s del que salió. Marcha hacia el norte por Martos, La Carolina y Despeñaperros, hasta Covarrubias en Burgos después de pasar por los bosques de Soria. Por Briviesca y Oña, llegan a la Peña de Angulo y bajan a Orduña el 19 de diciembre, donde termina la expedición sin sensible descalabro.

 

En este momento (febrero 1837), el fuerte de Villalba de Losa, de gran valor estratégico militar por su ubicación, cubrí­a las avenidas principales de Arciniega y Orduña y a Castilla la Vieja, facilitando la fortificación que con Orduña, Amurrio, Arciniega, Valmaseda, Mercadillo y Somorrostro, habí­a de dar más cohesión a la lí­nea (llamada de Villaba), estarí­an más reconcentradas las fuerzas liberales, y arbitrarí­a los medios de cubrir la lí­nea Villalba a Bilbao, de gran importancia para las operaciones militares. De esta forma, imposibilitaban a los carlistas el acceso a los valles de Tudela, Encartaciones, Arciniega, Ayala y Orduña, con los pueblos de sus jurisdicciones, y al valla de Arratia, poblados con mas de 30.000 almas, abundantes de cereales y no escasos de vino o chacolí­.

 

Espartero, en tanto, esperaba mejorase el tiempo para emprender la campaña libre de un temporal como no se habí­a conocido en muchos años. El 4 de enero de 1837 confiaba al general Ribero la ocupación de Orduña, contando para ello con una división de éste, la de Narváez y 400 caballos, quien dirigí­a la vanguardia del ejército del norte. Ribero que se hallaba por entonces en Burgos, al recibir el encargo anunció su salida para Briviesca. Se desistió de la operación sobre Orduña, pues el valle de Losa y la Peña de Orduña estarí­an intransitables por la mucha nieve. Habí­a más facilidad de reunir medios de subsistencia en Villarcayo. Así­, pues, Espartero ordenó a Ribero que marchase por Villarcayo a Balmaseda, con el fin de disponer de estas fuerzas en Portugalete para cumplir los deseos del Gobierno.

 

El 25 de enero se enviaba un oficio desde el Ministerio de Guerra, manifestando la conveniencia de formar una lí­nea desde Puentelarrá a Castro Urdiales. Dentro de ella la ocupación de Orduña y Arciniega suponí­a el sostenimiento de Balmaseda. Serí­an suficientes de 1.500 a 2.000 hombres al efecto; 2 compañí­as en Puentelarrá; una en Castro; 50 hombres en Balmaseda; 500 en Orduña y el resto divididos en Arciniega y Sodupe.

Formada esta lí­nea, y apoyada con una reserva de 13.000 hombres, que deberí­a establecerse en Orduña o en Villalba de Losa, se conseguirí­an los fines indicados.

Uno de los cinco resultados ventajosos que se consignaba en el comunicado era el 5°: «Que distando Orduña sólo seis leguas de Vitoria, ocho de Bilbao, cuatro de Durango y dos de Puentelarrá y Arciniega, la fuerza de este punto podrí­a acudir en unas pocas horas a cualquiera de los indicados».

 

La división se componí­a de 13 batallones de 500 hombres cada uno. Fue revistada por el rey Carlos V el 1° de diciembre en el mismo Amurrio. Los batallones se formaron en batalla a lo largo del camino real de Bilbao. Acompañaba a don Carlos el infante don Sebastián con las respectivas servidumbres de guardias, y el jefe de Estado Mayor, seguidos de la escolta de la guardia de caballerí­a del Rey. Los batallones que formaron fueron, en este orden: 1° del Rey, Reina, Prí­ncipe, Princesa: 5° de Castilla; Artillerí­a; Guí­as de Burgos; 6° de Castilla; voluntarios de Segovia: 1° y 2° de Aragón; 8° de Castilla, y 1° de Valencia. Luego, la división se trasladó a Orduña para aproximarse al Ebro, según declaró el prí­ncipe Félix Siehnowsky que habí­a seguido a don Carlos en la expedición.

 

Los triunfos liberales obligaron a los carlistas a abandonar el valle de Carranza. Poco después, Espartero se adueñó del Valle de Ayala. Expulsó a Maroto de su cuartel general en Llodio, y cayó sobre Orduña que fue abandonada el 26 de mayo. Los carlistas desaparecieron también de Amurrio el 11 de junio, y dos dí­as después Arciniega Balmaseda fueron abandonadas por los carlistas.

 

A mediados de enero de 1840 seguí­a estacionada la tropa en Amurrio y otra tropa de caballerí­a permanecí­a en Luyando. En 11 de febrero el comandante de la tropa militar existente en Barambio pedí­a que, para acuartelarse, se le proporcionaran 32 camas completas. Tropas semejantes estaban mandadas en Orduña por un coronel gobernador. Todos estos acuartelamientos se mantení­an todaví­a en el mes de mayo. Las tropas de Amurrio abandonaron el pueblo a mediados del mes de julio; no obstante, en 1° de agosto se ordena que se acondicione debidamente el cuartel de este pueblo para alojamiento de la tropa permanente.

 

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