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CASCOS ANTIGUOS

CASCOS ANTIGUOS

pilon-2A fines del siglo XII se produjo, como sabemos, un importante cambio en la polí­tica comercial de la Corona de Castilla: la tradicional ruta Este-Oeste, institucionalizada a través del Camino de Santiago, fue sustituida por un nuevo eje, el Sur-Norte, que permi­tí­a un fácil acceso a la costa cantábrica y, desde aquí­, al resto de la Europa Atlántica. Como consecuencia de esta transformación, el Señorí­o se convertí­a en potencial área de paso de mercancí­as, lo que favoreció el desarrollo de algunas antiguas poblaciones asen­tadas sobre estratégicas encrucijadas o sobre puntos de paso. Tal fue el caso de Orduña. Así­, en 1229 el Señor de Bizkaia, Don Diego López de Haro, fundaba con arreglo al fuero de Vitoria la villa de Orduña. La que hasta entonces no habrí­a pasado de ser una modesta comunidad campesina recibió de esta forma la sanción legal que permitirí­a a sus integrantes otras actividades, como la artesaní­a, y sobre todo, el comercio. Las naturales aptitudes comerciales del enclave orduñés se vieron favorecidas por los monarcas castellanos, y muy especialmente por Alfonso X El Sabio: en 1258 impuso la obligación de paso por la villa a todos aquellos transeúntes que, provenientes de una am­plia zona del valle del Ebro, se dirigieran a Castro Urdiales o a Balmaseda, y en fecha indeterminada concedió la celebración de una feria anual, de quince dí­as de duración, que tendrí­a lugar a primeros de octubre. Lógicamente, el camino y su tráfico se convirtieron en el verdadero motor de la vida orduñesa. Tanto fue así­, que impuso la ordenación de su casco urbano: su más primitiva planta se asentaba directamente sobre la ruta que, bajando por La Barrerilla, llegaba desde Vitoria, y que debí­a de coincidir con la que hoy es la calle Carnicerí­a. Otros dos viales, (Enmedio y Santa Marí­a o Hierro) cortados por dos estrechos cantones completaban la sen­cilla puebla. Esta trama ortogonal de calles y cantones se hallaba delimitada por una sólida muralla de la que aun se conservan algunos restos en el que fuera su ángulo Noroeste (to­rreón del Ayuntamiento y arco de la calle Santa Marí­a). Pero en una fecha indeterminada se produjo una importante modificación en la red de caminos de la zona, que tuvo una inmediata repercusión en el plano de la villa. La ví­a hasta entonces prioritaria, la de La Barrerilla, cedió paso a otra que bajaba directa- mente a través de la Peña de Orduña. En consecuencia, el casco urbano, antes asentado sobre la calzada, quedaba ahora al margen de la misma. Ante esta situación, se planteaban dos opciones: o se forzaba a la ruta a realizar un violento quiebro y seguir atravesan­do la ciudad, o era ésta la que se adecuaba al nuevo trazado. Finalmente fue la segunda posibilidad la seguida, dando así­ lugar a un recinto realmente insólito en Bizkaia. Un nuevo cuerpo de cuatro calles (Vieja o Bizkaia, Francos, Orruño y San Juan) con sus correspondientes cantones, se levantó a partir de la salida hacia Bilbao, en paralelo al nuevo camino y, por tanto, en ángulo recto respecto al núcleo más antiguo de la villa. Algo más tarde otro bloque, éste de tres viales convergentes (Burgos, Nueva y Cantarranas), se alzaba frente al anterior. Los tres conjuntos así­ desarrollados creaban entre ellos un amplio espacio abierto, delimitado en su cuarto frente por la desaparecida iglesia de San Juan: nací­a así­ la plaza, aún hoy centro de casi toda la vida del municipio. Orduña, titulada «ciudad» desde mediados del XV, se convertir así­ en una de las poblaciones concentradas más grandes del Señorí­o –sólo superada por los tres puertos de Bermeo, Lekeitio y Bilbao–. El amplio casco urbano así­ resultante aparentemente poco coherente, quedó fuertemente cohesionado al ser rodeado por una muralla. De este sólido recinto se conserva aún un largo paño que va desde la iglesia de Santa Marí­a a las proximidades de la Casa Consistorial, y que vuelve a aparecer intermitentemente en puntos como la antigua puerta de Orruño, la de Santa Marina y las proximidades de la de San Francisco. Su aparejo se ordena en un doble lienzo de sillarejo, relleno en su interior con cascotes y argamasa, alcanzando un grosor que supera el metro. La muralla tiene una altura aproximada de ocho metros, y a lo largo de su recorrido aparece jalonada por sólidos cubos. Se han perdido los merlones que defendí­an su borde superior, si es que alguna vez llegaron estos a existir. La iglesia de Santa Marí­a y sobre todo su ábside, aparece perfectamente integrada en el circuito de la cerca y, al igual que ocurre en Salvatierra dotada de un adarve o paseo de ronda que discurre en voladizo perforando los contrafuertes del templo. Por las caracterí­sticas técnicas de la obra, la construcción de la cerca puede fecharse hacia el año 1500, salvo en el tramo que aparece junto al portal de San Francisco, donde la existencia de un cubo cilí­ndrico puede remontarnos a una etapa anterior de la vida bélica de la puebla. Pero la defensa de la ciudad no sólo estaba depositada en manos de la poderosa muralla. Orduña albergaba al castillo de mayor relevancia y envergadura histórica de toda la comarca, y posiblemente de todo el Señorí­o. Levantado sobre una mota, en el lugar que hoy ocupa el jardí­n del colegio de los Josefinos (antes de los Jesuitas), la referencia más antigua que sobre él tenemos lo remonta hasta 1288, año en el que fue tomado por el Rey Sancho IV de Castilla[1].

[1] Autores varios. “Bizkaia” I, pág. 435-436

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