Un plato de loza de Zaharra 2-4 (III)
PRODUCTOS ALFAREROS SIMILARES EN DIFERENTES ÁREAS GEOGRÁFICAS DE LA PENÍNSULA IBÉRICA CON OBRADORES DE CERÁMICA
A la hora de preguntarnos por la proveniencia de un objeto, podemos plantear dos cuestiones diferenciadas, aunque con evidente interrelación entre ellas.
Podemos interesarnos por el lugar en el que el producto fue elaborado, esto es, por el alfar concreto que obró la pieza de nuestro interés o por la región en la que pudo realizarse. Y podemos interesarnos además por el carácter original de esa manufactura en relación con tal proveniencia, o por su cualidad de producción imitadora de objetos característicos y propios de otras áreas de elaboración alfarera.
Responder a cualquiera de esas dos cuestiones se nos antoja difícil por el momento. Precisaríamos de un estudio en detalle de los componentes de la pasta cerámica e incluso de aquellos que se integran en el esmalte o en los pigmentos y soportes fundentes para lograr el azul. tarea complicada y laboriosa sin duda.
Descartamos sin embargo una producción local. Tanto referida a las propias localidades en las que se han recuperado los fragmentos arriba descritos, como en lo que atañe al área geográfica en la que aquellas se enclavan (País vasco), caracterizadas las decoraciones de su producción alfarera, en general, por una gran sencillez esquemática y por una cierto “descuido” en su trazado. Para Valmaseda no tenemos noticia de alfares
en la población o en las zonas aledañas. Para el caso de Orduña, la arqueología ha recuperado por el momento un alfar en la calle tras Santiago. Si bien es todavía poco lo que conocemos sobre ese obrador de cerámica, a falta como estamos de una publicación que lo dé a conocer y exponga los rasgos básicos de sus productos, no parece probable atribuirle la responsabilidad del plato de loza de zaharra 2-4. Tal vez porque una factura de raíz local permitiría sumar otros ejemplares similares de esa producción, restando al recipiente que aquí nos ocupa ese carácter de pieza singular del que aparece revestido.
No teniendo aparentemente esta producción un origen local, se abriría entonces un abanico amplio de posibilidades respecto al lugar de su posible procedencia, puesto que ambas localidades se instalan en importantes posiciones de las rutas de comunicación terrestre que enlazaban el Señorío de Vizcaya con el resto de las regiones españolas, tanto con las tierras del valle del Ebro, como con toda la meseta castellana una vez alcanzada la meta de burgos. En especial para el caso de la ciudad de Orduña, camino por el que siempre apostaron los comerciantes bilbaínos para su tráfico comercial con castilla y para el abastecimiento de la villa.
Si volviésemos nuestra mirada hacia esa Meseta, encontraríamos un primer paralelo para el plato de zaharra en la ciudad de Valladolid. en el catálogo de la exposición celebrada en el año 1996 con los hallazgos arqueológicos localizados en el Monasterio de San Benito el Real, las piezas señaladas con los números 249 y 250 ofrecen dos muestras de platos con decoración pintada en azul sobre cubierta estannífera, correspondientes a una serie que denominan del “platón”: “línea paralela al borde y medallón central con motivo vegetal (plantón) en azul cobalto”. Desiguales en ejecución, al quedar más cargado de hojas el primero de los ejemplares mostrados en dicho catálogo, y verse privado de la doble línea que enmarca el motivo decorativo del fondo el segundo, ambos platos emparentan con las piezas de Orduña y valmaseda: el doble pincel para tallos y hojas, más fino aquél, más grueso éste; la simetría divergente con la que se ordena el motivo; la suave curvatura con la que se trazan algunas hojas, etc.
Este motivo del “plantón”, que ocupa todo el fondo de platos de pequeño tamaño, resulta, al decir de los autores del citado catálogo, muy característico de los tipos y series cerámicas populares del siglo XVIII y su producción, “realizada seguramente en los alfares del barrio de Santa María, es una evolución de la serie talaverana de “los helechos” o “de las golondrinas”.
No explican los autores, porque tampoco su breve exposición ofrece oportunidad para ello, como se produce ese reduccionismo decorativo entre los temas de las series talaveranas señaladas, algo barrocas y abigarradas en el concepto, y el motivo vegetal del platón.
Más plausible parecería una filiación con la serie azul que, en la localidad toledana de Puente del Arzobispo, califican del “ramillete”: “Las excavaciones del testar del Cerrillo permitieron obtener abundantes fragmentos de series escasamente divulgadas, encuadrables en el siglo XVIII. En primer lugar podemos destacar una serie que podríamos llamar del ramillete. Como viene siendo habitual es un motivo pintado siempre en azul. Representa un ramo de tallos estilizados pintado con un pincel muy fino y flores marcadas con un solo brochazo. Aparece decorando el fondo de platos tanto hondos como llanos con pie anular marcado y sin ala, y algunos cuencos.
En el caso de los platos el borde se decora con líneas azules de los que cuelgan pequeñas trifolias poco definidas. Esta decoración presenta múltiples variantes que afectan a la calidad del ramo y que suelen adornar el interior de pequeños vasos o cuencos, teniendo como nexo de unión el hecho de que suele mantenerse la ligera cenefa de trifolias”. Densificar algo más ese motivo del ramillete en su base con aportación adicional de tallos y hojas, permitiría ofrecer un despliegue vegetal más asimilable al tema que cubre el fondo de los platos de Valladolid y Orduña.
Si abandonamos por un momento la tierra castellana, podemos acceder desde el camino de Orduña a otras vías que nos lleven en una dirección contraria, por ejemplo a los territorios que se abren al curso del río Ebro. encontraremos así la aldea de San Andrés de cameros, en el término municipal de Lumbreras, en la comunidad Autónoma de La Rioja. en la huesera de su iglesia parroquial se recuperaron en el año 1997 platos decorados “en su fondo interno con el motivo de los helechos llamados “mistos” en Villafeliche, en óxido de cobalto o en óxido de manganeso. La composición es de unos trazos arborescentes a modo de tallos finos terminados en gruesas cabezas. En algunos ejemplares la decoración central es bícroma (en azul y morado o en morado y amarillo), también enmarcada por dos círculos concéntricos. En este último caso el ala del plato, enmarcada por grupos de dos líneas horizontales, está decorada de forma helicoidal por líneas diagonales, alternando el color amarillo (pincelada continua en sentido diagonal) y manganeso (pinceladas muy cortas en horizontal).
[…] En total se contabilizan 38 platos enteros, de los que 36 llevan la decoración de las hojas de helecho en el fondo, 13 están realizadas en azul cobalto y 23 con óxido de manganeso”. Los fragmentos de platos recuperados se elevan a un número de 57. Exceptuadas las particularidades del color o colores utilizados para ejecutar el motivo del fondo, y de si el borde del plato se decora con dos líneas concéntricas ajustadas al recorrido del labio o se instala una cenefa de sentido helicoidal sobre toda la superficie del plato hasta la línea del fondo, lo cierto es que estos platos de la localidad riojana muestran un acusado parecido formal y decorativo tanto con los ejemplares vallisoletanos, como con los platos de Orduña y Valmaseda.
Platos de formas y motivos similares también se señalan para la localidad riojana de Nájera. Enrique Martínez Glera muestra, en las imágenes 338 y 339 de su obra sobre alfarería riojana, tres fragmentos de platos procedentes de una excavación efectuada en el número 10 de la calle de las viudas de la citada localidad, que recogen retazos de un motivo similar al que venimos comentando, trazado también en azul. Lo que puede apreciarse de la decoración en tales fragmentos recuerda de manera acusada la distribución que se aprecia en el ejemplar de Orduña o en los de Valmaseda, donde los tallos que ocupan la posición central del motivo quedan puntualmente ocultos tras una serie ascendente de cortas hojas, a las que enmarcan los trazos más largos de las ramas que se prolongan divergentes para cubrir el fondo del plato. O al menos la sensación de parentesco se hace más marcada en este caso que la resultante de la comparación con otros ejemplares, como los vallisoletanos.
Puesto que para los platos riojanos se cita como referente el centro alfarero de Villafeliche (Zaragoza), veamos lo que nos dice al respecto de esta producción la estudiosa del tema María Isabel Álvaro Zamora.
Señala esta autora en esa localidad zaragozana, para fines del siglo XVII y XVIII, una tendencia a buscar producciones propias de carácter geométrico-vegetal, con una definición más personal en los motivos, que alejan sus obras de los modelos talaveranos o de los de Muel seguidos en los comienzos de la manufactura.
“El motivo más destacado se compuso de una serie de trazos anchos y finos, sencillos o dobles, dispuestos como pinceladas paralelas y verticales, alternadas con otras más cortas y horizontales. Con ellas se formaron orlas anchas situadas en el ala de los platos o en el platillo de las mancerinas, o rellenando buena parte del cuerpo y cuello de las piezas de forma. En algunas piezas el tema cobró una disposición helicoidal y un carácter rotatorio”.
“En los platos el tema rodeó un motivo central, situado dentro de uno o más círculos concéntricos, ornamentación que se compuso de unos trazados arborescentes, verde-morados, a modo de tallos finos dotados de gruesas cabezas, que recuerdan extraordinariamente por su forma y técnica de ejecución la tan conocida serie de los “mistos”.
“La atribución de estas cerámicas a Villafeliche la hemos basado en ciertas características técnicas, como son la tonalidad de su vidriado estannífero blanco crema-amarillento, con sus típicas imperfecciones oscuras, la del manganeso morado-vinoso, y el mismo verde, o amarillo, que presentan las notas que son comunes y constantes en este alfar”
“Por otra parte, la rítmica ornamental y las matas de sus centros están muy relacionadas con su propia serie de los “mistos”, trazada por las mismas fechas, basándose en ambos casos en la conjunción y contraste de rayados finos y gruesos y tracitos cortos.”
“Esta serie se pintó también en ocasiones en azul, guardando la misma estructuración ornamental entre el fondo y el ala, y dibujando a veces en el borde cenefas de ondas, relacionadas con algunas orlas de Muel, de procedencia castellana”.
Salvo por las complejas orlas que envuelven el motivo central o la bicromía con la que se trazan algunos de los ejemplares con los que ilustra Álvaro Zamora su exposición 7, que ya habíamos encontrado en los platos de San Andrés de Cameros, el motivo vegetal de Orduña vuelve a hacerse reconocible en estas producciones de Villafeliche. en obra posterior del año 2002, en la que la investigadora aragonesa retoma estas realizaciones alfareras, incluye esta composición decorativa entre el repertorio ornamental del alfar que revela una derivación castellana, derivación que lo enlazaría de algún modo con la inspiración talaverana que se indicaba para los ejemplares vallisoletanos de la serie del “plantón”.
No hemos encontrado, entre el material bibliográfico revisado, reducido como hemos señalado arriba a escasos representantes, otras localidades o regiones con las que relacionar, de modo directo, el motivo decorativo del plato de Orduña, en especial en aquellas geografías en las que está reconocida la manufactura alfarera. Acusamos sin embargo en algunos de los ejemplos citados cierta “rigidez” y simplificación ejecutiva en la realización de la decoración vegetal, con abundancia de trazos longitudinales de acusado desarrollo rectilíneo, que dibujan por sí solos la totalidad del motivo, restando así “dinamismo” y “movimiento” al conjunto decorativo, y una notoria ausencia del
recurso a su combinación con trazos más cortos, a veces instalados sobre el eje central del motivo, que contribuyan a densificar y “barroquizar” la vegetación evidentemente, esa impresión será con mucha probabilidad falsa, dada la limitación de los ejemplares consultados, ilustración mínima de una producción alfarera con mayor número de representantes, que acogerá con seguridad a diversidad de artífices aplicados a trazar el
motivo durante un cierto periodo de tiempo.
Alejándonos por un momento de las áreas geográ ficas señaladas, quisiéramos volver finalmente la mirada hacia los territorios del sur peninsular, concretamente hacia las lozas sevillanas del siglo XVIII.
Entre ellas hay una serie de las producciones en azul que nos parece de particular interés, la denominada de “matorrales”. Sin que pretendamos con esta cita establecer una relación directa entre los obradores de Sevilla y el ejemplar de Orduña, nos interesa destacar esta serie concreta porque creemos reconocer en su motivo básico, realizado con dos pinceles de diferente calibre y aplicado con profusión al ala y fondo de sus formas cerámicas, algunas de las notas que caracterizan al plato vizcaíno que centra nuestro interés. en concreto, la densidad de tallos y hojas que componen una de las variantes del motivo vegetal, la combinación de hojas de diferente longitud y curvatura, en la que destacan a veces cortas pinceladas en el racimo central de tallos, la agilidad de los trazos y el aparente sentido de movimiento que adquiere todo el conjunto.
El plato de loza en la colección Folch, de fines del siglo XVIII, del que se sirve Alfonso Pleguezuelo para mostrar esta serie de “matorrales” en un artículo sobre cerámica sevillana 8, ilustra de manera clara los rasgos que tratamos de resaltar en este producción, plasmados en los dos motivos que se recogen en el ala y en el fondo del recipiente.
Esa producción sevillana se nos antoja algo más ajustada en el parentesco para un fragmento de mancerina recuperado en los estratos arqueológicos de Bilbao, aún cuando tal filiación esté lejos en este momento de quedar demostrada, tanto en la procedencia como en la cronología o en la inspiración del motivo. Sin embargo, el hecho de traer la cita nos parece pertinente, porque creemos reconocer en la serie azul andaluza, a pesar de las innegables diferencias, rasgos que la relacionan con los ejemplares de Orduña y de Valmaseda que aquí nos ocupan, aunque sólo fuera en el hecho de compartir el patrón general del motivo en el que se inspiraron para crear sus colecciones los artífices de los talleres de donde pudieron salir tales productos. nuestra vista, evidentemente, debe dirigirse de manera preferente, al menos por el momento, hacia los ejemplares vallisoletanos, zaragozanos o najerenses, donde se documentan los
ejemplares más similares a los vizcaínos y donde la literatura refiere centros de producción cerámica, pero sin que por ello dejemos de lanzar una mirada de reojo hacia otros ámbitos alfareros.
Es posible que señalar algunas localizaciones geográficas en las que creemos reconocer paralelos para el plato de zaharra 2-4 de Orduña se muestre sin duda como una labor escasamente meritoria en la tarea de referir una procedencia posible para la pieza. Sin embargo, ya lo dejamos dicho más arriba, nuestras posibilidades de ampliar la tarea son escasas, por lo que habremos de quedarnos por el momento en este primer y limitado paso. que el recorrido pueda quedar agotado en este impulso o se amplifique en un recorrido más largo y significativo es tarea que seguramente compete a muchos, tanto a quien esto escribe, como a todos aquellos que se “mueven”, por una u otra razón, entre las producciones de loza. Sacar paulatinamente a la luz los ejemplares que aún se mantienen ocultos, especialmente en los referentes más populares de tales manufacturas, y en los ejemplares que se recuperan
con abundancia en el transcurso de la actividad arqueológica, y caracterizarlos de manera conveniente, es un esfuerzo del que sólo cabe deducir beneficios. Si por nuestra parte hemos contribuido con estas líneas en tal sentido, aunque sólo sea reclamando la atención sobre esa necesidad, nos daremos por satisfechos.
José Luis Ibarra Álvarez