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La Guerra Civil en Orduña (Crónicas de “Tierra Vasca”)

La Guerra Civil en Orduña (Crónicas de “Tierra Vasca”)

Aunque han transcurrido ya 80 años, la guerra civil de 1936 ha marcado de manera indeleble a nuestra sociedad. También a la orduñesa. En general los recuerdos de aquellos tiempos desgraciados se transmitían solo en ámbitos reducidos, familiares o amistades íntimas, y sin profundizar demasiado en unos hechos esencialmente dolorosos. Muerto el dictador Franco, la investigación histórica se fue ampliando y, así, hemos llegado a tener un conocimiento más preciso de lo que aconteció en aquella guerra aciaga.

De todas formas, fue de tal calibre la intensidad histórica de aquella época que es inevitable que persistan lagunas. En ese sentido el ámbito de investigación local permite profundizar en hechos que solo conocemos de «oídas». Si hace tan solo 10 o 15 años hubiésemos preguntado a la mayoría de orduñeses por la visión de la guerra civil en su ciudad, casi todos hubiesen contestado que no hubo hecho bélico de gran relevancia. Hoy sabemos que no fue así. Orduña sufrió, y no poco, las consecuencias del conflicto.

En este trabajo nos vamos a referir básicamente al análisis de las crónicas y artículos que aparecen en el periódico «Tierra Vasca», vinculado al partido ANV. Este diario disponía de corresponsales en la localidad y, por ello, ofrecía, con diferencia, la información más completa sobre Orduña de toda la prensa vasca. Es la versión de un periódico nacionalista y republicano en tiempos de guerra lo que aquí se ofrece, lo que no quita que en muchas ocasiones se muestren unos trabajos periodísticos llenos de vigor y fuerza que no se daban en otros medios de comunicación.

1.- Aquel 4 de agosto de 1936

La narración de lo acontecido el 4 de agosto de 1936 lo conocemos inicialmente y de manera bastante superficial por periódicos como El Liberal, Euzkadi o El Pensamiento Alavés en crónicas de aquellos días. Meses más tarde, Tierra Vasca publicaba unos artículos más minuciosos con el propósito de alabar el heroísmo de soldados y ciudadanos que se distinguieron en la defensa de la ciudad.

Sabemos que aquel día una columna de las tropas sublevadas procedente de Vitoria al mando del teniente coronel Camilo Alonso Vega, alcanzo Orduña. Y, además, sorprendentemente lo sabemos, entre otras fuentes, porque uno de los medios de prensa de los golpistas, El Pensamiento Alavés, lo decía en su portada el mismo día en que se produce el ataque.

Cuando el 31 de enero de 1937 Tierra Vasca abre una sección titulada «Siluetas de este frente», lo hace precisamente con la narración de los hechos acaecidos el 4 de agosto en Orduña y, además, dando un tono realmente solemne a lo que allí sucedió. «Pasara a la historia de Euzkadi», escribía el corresponsal del diario, porque tan solo medio centenar de hombres mal armados habían hecho frente a las tropas del teniente coronel Alonso Vega.

En la versión de Tierra Vasca recogida de una entrevista realizada al orduñés Bernardo Olazaran, a las 9 de la mañana asomaron por las crestas de la Sierra contingentes fascistas orientados por orduñeses traidores. Hubo 9 horas de bombardeos a la plaza y ataques por tres sitios diferentes. Si hemos de creer al narrador, la población estaba prácticamente rodeada, porque la estación de tren estaba tomada por la turba facciosa y el paso de Mendichueta en la carretera hacia Bilbao ocupada por una ametralladora rebelde. Sigue Olazaran explicando que salieron a la plaza 47 hombres que fueron atacados por unos 1000 con abundante fusilería y ametralladora. Las tropas leales buscaron parapetos en la aduana, casa consistorial, torre de Santa María y el palacio de Lezameta. Desde esas posiciones causaron unas 70 bajas al enemigo.

El 9 de febrero el periódico amplía la información. En la defensa de la ciudad de aquel día, juega un importante papel el cuerpo de miñones. Zalbidea, Altube, Elorza, Ortiz y Garcia, con el malogrado guarda de asalto Juan Nogueral, muerto el 6 de diciembre de 1936, son citados en su intervención en la carretera de Tertanga. También son mencionados tres guardas de asalto y unos bravos orduñeses por la defensa que realizaron desde las tapias del cementerio de la ciudad en la carretera de Vitoria. En el caso de los orduñeses se cita su nombre. Son Hilario Pinedo, Cunegundo Eguiluz y Bernardo Olazaran que resistieron más de dos horas hasta la demolición de las tapias del camposanto.

Dentro del casco urbano entraron un buen número de soldados del ejército golpista que fueron repelidos por una docena de dinamiteros, y por el fuego de los miñones desde el ayuntamiento y la casa de Lezameta. Meses más tarde seria detenido en el monte Gorbea un funcionario municipal que, habiendo huido con su hermano también funcionario a territorio faccioso, había participado en el asalto a Orduña. En su opinión, el ataque fue planeado por Lucas Oriol y su padre, tomando el mando Alonso Vega. Aseguraba que las bajas fueron abundantes porque solo por la zona de la calle Burgos donde él se encontraba, hubo unas 20 bajas, entre ellas 6 muertos, y se mostró sorprendido de que con solo 47 hombres mal armados se pudiese realizar esa defensa.

Otras fuentes completan la información de estos hechos que hubiesen podido quedar en la historia de la ciudad si el resultado de la guerra hubiese sido otro. Según algunos historiadores, a las cinco y media de la tarde aunque los combates se decantaban a favor de los sublevados, estos abandonaron la ciudad. Solo a las siete de la tarde tropas de socorro llegaron de Bilbao pero ya Alonso Vega y los suyos se habían retirado a Vitoria.

2-Aviones, proyectiles escaramuzas

La gran pesadilla de las tropas vascas a lo largo de toda la guerra fue, sin duda, la aviación nazi al servicio de Franco. Y aunque Orduña no sufrió los terribles bombardeos de otras poblaciones vascas como Gernika, Durango, Otxandio o Bilbao, si conoció la presencia de los malditos aviones negros. El día 16 de diciembre de 1936, a las once de la mañana un avión Junker aparece por el salto de agua del Nervión y realiza, al parecer, labores de reconocimiento volando a baja altura sobre la plaza de los Fueros. Dos días más tarde son dos cazas y un trimotor los que sobrevuelan también sobre la plaza y desaparecen en dirección al Gorbea.

Peores fueron las incursiones realizadas a primeros de año. Sobre las cuatro y media de la tarde tres aviones procedentes de Vitoria arrojaron 4 bombas en Orduña y otras tantas en Amurrio. La información que ofrece el diario es un tanto confusa porque al día siguiente habla de 13 aviones procedentes de La Rioja. Cuentan escenas de horror vividas en el hospital civil, y en el refugio en las cuadras del edificio y señalan, incluso, la muerte de una mujer María Arrobide, madre del médico de Ceberio Gerardo Laibarra.

En marzo de 1937, cinco aviones arrojaron durante 20 minutos bombas en Amurrio, en el balneario de La Muera y en el barrio de lbazurra. Una de ellas hizo añicos la cristalería de la parroquia de Santa María pero por lo demás los daños fueron escasos. También lanzaron hojas volanderas en euskera y castellano de carácter amenazador.

Otros ataques no procedían del cielo aunque si de las alturas. Llegaban de las cumbres que rodean el valle orduñés. Las fuerzas rebeldes estaban apostadas en la Barrerilla de la carretera de Vitoria, en Unzá, en el Panorama del puerto de Orduña, en Txarlazo y en Txolope. El 15 de diciembre se da cuenta de la actuación de artillería pesada desde el Txarlazo y otros puntos con proyectiles de 50 kilos que caen, se dice, en zonas aun no castigadas por la guerra.

Mucho más duras fueron las que tuvieron lugar en enero. El día 10 se informa de 8 proyectiles que cayeron en la zona de la plaza de toros y el 15 se habla del ataque más intenso sufrido por la ciudad. Más de 250 proyectiles arrojados primero sobre La Muera y después sobre el depósito de mercancía de la estación, paseo de la Antigua y la plaza. Según el diario, la zona más castigada fue la calle Jiménez Breton (calle Nueva), en las casas números 10 y 12 y el número 1 de la calle General Molina (Cantarranas). Unos 4 obuses cayeron sobre el colegio de La Enseñanza, y 5 en el chalet de Llaguno y en el de Gorbea sin que se produjesen daños personales.

Las fuerzas leales trataban de contrarrestar esas ofensivas con contraataques como el acaecido en el alto de Untza donde se habían concentrado alrededor de 500 facciosos, entre los que al parecer se encontraba un grupo de marroquíes que fueron alcanzados por el fuego republicano. En ese ataque fueron heridos los orduñeses Gerónimo Urbina y Guillermo Paul.

La situación de las cuatro aldeas del valle de Arrastaria, a tiro de las posiciones del ejercito faccioso, era muy comprometida. Quedaron los caseríos y sus pertenecidos como auténticos espacios fantasmas. Esta situación provoca escaramuzas de uno y otro bando para apoderarse de patatas, trigo y ganado, alimentos de gran importancia para una época de grandes carencias.

Así, por ejemplo, el 23 de diciembre las fuerzas republicanas, dos compañías del batallón ltxasalde, realizaron una incursión nocturna en Artómaña obteniendo como jugoso botín 1000 fanegas de trigo y una buena cantidad de patatas. A fines de año se adentraron en Délica los gudaris del batallón Araba y, buscando durante tres horas en los caseríos abandonados, obtuvieron unas 80 fanegas de trigo, no sin tener que soportar la respuesta de las tropas facciosas que lanzaron doce disparos de cañón desde Unza contra el casco de la ciudad. Más trigo consiguieron los republicanos en Délica, en marzo de 1937, sufriendo el contraataque de los rebeldes desde Bagate.

Tenemos también noticias de incursiones franquistas como las producidas el 2 y 16 de enero. En la primera, 5 vehículos penetran en el pueblo abandonado de Tertanga desde la venta de Arbin y en la segunda unos reducidos grupos se apoderan de algunas cabezas de ganado. Se extrañaban los redactores del periódico de esas incursiones en búsqueda de trigo, siendo como era la meseta, tierra de cereal.

3-Vida más o menos cotidiana

Aunque la guerra supone un giro radical en la forma de vida de la mayoría de la población, siempre quedan algunos momentos para tratar de evadirse de las circunstancias bélicas. Cuando llega la Navidad de 1936, el corresponsal del diario da cuenta del ir y venir de gudaris con sus paquetes de pollos- un auténtico manjar en aquel tiempo- y de pescado que limpian en las fuentes públicas para celebrar la Nochebuena. También les llegan regalos de las familias con objeto de hacer más  llevaderos esos días especiales en época tan complicada.

No faltaban los cánticos de los batallones instalados en la ciudad. Las bilbainadas se dejaban oír en plazas, calles y cantones en lógica expansión de los combatientes que, al parecer, no era bien recibido por todo el vecindario ya que algunos «parecen mirar con enfado las expansiones de una juventud que ríe y ríe a tiro de fusil del enemigo». Se daba cuenta también en el ejemplar del 25 de diciembre de la llegada gozosa del batallón Araba del PNV a la ciudad. Aquí se enrolaron alrededor de 150 orduñeses que pasan las fiesta navideñas entre los suyos con gran alegría de gudaris y familiares. Además, desde esas fechas el batallón queda ubicado ya en este sector bélico en el que participa activamente hasta el fin de la guerra.

No faltaron las visitas de autoridades como la que realizo Madame Germaine Malaterre, presidenta de la comisión de paz del Consejo Internacional de la mujer o del General Llano de la Encomienda general en jefe del ejército del norte.

Fue un invierno duro el de 1937. El bollo hizo su primera aparición el mes de diciembre como precisaba el periódico del día 22. Frío intenso, fuertes vientos y nevadas prolongadas hasta el mes de marzo tuvieron que sufrir soldados y vecindario, noticias que aparecen en prensa casi como anécdotas ante el peso abrumador de la guerra.

En medio de la vorágine guerrera, hay peripecias que no forman parte de la historia militar de la contienda pero que si aportan un cierto calor o humanidad a la tragedia que se vivía. Por ejemplo el trance que vivió Francisco Guinea, orduñés del batallón comunista Leandro Carro. Un buen día hizo su aparición la bandera española rojigualda en el puerto de Orduña, en el lugar conocido como El Panorama, a unos 800 metros de altura. Ni corto ni perezoso allí se dirigió Paquirrín Guinea para arrancar la aborrecida enseña monárquica. Según la crónica periodística, el intrépido soldado volvió a Orduña con la bandera, pedaleando durante 6 kilometres teniendo que soportar una nube de balas que disparaban desde sus posiciones el ejercito faccioso.

Otra anécdota la protagonizaron los miembros del batallón Leandro Carro. El día de Navidad sus oficiales sustituyeron las armas por unos altavoces. El comandante Bueno y un tal Marcos se acercaron a las posiciones enemigas para instalarlos y emitir las notas de la Internacional. A las notas del himno revolucionario, siguieron las alocuciones de los oficiales que recordaban a los enemigos que en Nochebuena se rememoraba el nacimiento de un hombre de paz, y lanzaba otras arengas como «Requetés, patriotas sinceros: vuestros superiores os hacen matar para entregar tierra española al extranjero». Las consignas eran respondidas con descargas del enemigo con tal mala puntería que al decir del cronista expresaba desgana en la contestación.

4- Sangre en el monte San Pedro

El monte San Pedro de Beraza a una altura de unos 700 metros y en el limite de las jurisdicciones de Orduña, Arrastaria y Lezama, era punto estratégico que desde el principio de la guerra fue objeto de disputas entre los dos bandos. A primeros de diciembre, quedo finalmente en manos del gobierno legítimo de la Republica. Desde los dominios del cacique Oriol, como le calificaban desde las páginas de Tierra Vasca al tradicionalista alavés, se descargaban constantes cañonazos como los que recibieron las tropas vascas a las tres y media de la tarde del 25 de diciembre de 1936.

La defensa del monte aconsejo a primeros de marzo levantar unos barracones que hiciesen más llevadera la vida de los gudaris. Lo ejecutaron a las órdenes de los oficiale Quintana y Mendibil «estos guerrilleros salidos de la entraña de un pueblo pacífico». Desde los parapetos del monte San Pedro se suceden actos de generosidad que dan también cuenta de que no todo fue sangre y odio en esa maldita guerra. En marzo de 1937, cuatro soldados habían hecho una incursión en zona enemiga trayendo un fusil y una caja de peines de ametralladora. Allí se percataron de la existencia de un cadáver que permanecía desde el pasado diciembre en la ofensiva de aquel tiempo. Con riesgo de su vida, seis hombres con los oficiales a la cabeza lo rescataron a 100 metros escasos de las alambradas facciosas. Allí se cuadraron ante el cuerpo de Emilio Barrero miliciano del batallón Leandro Carro en acto que el corresponsal de Tierra vasca calificaba de generosidad romántica de los gudaris. Tras el ultimátum lanzado por el general Mola a fines de marzo de 1937 de arrasar Bizkaia, la situación del monte se empezó a complicar por momentos. Pero es a fines de mayo de 1937 cuando la batalla por el monte San Pedro provoca un auténtico baño de sangre. La famosa posición número 11 del sector de Orduña fue reconquistada por las tropas vascas el 28 de mayo, en lo que llama el diario un brioso y rápido ataque. Las bajas enemigas se calculan en un número aproximado de 600. No se citan las propias pero, sin duda, también fueron muy importantes. Conocemos los fallecimientos del comandante Pantaleón Egurola Atxa del batallón ANV 1 y de Juan Pinedo Bañales, teniente del batallón Tomás Meabe. No fueron ni mucho menos los únicos. Aristondo en un artículo escrito el I de junio en Tierra Vasca titulado «Elegía de tres valientes», recuerda también a Cecilio Lezameta, comunista, y a Gabriel Zuazo de las juventudes socialistas. El Lendakari Aguirre felicito a las tropas por el éxito de la reconquista en tan difíciles condiciones. Éxito efímero porque las tropas franquistas con su insultante superioridad aérea volvieron a conquistar la cima en los días siguiente. Así lo decía Tierra vasca: «La aviación facciosa hizo acto de presencia en sector de Orduña bombardeando algunos pueblos de la retaguardia como Amurrio, en que causo algunas víctimas en la población. Los facciosos apurados por el empuje de nuestras tropas pidieron urgentemente el envío de los aviones alemanes para evitar la pérdida de la posición de San Pedro por cuya posesión están batiéndose nuestros soldados con maravilloso espíritu combativo».

5.- EI fin

La ruptura del cinturón de hierro supuso prácticamente la toma de Bilbao y con ella la ocupación de todo el territorio vasco por las tropas de Franco. El 6 de junio de 1937 el periódico Tierra Vasca anunciaba la evacuación de Orduña. Era el fin de la lucha en la vieja ciudad.

Sabían los redactores del diario nacionalista que la guerra desde el punto de la vista militar estaba perdida pero no querían reflejar meros sentimientos de derrota.AI contrario. No deja de haber en sus palabras un tono épico y de esperanza en un futuro mejor. También de una prevención hacia el carlismo de una buena parte de sus vecinos.

«Nunca Orduña ha sido más Orduña que ahora. Sus calles están tristes, silenciosas. Solo de vez en cuando, las botas de algún gudari resuenan con marcial estruendo, poniendo una nota heráldica y fanfarrona en las callejas …Solo la cigüeña se ha quedado en Orduña …Huele a ciudad muerta, envenenada por el aliento requeté. A Orduña le salvará la sangre vasca. Los batallones que la defienden no la abandonaran nunca. Orduña está en el límite de dos civilizaciones. Es un pueblo símbolo. Podrán los carlistas desde la peña enfilar sus baterías contra Orduña, podrán destrozarla, pero Orduña no caerá …Orduña será ganada para la libertad y para Euzkadi. Que se lo pregunten si no a Castañares, su bravo defensor».

Era, es cierto, el fin de la guerra en nuestra ciudad pero también el principio de una represión que va a durar 40 años. Pero eso es otra historia que no pudo contar Tierra Vasca porque el periódico que había escrito de la crónica bélica de esos meses desapareció con la derrota. Su último número aparecerá el 15 de junio de 1937. Unos días más tarde, las calles de la ciudad eran ocupadas por las tropas de Franco.

Tomado de AZTARNA

JOSÉ IGNACIO SALAZAR ARECHALDE

 

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