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Orduña, enclave histórico de comunicaciones

Orduña, enclave histórico de comunicaciones

tarlazoDiversos restos indican que una derivación de la calzada de Burdeos a Astorga subí­a desde Valdegoví­a, por Berberana, hasta alcanzar los caminos del Nervión por tierras de Orduña, para salir al mar por las costas de Bizkaia y Cantabria. En la Alta Edad Media continuó el tránsito por caminos hoy olvidados: la existencia del monasterio de San Clemente de Arbileta, próximo a Orduña, donado a la iglesia de Calahorra en 1192 por el rey Alfonso VIII, y el monasterio de Santiago de Langréiz, datado en 1075 y situado en el camino, subida de Berberana por la Llamada «Fuente de Santiago», dan fe del tránsito de Castilla a Bizkaia por los difí­ciles pasos de Goldecho, por la hoy llamada «Senda Negra», o por las laderas de la Peña, para salir a Arrastaria, tierras de Orduña y Urkabustaiz. A fines del medioevo, a medida que tomaba cuerpo la «puebla nueva» de Orduña, se potenciaba el paso por estos caminos, mientras se incrementaba también la importancia de sus ferias y crecí­a el comercio de las lanas castellanas hacia Flandes y los paí­ses del Norte a través de los puertos del Cantábrico. La afluencia de mercancí­as a Orduña era tan importante a fines del s. XV, que las cuentas de los diezmos, el cobro de los derechos de aduana en la ciudad y las numerosas contingencias y trámites del comercio, exigí­an la presencia en Orduña de un escribano propio de nombramiento real. Tal pujanza económica fue el motivo que impulsó a la Casa de Ayala en sus intentos y pugnas por mantener sus posiciones sobre Orduña y el dominio de sus caminos que, por otra parte, uní­an a Castilla con Urkabustaiz, las márgenes ayalesas del Nervión y los valles de Ayala/Aiara y Llodio, tierras sujetas a su señorí­o. La Corona castellana no se mantuvo ajena a la importancia de Orduña en el comercio y las comunicaciones; en 1491, estudiaba el Consejo Real un proyecto de reparación del camino de Orduña por un costo de doscientos veintidós mil maravedí­s, cantidad que esperaba cubrirse mediante el cobro de medio real a cada caballerí­a que atravesara dicho camino, calculándose el cobro de tres mil peajes cada año para costear la obra. La recaudación de los diezmos de la mar en Orduña era tan sustanciosa, que Enrique IV habí­a concedido poco antes su disfrute, como merced, a los Velasco, Condestables de Castilla, en pago de sus servicios y de los que esperaba recibir de ellos en su reinado. Ya en el trono los Reyes Católicos, en noviembre de 1492, la ciudad de Orduña, siempre protegida por la Corona, llegaba a un acuerdo con el entonces Condestable Bernardino Fernández de Velasco sobre la exención de los diezmos de compraventa en las ferias orduñesas. Reinando ya Carlos I se proyectaba una ampliación del camino medieval de herradura que subí­a a la Peña por la ermita de San Bartolomé, ruta intransitable en muchas épocas del año. No obstante, en 1553, apuntaba un serio peligro para Orduña: según una Real Cédula de 17 de mayo de aquel año se intentaba trazar un camino desde el valle de Losa a la costa por la sierra de Angulo, que desde Losa, por Arceniega, Gordejuela u Oquendo, llegarí­a al Cadagua y a la villa de Portugalete. Se potenciaba este camino como la ruta más directa de Burgos al mar y porque, en su recorrido de vuelta a Castilla, podrí­an utilizarse como mercancí­a de retorno de las lanas, vinos y demás productos embarcados, los veintiocho mil quintales de hierro y los seis mil de acero que se labraban en las ferrerí­as del camino; trazó esta ruta Ochoa de Salazar, pero se interpuso Orduña y consiguió que el proyecto no cuajara. En 1681 se abrí­a el camino de carros y galeras por Orduña rompiendo la peña de Goldecho, tras de una tentativa frustrada en 1664; contribuyeron a la obra la villa de Bilbao, la ciudad de Orduña y el Consulado bilbaí­no. A partir de entonces pasarí­an por los nuevos caminos recuas y carros que porteaban trigo, cebada, vino, aceite y otros mantenimientos, y carretas cargadas de lana que paraban en la ciudad donde se traspasaba su mercancí­a a carros y recuas del paí­s camino de Bilbao. La traza y condiciones se hizo por los maestros y diputados Juan Martí­n de Taborga, Juan Raon y Lucas de Longa; se remató su costo en quince mil ducados y el peaje percibido por Orduña alcanzaba siete mil reales anuales. Este camino llegaba a Orduña, pasando por el santuario de la Antigua desde la Peña Vieja, en cuya cima se eleva hoy el monumento del Charlazo, para bajar al Nervión desde el valle de Losa. Las Juntas Generales de 1752 se planteaban posibles rutas para el trazado de un nuevo camino de la Meseta y el Valle del Ebro -Aragón y Rioja- hasta Bilbao: la de Balmaseda por el valle de Mena, la de Vitoria y la de Orduña. Esta ciudad se dirigió repetidas veces al Marqués de la Ensenada exponiendo las ventajas de su camino, junto con los informes de dos maestros de obras, Juan Bautista de Ibarra y Vicente de Muguira, quienes reconociendo el trayecto de Areta a Santa Marí­a de Rivarredonda, calcularon su coste en 3.301.637 reales. El camino pasarí­a por Areta, Marquijana, Amurrio, Saracho, entrarí­a en Orduña y saldrí­a por la puerta de San Francisco y Puente de la Torre hasta la Venta de Arbí­n, en la falda de la Peña Vieja de San Bartolomé -camino usado desde tiempo inmemorial-; «y desde la venta para subir a la Peña habí­an de hacerse cinco vueltas o tornos». Sometido el proyecto al padre jerónimo Fray José de Pontones en 1757, lo informó favorablemente; y en 1764 se comunicaba a Vizcaya el permiso de ejecución del camino orduñés por 210.000 maravedí­s por caballerí­a. La obra tardó ocho años en realizarse y costó más del doble de lo presupuestado; dirigió los trabajos José Santos Calderón y hubieron dé subirse los aranceles del paso: un real para cada caballerí­a mayor y veinte maravedí­s para la menor. El camino entraba a Orduña por el paseo del Prado y puerta de San Miguel, salí­a por la de Burgos, pasaba a la jurisdicción de Tertanga entrando en la sierra por el lugar de la ya entonces desaparecida ermita de San Bartolomé, en cuyas proximidades se acordó colocar dos efigies: la del titular de la antigua ermita y la de San Rafael, proyecto que nunca Llegó a realizarse. La construcción de este camino y los nuevos aranceles del reino hicieron que los valores de la aduana orduñesa subiesen espectacularmente durante el s. XVIII. (Ref. Portilla, M.: «C. M. D. V.», Vl, Vitoria, 1988).

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