Arqueología de guerra en Orduña

La política ha sido durante años una especie de tabú en Euskadi, un asunto sobre el que una parte apreciable de los ciudadanos se resistían a pronunciarse en público. Durante décadas, por la barbarie terrorista de ETA y la amenaza latente sobre amplios colectivos. Pero también por las heridas causadas por la inevitable fractura social que provocó la Guerra Civil. Familias enteras quedaron rotas y arrastraron en la memoria a muertos y represaliados por hasta entonces familiares, amigos y vecinos. La necesidad de mirar hacia adelante, pese a todo, ha acuñado expresiones como ‘Por la paz un Ave María’; un paso que ayuda a sobrevivir, pero que, sin embargo, puede ocultar el relato de lo que sucedió, dejarlo definitivamente enterrado a medida que fallezcan las personas que vivieron unos hechos que merece la pena recordar para no repetirlos.

Con ese fin, instituciones como la Universidad del País Vasco y el Gobierno autónomo, además de la asociación etnográfica Aztarna y los ayuntamientos de Orduña y de las localidades alavesas de Amurrio y Lezama, han sumado esfuerzos humanos y económicos con un objetivo: lograr que uno de los lugares más importantes de la Guerra Civil en Euskadi, pero que no ha generado demasiada expectación en las últimas décadas, se convierta en el «primer» yacimiento arqueológico de este negro periodo de la historia en el País Vasco y de los «pocos» de España. Se trata de una amplia franja del monte San Pedro de Beratza, entre Amurrio y Orduña, donde el frente vasco de la Guerra Civil debió hacer frente a los carros de combate italianos, los bombardeos de la aviación Cóndor y la ofensiva de las tropas franquistas.

«Lo que está pasando aquí es único porque las instituciones siguen siendo reticentes a investigar», ha explicado este sábado el codirector de la investigación, Josu Santamarina. El lugar se encuentra a caballo de Álava y Bizkaia y se asemeja a una atalaya que permite controlar el valle de Arrastaria y el bosque de Altube. Que aquí se haya decidido ubicar el yacimiento tiene su lógica: gran parte de la zona fue ocupada por las tropas rebeldes y más tarde recuperada por los republicanos, que decidieron trazar una línea fortificada a conciencia para defenderla ante nuevos ataques.

Así, y con la intención de que el lugar recuperado se mantenga y pueda servir para visitas, entre ellas de los colegios, un equipo de quince investigadores ha rescatado durante los últimos meses varios tramos de trincheras perfectamente identificables, fortines y hasta un túnel. Se han encontrado entre otros objetos, tres metralletas y centenares de casquillos de munición, además de utensilios de cocina y otros enseres empleados por los soldados. Y esta misma semana incluso se ha rescatado en la vertiente de Orduña un trozo de periódico que habría sido leído por los milicianos. «Es sorprendente que haya sobrevivido. Únicamente ha sucedido algo similar en la localidad zaragozana de Belchite, pero aquí la tierra es arcilla», comentó Santamarina.

«En tres días cayeron aquí 2.000 bombas»

Coincidiendo con la celebración hace 80 años de la batalla de San Pedro, los investigadores de la UPV y la asociación Aztarna han organizado esta mañana una visita guiada por este monte, en la que han participado más de medio centenar de personas y en cuyo transcurso, más de cuatro horas de caminata, se han recorrido las distintas excavaciones. «Este sitio fue utilizado por socialistas, comunistas, nacionalistas vascos y por los requetés. Era un lugar estratégico porque constituía la entrada a Bizkaia», recuerda Ramón Zurimendi, de Aztarna. «En tres días cayeron aquí 2.000 bombas y más de 15.000 hombres del bando nacional fueron acercándose. ¿Cómo sería el horror que se vivió para que los gudaris que llevaban aquí meses huyesen de sus posiciones?», se pregunta.

«Había desigualdad de medios. Se reutilizaron materiales que habían sido creados para la guerra entre Rusia y Japón treinta años antes, no tenían uniformes y el traje más usado era el buzo de la fábrica, porque muchos eran trabajadores. Al frente era enviada gente normal. Por eso esta investigación permite tener una visión directa del pasado, de como aquí se convivió política y socialmente», añade Santamarina.

Varios integrantes del grupo para la recreación histórica Lubakikoak, ataviados con vestuario de época, han escenificado durante la visita el modo de vida en la trinchera. «Este fue un frente tranquilo hasta que llegó el mes de mayo. Los que aquí estaban jugaban a las cartas, leían el periódico, pero también pasaban miedo cuando había intercambio de artillería», comentan. Y sucedía con cierta frecuencia.

Tomado de www.elcorreo.com

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