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Andrés de Poza. El memorial de un polímata (III)

Andrés de Poza. El memorial de un polímata (III)
  1. El memorial de servicios como relación de vida

El florecimiento epistolar del siglo XVI discurrió entre las cancillerías reales y el ámbito privado, adoptando las cartas diversas formas textuales y discursivas. Con algunas alteraciones, los memoriales suelen responder al modelo básico del género: salutatio, captatio, narratio, petitio y conclusio. Sin embargo, por su condición de documentos judiciales, los memoriales se remitían a una institución oficial y, por lo tanto, estaban destinados a recorrer un periplo burocrático antes de llegar a un receptor indefinido entre los secretarios y el monarca. Esta circunstancia no casa bien con la teoría del género epistolar que “repite con frecuencia el tópico clásico, actualizado por Luis Vives, de la carta cual ‘conversación entre ausentes”, sobre todo, si tenemos en cuenta que muchos de estos informes se perdieron en el colapso burocrático de la monarquía de los Austrias sin que el receptor tuviera la posibilidad de leerlos. Ahora bien, si consideramos el género epistolar en su sentido más amplio como un discurso del yo, resultaría redundante afirmar que una carta surge únicamente de la necesidad de escribir, más allá de los motivos que puedan desencadenar este proceder, ya sea la distancia física del destinatario o una reclamación judicial del remitente. La carta trasciende el cometido escueto de la transmisión de una serie de noticias para configurarse como conciencia de la subjetividad y como exteriorización del yo que escribe […]. En fin, una actividad de cultura escrita que tiene bastantes puntos en común con el discurso autobiográfico, según se puede constatar por la carta que Manuel Díaz Enríquez elevó en 1629 a los inquisidores del Santo Oficio de México para restaurar su honor y salir al paso de las maledicencias que sus enemigos habían declarado contra él. El reo la concibe como un memorial de descargos ante el tribunal y para ello despliega una estrategia textual, la del relato de sus avatares personales, muy similar a las operaciones del tipo discursos de vida.

Así, los memoriales formarían parte de un conjunto heterogéneo de discursos autobiográficos en el que se incluyen no solo los escritos que surgen de la necesidad personal de recrear la memoria, sino “también aquellos documentos oficiales donde es factible recuperar la voz del individuo, como los testamentos, hojas de servicios o las historias de vida construidas en el marco de un interrogatorio judicial o policial, verbigracia en los procesos instruidos por la Inquisición” (Castillo Gómez 2019: 58). Estas historias de vida de los interrogatorios inquisitoriales, estas trazas de vida, también conocidas como discursos, se encuentran en una encrucijada epistemológica. Fue Michel Foucault, en la década de 1970, uno de los primeros en llamar la atención sobre un tipo de fuentes que hasta entonces habían pasado desapercibidas, junto con sus protagonistas. Hablamos de testimonios judiciales e inquisitoriales, a los que se refirió como “vidas de hombres infames”. Y de muy parecida manera conocimos al celebérrimo molinero Menocchio, gracias a las pesquisas en este tipo de archivos de Carlo Ginzburg. Ambos formaban parte de un movimiento que se desarrollaría durante las siguientes décadas, conocido como History from crime. En el amplio género denominado vida (de)cabe cualquier narración que se pueda definir como biografía en su sentido etimológico: bio- ‘vida’; -grafía ‘escritura’. Por lo tanto, una autobiografía14 no es otra cosa que una escritura de la propia vida en la que intervienen tres factores: la experiencia o materia de la que se vale quien rememora; la memoria, que administra lo que se recuerda y puede implicar la deformación de lo vivido, y, finalmente, la imaginación16o creatividad, que construye el relato valiéndose del archivo de la memoria. No obstante, para huir de la confusión generada por las distintas y en ocasiones arbitrarias interpretaciones del término autobiografía, en nuestro análisis nos serviremos de la definición propuesta por Philippe Lejeune cuando se refiere a este tipo de textos como el “relato retrospectivo en prosa que una persona real hace de su propia existencia, poniendo énfasis en su vida individual y, en particular, en la historia de su personalidad”, de tal modo que la identidad del autor, que es a la vez narrador y personaje, queda afirmada en función de un pacto autobiográfico. Las formas de este pacto “son muy variadas: pero todas ellas manifiestan la intención de hacer honor a su firma. El lector podrá poner en entredicho el parecido, pero jamás la identidad”. Considerado como un relato autobiográfico, el memorial de Poza se puede analizar como un texto narrativo, definido como aquel que se estructura por medio de una sucesión de acciones ordenadas en una línea temporal. Para la narratología, un texto es un todo finito y estructurado que se compone de signos lingüísticos. Un texto narrativo será aquel en que un agente relate una narración. Una historia es una fábula presentada de cierta manera. Una fábula es una serie de acontecimientos lógica y cronológicamente relacionados que unos actores causan o experimentan. Un acontecimiento es la transición de un estado a otro. Los actores son agentes que llevan a cabo acciones. No son necesariamente humanos. Actuar se define aquí como causar o experimentar un acontecimiento. La afirmación de que un texto narrativo es aquel en que se relata una historia implica que el texto no es la historia. En cuanto a las condiciones elementales de una secuencia narrativa, Umberto Eco determinó que pueden restringirse a las propuestas por la Poética de Aristóteles: localizar un agente, un estado inicial, una serie de cambios orientados en el tiempo y producidos por causas, que no necesariamente se deben especificar, hasta obtener un resultado final. Esta “serie de requisitos permite localizar un nivel narrativo (una fábula) incluso en textos que aparentemente nada tienen de narrativos”. Según esto, un relato autobiográfico no es otra cosa que “la organización narrativa de la experiencia”, donde el “sujeto de la enunciación se manifiesta como sujeto del enunciado”. Partiendo de estas premisas, el relato de Poza se puede trasladar a la siguiente secuencia funcional: i. Situación inicial. El solicitante (el licenciado Andrés de Poza) se dirige a la autoridad (Sacra Católica Real Majestad) para presentar el memorial de sus servicios. ii. Acontecimientos. Sucesión cronológica de las acciones que causan el cambio. Resolución heroica de los conflictos. A la relación de los servicios propios se añaden los méritos familiares. Comportamiento del linaje. iii. Transformación. Consecuencias de los acontecimientos.  Agravios e infortunios. Pérdida de la reputación. Situación paradójica.  iv. Situación final. Petición de desagravio.  Resarcimiento y honorabilidad. Compensación

En el preámbulo, tras la invocación y el tratamiento de cortesía, con el título “Sacra Católica Real Magestad”, añade una breve descripción de lo que va a exponer: El licenciado Andrés de Poça dize que, hallándose en los Estados de Flandes al tiempo que el Comendador Maior de Catilla fue a governarlos, después de haverse enterado de sus partes y letras, le ordenó que asistiesse cerca de su persona para ocuparle en las cosas que se ofreciesen del servicio de Vuestra Magestad, como lo hizo en las siguientes que sirvió a Vuestra Magestad con mucha diligencia y cuidado y satisfactión del dicho Comendador Maior y Jerónimo de Roda, y con gran riesgo y peligro de su persona, como consta de los recados y papeles que presenta. Tras una localización general que sitúa los acontecimientos en Flandes, en el tiempo que fue gobernador el Comendador Mayor de Castilla, expone los servicios e infortunios propios, ordenándolos cronológicamente. En octubre de 1574, Andrés de Poza se encuentra en Maastricht encargado de “apaziguar y reconciliar” las tres compañías alemanas amotinadas y la española “retirada y atrincheada en el burgo”, que habían tomado preso al vizcaíno Francisco Montes de Oca, gobernador de la villa, y amenazaban con entregarla a Guillermo de Orange si no se pagaban las pagas que les adeudaban. Lo cual hizo, según sus palabras: “mediante alguna diligencia y medios extraordinarios que con los dichos tudescos tuvo con mucho gusto de todos y satisfactión del dicho Comendador Maior, el cual lo estimó y agradeció mucho porque mediante esta pacificación cesaron las inteligencias del príncipe de Orange”. Para certificar este mérito, aporta una patente firmada por dicho comendador, don Luis de Requesens. En diciembre de este mismo año, se traslada a Amberes con la misión de averiguar con qué apoyo contaba Guillermo de Orange en la ciudad, después de que el príncipe intentara tomarla por mar sin éxito. Y “yendo a prender a ciertos culpados y a secrestar sus bienes, le tiraron en la villa nueva de una ventana con una ballesta y le dieron con un bodoque de plomo y casi le mataran. Y juntamente se le ordenó que castigase los culpados, de los cuales se justiciaron 37 vezinos de la dicha villa”. Estos hechos fueron notorios y los bienes confiscados fueron registrados en los libros del recibidor. Por mayo de 1575, fue enviado a Brabante a reprimir y sancionar a los protestantes, “donde descubrió y castigó más de cincuenta receptadores de los rebeldes y confiscó los bienes de los que se havían ausentado, que fueron en mucha cantidad y de más de 500 mil florines en propriedad, y procedió contra algunos particulares por notorios erejes”, según queda constancia certificada por los notarios y recibidores de las confiscaciones. En la misma misión, descubrió las “secretas contribuciones” de más de cuatrocientos florines al año con que las villas y aldeas favorecían al príncipe de Orange, y dictaminó que pagaran la misma suma a los españoles. Cantidad con la que se armaron nueve bajeles para atajar el comercio y la correspondencia que hasta ese momento habían tenido los rebeldes con el ducado de Brabante. De todo ello dan fe Jerónimo de Roda, miembro del Consejo de Estado de los Países Bajos y mano derecha del comendador Luis de Requesens y Zúñiga, y el vitoriano Juan de Isunza, mercader y hombre de negocios, proveedor general de las armadas en ese momento. Este servicio, dice Poza, “fue tan acepto al Comendador Maior que él al dicho Jerónimo de Roda y a Alexandre Gonzaga, que es vivo, dixo alguna vez que a tener otros tres licenciados como al licenciado Poça, uno en Flandes, otro en las fronteras de Olanda y el tercero en Frisa, le valiera más de veinte mil hombres de gente de guerra”. El mismo Poza se encargó del reclutamiento forzoso de los marineros necesarios para los nueve bejeles. En un primer momento, por medio de coacciones y amenazas de destierro perpetuo y pérdida de bienes; después, persuadiéndoles con promesas de pagas y “otras conmodidades que les hizo, los embió contentos y fueron de buena gana”. De este modo, “el príncipe de Orange desmembró su armada y le fue fuerça traer de ordinario diez y ocho baxeles para defensa y guarda de los pasos en que los nueve le podían hazer daño”. Las medidas represivas de Poza fueron acrecentando entre los flamencos un sentimiento de animadversión hacia su persona que, a instancias de la Chancillería de Brabante, le llevó a compadecer en Amberes ante una Junta plenaria, “diziendo que procedía de hecho y ex abrupto y que por ser estrangero no podía exercer juzgado alguno enel ducado de Brabante. Y por esta raçón, pretendían que fuesse depuesto, presso y castigado”. No obstante, entendiendo el Comendador y Jerónimo de Roda “de cuánta importancia era su asistencia en dichos negocios”, se le volvió a dar comisión plenaria, inhibitoria general y orden para que los cabos de infantería y de caballería que residían en la costa de Brabante le prestasen ayuda, en virtud de las cuales continuó con sus misiones, “no con poco travajo, riesgo y peligro”, sirviendo al Estado con satisfacción y agradecimiento de sus superiores, según lo certifica Jerónimo de Roda en una carta fechada el 8 de diciembre de 1575.A partir de aquí comienza a relatar sus infortunios. Según afirma, la decisión de dejar exentos a los católicos del hospedaje de la “gente de guerra”, para cargárselo a los calvinistas, fue la causa de que estos últimos trataran con un médico de Breda para que le administrase un tósigo, “como lo hizo en una purga que le dio, de que llegó a gran riesgo de su vida y, aunque quedó con ella, en muchos meses no pudo bolver en sí, gastando mucha parte de su azienda en recuperación de su salud”, como queda documentado por los testigos que se hallaban presentes en Breda. Pero las intrigas para acabar con su vida no cesaron si damos por cierto que sufrió dos emboscadas, a pesar de llevar una escolta de doce lanzas albanesas17, de las cuales, “y otras emboscadas y de que el dicho licenciado tenía necessidad de ir siempre con guardea consta por información de los que se hallaron presentes”. Una vez fallecido su protector Luis de Requesens, los Estados Generales resolvieron inhibirle el 19 de marzo de 1576 y “apenas fue llegado a Bruselas cuando procuraron prenderle, como en efecto le pendieran si no fuera por Jerónimo de Roda, quien d’esto dio su certificación en 15 de abril 1577, de cuya orden y parecer se fue a Emberes sin osar tratar de cobrar sus gajes, de que aún oy día se le deven”. Poco se sabe de Poza desde abril de 1577. Acosado por sus enemigos, se refugió en Amberes; allí permaneció hasta que el príncipe de Parma le ofreció el puesto de auditor general del ejército de Flandes, “como se lo dixo el secretario Antonio Pérez de parte de Vuestra Magestad el mes de junio de 1579, mandándole aprestar para el viaje, el cual dexó hazer por haver mandado a la saçón salir a los españoles de los dichos Estados”, y añadeuna reflexión o dictamen: “En estos trances se ha visto el dicho licenciado por hazer el servicio de Vuestra Magestad con aquella reputación que se requería, a todos los cuales riesgos se puso mediante el zelo y ánimo que Dios fue servido darle”.Por último, completa la información con el historial de servicios de su familia. Con tal fin, recuerda cómo su padre, Pedro de Poza, prestó quince mil ducados sin intereses al tesorero Domingo de Orbea, también vizcaíno, “para cosas de su real servicio, lo cual Vuestra Magestad a boca se lo refirió y agradeció el servicio que havía hecho”. Asimismo, cuando el Duque de Alba llegó a Flandes, Martín de Poza, tío del licenciado, fue nombrado bailío y justicia mayor de Midelburgo, “entendiendo de cuánta importancia era tener en Medialburque, cabeça que es de Gelanda y llave de los Estados, persona confidente para el govierno y administración de la justicia”. En el asalto a dicha ciudad, el 28 de abril de 1572, peleó Pedro, su padre, “como era obligado”, y su tío Martín, que murió “aogado en sus armas de cansado de ocurrir a una parte y a otra como persona a cuyo cargo estava el govierno y defensa d’ella”, sin que “se le aya pagado el sueldo que se le deve al dicho Martín de Poça, que son más de cinco mil florines, ni héchole merçed ninguna en remuneración de su servicio”. Además de esto, a causa del largo asedio que sufrió la villa hasta “que la rindieron por hambre y debaxo de condición que nadie pudiesse sacar azienda sino tan solamente las armas y vanderas la gente de guerra”, el licenciado dice haber perdido más de doce mil ducados, ocho mil que dejó su tío “en plata y muebles y en unas casas que se vendieron por confiscadas, y oy día lo están”, y los cuatro mil restantes que tenía su padre en bienes. Añade también a dos de sus hermanos: Garci López de Poza, alférez de Pedro López de Ribera, que falleció en Cuzco; y Jerónimo de Poza, que murió en el paso del vado de Zierikzee, “el cual, sin sueldo y por servir a Vuestra Magestad, asistió en el dicho esguazo cerca la persona del maesse de campo Julián Romero”. Finalmente, expresa su petición: Suplica humilmente a Vuestra Magestad que, teniendo atención a todo lo dicho y a que no le ha hecho merced ninguna ni a ninguno de los sobredichos y hazienda que a perdido y gastado en servicio de Vuestra Magestad, le haga merced de mandarse enterar de las partes y letras que concurren en su persona. Y en remuneración y recompensa de todo lo dicho, y hallando ser al propósito para el servicio de Vuestra Magestad, le mande ocupar en una plaça de assiento en las Indias, en la parte18 donde más y mejor pueda servir conforme a la cualidad y limpieza de su persona, y a que es licenciado en leyes por Salamanca. Cierra el memorial la cláusula de cortesía: “Que demás de ser obra digna de Vuestra Magestad el premiar y honrar a los que le sirven con fidelidad y verdad, recibirá en lo dicho gran bien y merced de Vuestra Magestad”; sin suscripción. La data, la identidad del remitente y el destino se registran en el sobre.

M.ª Consuelo Villacorta Macho

 

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