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Andrés de POza, lingüista del Renacimiento (VI)

Andrés de POza, lingüista del Renacimiento (VI)

Conclusiones. Creo que, con todo esto, la figura cientí­fica de An­drés de Poza se nos ha precisado en todos sus aspectos esenciales y que po­demos ahora determinar su “estatura” y el lugar que le corresponde en la his­toria de la lingí¼í­stica.

Poza es un tí­pico lingí¼ista filólogo e historiador del Renacimiento europeo. Lingí¼ista “diletante”, sin duda, corno todos los de su tiempo (salvo los gramáticos), e incluso más diletante, mucho menos profesional que otros (en Europa); lingí¼ista intuitivo, sin una especialización determinada, muy poco sistemático, a menudo poco riguroso, no muy erudito, no muy bien informado, pero claramente lingí¼ista, con dones naturales de lingí¼ista; y lingí¼ista “euro­peo”, por la perspectiva europea que adopta y por su misma experiencia europea. No es un renovador critico de la teorí­a y metodologí­a lingí¼í­stica; al contrario: a este respecto, queda anclado en su tiempo y trabaja en el marco y con los instrumentos que le ofrece la lingí¼í­stica de su época, de manera que sus logros más importantes los alcanza más bien a pesar de que gracias a este marco y a la formación lingí¼í­stica-filológica de que dispone. Y es una figura compleja y singular precisamente por la multiplicidad y originalidad de sus in­tereses, insólita en el espacio cientí­fico en que se mueve. Se trata, varias veces, de intereses manifestados y de campos cultivados por otros estudiosos euro­peos de su tiempo; pero Poza, en sus contribuciones más valiosas, no sigue modelos ajenos, entre otras cosas simplemente porque no los conoce: descubre por su cuenta los problemas, fundándose en su propio saber y en su experiencia directa y guiado sólo por sus intuiciones (cf. fs. 38v, 40v: “yo digo lo que sien­to”). Como Gesner (al que no conoce), Poza se interesa por la enumeración y clasificación genealógica de las lenguas europeas., Como Olach Magno y Wolf­gang Lazius (a los que tampoco conoce), se interesa por los germanismos de las lenguas románicas (en su caso: del español). Como tantos eruditos de su época en Francia y en Italia (a los que, desde luego, también desconoce), se interesa por la estratificación y la sucesión histórica de las lenguas en su paí­s; y, en este caso, que corresponde al tema central de su libro, adopta la opinión ya entonces corriente acerca de la antigí¼edad y prioridad del vasco en la Pe­ní­nsula Ibérica, pero la convierte en tesis histórica y propone un método para demostrarla: el análisis etimológico de los nombres antiguos de lugar; por lo cual debe interesarse también por la toponimia y los criterios básicos de la ono­mástica. Además, “de paso”, contribuye a la geografí­a histórica, a la dialecto­logí­a y a la etnografí­a. Y en casi todos estos casos, a pesar de sus múltiples deficiencias, de sus incoherencias, de sus graves carencias metodológicas (ma­nifiestas sobre todo en relación con su tema central), sobresale, de algún modo en la ciencia de su época (en parte, no sólo en Espada). Sobresale, no tanto por sus resultados, a veces modestos y las mis de las veces, en lo que más le in­teresa, prácticamente nulos, sino por los temas mismos que propone, por los problemas que plantea, por las posiciones que adopta, por el sello personal que imprime a sus contribuciones y, en general, por las ví­as que abre con sus in­tuiciones.

Por ello, en la obra de Poza hay mucho que no se ha “volatilizado”. Se han volatilizado, sin duda, los resultados de sus investigaciones “etimoló­gicas”; y otros resultados han sido reducidos por la ciencia posterior a pro­porciones mí­nimas y casi insignificantes, de manera que sólo pueden presentar interés histórico. Pero no se han volatilizado las ideas a las que corresponden .sus lamentables etimologí­as, puesto que la mis m a tesis, con la misma propuesta metodológica, ha podido ser retornada, después de más de dos siglos, por un lingí¼ista de la talla de Humboldt. Porque las intuiciones felices y las ideas fructí­feras no se volatilizan sin dejar huella: se aclaran, se precisan, se perfeccionan y se desarrollan.

En la historia general de la lingí¼í­stica, Poza queda por su enumera­ción y clasificación de las lenguas de Europa y como primer asertor de la tesis del “vasco-iberismo”; y, en relación con esto último, por la propuesta de un método para demostrar esta tesis (y otras semejantes), aunque él mismo haya fracasado por completo en la aplicación de tal método. Y en la historia de la lingí¼í­stica española en particular, queda, además, como primer germanista (ger­manista muy modesto, por cierto, pero, con todo, el primero), corno fundador de la lingí¼í­stica histórica vasca y como iniciador de los estudios toponí­micos.

En varios casos se podrí­a decir de Poza lo que él mismo dice al ofre­cer al lector, con mucha modestia, su diccionario histórico-geográfico: “Por tanto recí­base mi intención, que lo es de serviros y lo otro de despertar a otros más entendidos en la materia, para que la apuren y arreen y añadan, teniendo consideración a que todaví­a se deben gracias al que, no escribiendo tan bien, da ocasión a que otros lo hagan mejor” (II, f. 1v). Sólo que, en su época, no tuvo la suerte de ser continuado y mejorado.

Finalmente, para hacer justicia a Poza, hay que insistir en que, en re­lación con el español, contrariamente a lo que se ha podido creer, no sostiene ninguna idea descabellada y se presenta corno lingí¼ista muy sensato. Afirma, sí­, que el vasco ha sido el idioma primitivo de los “españoles”, pero entiende que lo ha sido de los antiguos Hispaniprerromanos: de los habitantes primi­tivos de “las Españas”. El problema que Poza plantea es el de la sucesión de las lenguas en la Pení­nsula, no el del origen del español. En efecto, no deriva de ningún modo el español del vasco, como tampoco lo deriva del griego, fe­nicio, púnico, etc. Para Poza, el español es simplemente una de las lenguas ro­mánicas “generales” surgidas {`resaltadas’ de la lengua “matriz” latina., el vasco en cambio, es, con respecto al español, lengua de sustrato, no “lengua matriz”_ Y, ello, en una época en que otros historiadores y lingí¼istas, mucho más eru­ditos y más expertos que él, se afanaban por derivar el francés del hebreo, del céltico o del griego.; el italiano del etrusco o del arameo; o todas las lenguas del mundo del “cí­mbrico”, identificado con el flamenco.

 

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