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Fandiño da el paso de los elegidos

Fandiño da el paso de los elegidos

El vasco firmó la faena de la Feria de Fallas y salió a hombros con una corrida difí­cil de Fuente Ymbro

«Un paso atrás y muere el arte, un paso adelante y puede morir el torero». El gran Pepe Alameda lo dejó por escrito, ayer Iván Fandiño lo hizo suyo. Cómplices todos. El impacto de lo que habí­a pasado en el quinto (sobrero) nos dejó pensando. Haciendo cábalas de hasta dónde llega el valor. ¿Encuentra el lí­mite en el cuerpo? El torero vasco habí­a hecho la faena con mayúsculas de la feria. Ya era suya, una deslumbrante actuación que nos impedí­a retirar la vista del albero. Se movió Fandiño implacable al borde de lo trágico, con ese valor que da base al arte. Y se perfiló después, moviendo, asegurando el movimiento de la mano derecha, la que porta el acero. Y la suerte… No fue suerte. Iván Fandiño se tiró encima del Fuenteymbro. A matar o morir, no habí­a medias tintas para salir de ese embroque. El toro lo manejó en el aire, le desplomó después, más de media estocada herí­a al animal de muerte. Fandiño, que se habí­a llevado un golpe como para estar conmocionado, delegó en nosotros la aprensión. Ni gota de ella. Ni un resquicio. Todo lo habí­a hecho Fandiño con la autenticidad que hace del toreo una cumbre inalcanzable. Memorable gozarla a través del torero vasco. Fue el único astado que acudió al engaño con profundidad, encastado y obedeciendo al toque. El resto de la corrida de Fuente Ymbro tuvo mucha movilidad, pero sin control, violenta, sin entrega, protestona… muy difí­ciles algunos ejemplares. Fandiño se puso. Punto. Y daba igual cómo fuera el toro. Así­ lo hizo en el quite por gaoneras, de no moverse, de fracasar si cedes un milí­metro de espacio al toro. Llegaron algunas tandas de derechazos sublimes, estaba toda la emoción contenida en esa ligazón, esa seguridad, ese aplomo y esa incuestionable verdad. Toreó. No acompañó. No vistió el embroque. Citó al toro con los vuelos, se tragó las miraditas inquisitivas, encajó los riñones, caderas hacia delante y el toreo por la barriga. Tocado en el momento exacto. Sin concesiones. El toro se descomponí­a a la mí­nima que sintiera el engaño entre los pitones. Temple. Valor. Talento. Poder. Expresión. Todo cabí­a en una faena importante. Hasta en las manoletinas, revolviéndose el toro, imperturbable el torero.
La firmeza que tuvo con el segundo resultó inquebrantable. Se metí­a el toro por dentro una barbaridad. Pesaba en cada muletazo, venciéndose, aminorando espacios y con mucha movilidad. Transmití­a. No cedió Fandiño ni en los pases cambiados por la espalda ni en la corajuda faena. Torerazo.

Patricia NAVARRO. Tomado de LA RAZí“N

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